29/01/2026
Artes visuales
Renata Cassiano: sin respuesta
Edgar Orlaineta escribe sobre la obra de la escultora ítalo-mexicana, que presenta ‘Sol nocturno’ en la galería Banda Municipal (CDMX)
Renata Cassiano, ‘Cuarto verde’ (instalación, 2025). Conduit Gallery, Dallas
Lo que se puede mostrar, no se puede decir.
Ludwig Wittgenstein, Tractatus logico-philosophicus
Las palabras no son la cosa. Las palabras pueden ser entendidas porque pertenecen a la razón: son abstractas, inventadas, hechas para estabilizar lo que de otro modo sería inestable. Explican después del suceso. Las cosas no. Una cosa resiste la explicación. No se agota con su nombre, ni con el proceso que la produjo. En un momento no hay nada, y al siguiente hay una cosa –presente, obstinada, irreducible. Ese paso no se puede traducir completamente al lenguaje.
Lo que Renata Cassiano (Ciudad de México, 1981) crea insiste en esta dificultad. Describir cómo se hace la obra no explicaría lo que ocurre. Solamente sustituiría el contacto con la explicación. La obra no pide ser comprendida sino ser encontrada. Su práctica establece un diálogo con los fenómenos: con el acto de crear en sí mismo, con la resistencia, con la aparición y la desaparición. No es un diálogo destinado a interpretar la realidad sino que permanece con ella. Incluso dentro de la obra, la comprensión es parcial, y esa opacidad no es un fracaso. También es una artista la que habla. Una que no busca comunicar un mensaje sino que produce expresión. La expresión aquí no es transmisión, es presencia.
Mientras que muchas prácticas cerámicas buscan la pieza lograda –refinamiento, resolución, perfección–, Renata Cassiano permite que la obra falle. No como provocación ni como rechazo de la habilidad sino como una manera de continuar.
En ciertos momentos la obra de Cassiano entra en claro diálogo con la tradición. Se puede reconocer un conocimiento técnico, decisiones formales, un entendimiento del lenguaje cerámico que proviene de la disciplina y la maestría. Pero lo decisivo no es lo que se hereda, sino lo que se deja atrás deliberadamente. Mientras que muchas prácticas cerámicas buscan la pieza lograda –refinamiento, resolución, perfección–, Renata Cassiano permite que la obra falle. No como provocación ni como rechazo de la habilidad sino como una manera de continuar. El fracaso aquí no es lo opuesto al conocimiento, es la condición que mantiene el conocimiento abierto. La obra se niega a establecerse en una forma final porque hacerlo significaría detenerse. Lo que importa no es la consecución de un objeto perfeccionado sino la insistencia en sus posibilidades. La única forma de conocer algo es no dejar nunca de insistir en ello. Cada objeto se convierte menos en una solución que en una pregunta sostenida en el tiempo.

Renata Cassiano, Chicle de fresa (2024). Fotografía: Kes Efstathiou
En este sentido, su proceso puede entenderse como fenomenológico, no porque ilustre una filosofía sino porque opera mediante la atención, el contacto y la experiencia encarnada. El conocimiento no precede el acto de crear, surge a través de él. Las manos no ejecutan una idea, la descubren. El objeto no confirma la intención, la resiste. Hacer algo “inútil” o permitir que falle como objeto no es una negación de la función sino una forma de descubrir la cosa en sí misma. Desprendido de la utilidad y la expectativa, el objeto es liberado para aparecer como lo que es: una presencia moldeada por el tiempo, la presión, la repetición y la decisión. Lo que queda no es el propósito sino la esencia.
Desprendido de la utilidad y la expectativa, el objeto es liberado para aparecer como lo que es: una presencia moldeada por el tiempo, la presión, la repetición y la decisión. Lo que queda no es el propósito sino la esencia.
Ahí es donde radica la coherencia del trabajo de Cassiano. No en la unidad estilística ni en la pureza formal sino en un compromiso ético sostenido con la creación como modo de investigación. Los límites no se imponen de antemano, se descubren a través del contacto con el material. Lo que mantiene la obra unida no es el control sino la atención, la presencia. Aun así, la obra no desaparece en el silencio. Insiste en ser vista. La obra se sostiene a sí misma como estructura. El peso se soporta, las aberturas interrumpen la continuidad, los interiores permanecen expuestos. Las formas se comportan menos como objetos que como construcciones, articulando densidad y vacío. El color no se aplica, habita el cuerpo de la obra. La superficie parece armada más que acabada, recordándonos la lógica del mosaico: continuidad construida a partir de fragmentos, materia unida por la adyacencia.

Renata Cassiano, Delirio (2025). Fotografía: Kes Efstathiou
A una escala más cercana, las formas se asemejan más a secciones que a imágenes: cortes transversales a través de algo orgánico –capas, membranas, espesores revelados. El objeto se percibe abierto, no compuesto. Se sugiere su uso, pero nunca se resuelve. Los arcos sostienen, los símbolos guían, las cavidades invitan, los bordes implican manipulación, pero la función permanece en suspenso. Lo que persiste es la presencia: densa, expuesta y silenciosamente exigente. Lo que queda no es una respuesta sino el objeto que insiste. Sujeta a la materia, expuesta al tiempo y sostenida por la atención de su creador.
Desde el martes 3 de febrero, y hasta el sábado 18 de abril, Renata Cassiano presenta en la galería Banda Municipal Sol nocturno, una instalación que explora las cualidades materiales y simbólicas de la obsidiana: un vidrio volcánico cuya superficie funge como portal hacia el tiempo circular; un instrumento con el que, al mirarse en sus profundidades ahumadas, el espectador transita por partida doble como el observador y el objeto, uniendo lo que ve y lo que es visto, lo que existe y lo que se intuye.

La artista Renata Cassiano retratada por Forrest Frederick