22/04/2026
Literatura
Raúl Zurita: las tumbas del lenguaje
Roberto Bernal traduce esta entrevista con el poeta chileno, hasta ahora sólo disponible en un volumen publicado en italiano en 2020
El poeta chileno Raúl Zurita. Universidad Diego Portales
La siguiente conversación fue extraída del libro Raúl Zurita: Ni pena ni miedo. Poesia civile, canzone e performance, publicado en 2020 por la editorial Agencia X, en Milán. El traductor agradece a Sebastiano Gatto y al profesor Marco Fazzini, de la Universidad de Venecia, así como al editor Alessandro Scarsella, por la amable autorización para traducir y publicar esta entrevista.
El poeta chileno Raúl Zurita se enfrenta a una ardua tarea. Se encuentra traduciendo la Divina comedia, una obra que su abuela Josefina Pessolo (a quien la familia llamaba Veli) le recitaba de memoria cuando era niño y que a lo largo de los años le ha señalado los temas fundamentales de su producción literaria: redención, transición espiritual y sufrimiento humano. La obra de Zurita (nacido en Santiago de Chile en 1950, de madre italiana) está fuertemente marcada por la dictadura militar instaurada tras el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973. Militante comunista, fue arrestado, torturado y encarcelado durante largo tiempo. Cuando en 1979 emergió el Colectivo Acciones de Arte, que ideaba estrategias para producir arte y al mismo tiempo burlarse de la censura y los mecanismos de la represión, Zurita fue inmediatamente uno de los exponentes más radicales del grupo. Puso en práctica varios performances en los que, torturándose a sí mismo, metaforizaba los destinos de quienes sufrían las injusticias de aquel poder; de este modo, el amoníaco o el hierro hirviendo que empleaba sobre su cuerpo no eran sino los ecos fúnebres de las torturas sufridas por muchos bajo la dictadura de Pinochet.
Entre 1979 y 1994 escribió la trilogía del Purgatorio, conformada por los títulos Purgatorio (1979), Anteparaíso (1982) y La vida nueva (1994), donde hizo un recorrido por los paisajes más diversos: montañas, playas, ríos, desiertos, pero también en la obra de Dante y la Ilíada. Sus performances poético-visuales siguen siendo memorables: el de un poema conformado por quince frases en español trazadas a lo largo de ocho kilómetros en el cielo de Nueva York gracias a cinco avionetas que las escribieron en humo para concientizar a los espectadores sobre las minorías del mundo; o, en 1993, la acción de trazar el verso “Ni pena ni miedo” en el desierto chileno, para que pudiera leerse desde el cielo.
Premiado en múltiples ocasiones, y luego de Poemas militantes (2000), Sobre el amor, el sufrimiento y el nuevo milenio (2000), Los poemas muertos (2006) y Las ciudades de agua (2007), en 2008 Raúl Zurita comenzó a publicar fragmentos de una obra extensa con la que cerró, en 2011, el ciclo de Purgatorio. Su poema Canto a su amor desaparecido (1985) acompaña actualmente el Memorial de los Detenidos Desaparecidos, en Montevideo. “Como artista”, dice, “no puedes empezar a establecer límites. Ya estarán otros para instaurarlos y verás con qué entusiasmo lo harán. Nadie escribe poesía solo; se escribe con la totalidad de la historia, y si la escritura de un poema es un acto íntimo, es porque no hay nada más colectivo que la intimidad. Ahí se reúne todo: los sueños de la noche anterior, los recuerdos, las lecturas, las discusiones, las derrotas, los exilios, las esperanzas”.

¿Podría intentar narrar qué significó vivir bajo una de las dictaduras más despiadadas del siglo XX?
Vivo en un país que no ha devuelto los cadáveres; nadie ha devuelto a la esposa el cuerpo de su marido, al pequeño niño el cuerpo de su padre, al anciano el cadáver de su hijo, y fue la gran poesía chilena –heredera de Pablo Neruda, de Pablo de Rokha, de Gabriela Mistral, de Vicente Huidobro, de Violeta Parra, de Víctor Jara– la que, atravesando aquellos años terribles, debió descender a las asperezas de la tierra, al desierto, a las bocas de los volcanes, a las espumas del mar que recibió aquellos restos, para actuar en nombre de un pueblo que no pudo llevar a cabo los funerales de los ausentes, castigando sus vidas y enterrando en las tumbas del lenguaje lo que los vivos debieron sepultar en las tumbas de los muertos.
“No hay límites para el horror humano, no existen palabras para describir el horror absoluto, para hacer comprender el instante exacto en el que un cuerpo es torturado hasta el momento previo en el que se convierte en un desaparecido”: Raúl Zurita
No hay límites para el horror humano, no existen palabras para describir el horror absoluto, para hacer comprender el instante exacto en el que un cuerpo es torturado hasta el momento previo en el que se convierte en un desaparecido; no tenemos conceptos para imaginar qué preguntas, qué recuerdos son los que asaltan a un hombre en ese extremo monstruoso en el que está muriendo. No existen esas palabras, ni existirán jamás y, por esa misma razón, por el hecho de que no existen, nuestro deber es gritarlas todavía con mayor fuerza. Porque la realidad es que no se mata a un ser humano una sola vez, se le mata innumerables veces, se le sigue matando miles y miles de ocasiones más en todos los lugares de la Tierra. Esto es lo que implica formar parte de la humanidad. Cada asesinato es un genocidio, y si podemos hablar de derechos humanos es porque uno de los hechos más claros de estar vivo consiste en que las consecuencias de las acciones individuales nunca escapan a su dimensión colectiva y que las acciones colectivas siempre tienen una solución individual.
Un elemento notable del impacto emocional provocado por sus versos procede de los cambios imprevistos en los registros: se pasa del salmo al insulto, de lo sublime a la mimesis del discurso, hasta su grado más grave…
Trabajo con mi vida, y no porque crea que tiene algo de especial, al contrario, sino porque creo que si somos capaces de llegar al fondo de nosotros mismos sin autocompasión, ni falsa solidaridad, es posible que estemos tocando el fondo de la humanidad entera. Creo que todo lo que pude hacer permanece ahí, en esos intentos. Escribo desde un cuerpo que se dobla, que se tensa por los efectos del Parkinson, que tiembla, que avanza y cae, y encuentro hermosa mi enfermedad, siento que es hermoso mi temblor, que es hermosa mi dificultad para sostener estos papeles que ahora leo. En la otra cara herida de este mundo escribo acerca de este cuerpo, sobre los dolores que causo a otros y que me inflijo a mí mismo; grabo mis poemas sobre la piel.
Sólo los enfermos, los débiles y los heridos son capaces de crear obras maestras. Siento que escribo desde una cierta desesperación irremediable y, al mismo tiempo, desde una alegría incontenible. Una alegría extraña, porque es como si naciera de la dificultad de ser feliz. Del encuentro con estos fantasmas nace mi escritura. Escribir es como las cenizas que quedan de un cuerpo quemado. Para escribir hay que quemarse completamente, consumirse hasta que no quede el fragmento de un músculo, ni de un hueso, ni de la carne. Es un sacrificio absoluto y, al mismo tiempo, la interrupción de la muerte. Es algo concreto; cuando escribes suspendes la vida, por tanto, también suspendes la muerte. Escribo porque es mi ejercicio privado de resurrección.
Uno tiene la sensación, ante tus versos, de asistir a un continuo cortocircuito entre la desesperación y la resistencia: por un lado está lo irremediablemente perdido, por otro la presencia de algo que se obstina en vivir. ¿Considera que la acción de colocar la palabra sobre el papel puede ser una forma de resistencia?
“En el corazón de la feroz noche chilena, imaginé libros interminables que se borraban al amanecer, escribí en mi mente poemas alucinantes donde el Pacífico flotaba suspendido sobre las cumbres de los Andes y el desierto de Atacama se elevaba como un pájaro sobre el horizonte”: Raúl Zurita
Eso es lo que buscado hacer con todo mi miedo y con todo mi amor. En el corazón de la feroz noche chilena, imaginé libros interminables que se borraban al amanecer, escribí en mi mente poemas alucinantes donde el Pacífico flotaba suspendido sobre las cumbres de los Andes y el desierto de Atacama se elevaba como un pájaro sobre el horizonte. Imaginar poemas escritos en el cielo o dibujados en el desierto era mi forma íntima de resistir, de no enloquecer, de no resignarme. Sentí que, frente al dolor y el daño, era necesario responder con un arte y una poesía más fuertes que el dolor y el daño que nos estaban causando. No se trataba de lanzar ráfagas de pequeños poemas de combate, sino de algo mucho más agudo, más luminoso, más sordo y violento, y para esto habría que aprender a hablar de nuevo, iniciar desde cada letra, porque ninguno de los lenguajes que hubo en el pasado bastaban para reconstruir la enormidad de lo que había ocurrido y seguía ocurriendo. Siento que la nitidez de aquellos años está ahí, en esos intentos, y que, dictados por un deseo que nos sobrepasa, los poemas no son más que los sueños que sueña la Tierra, los sueños con los que intenta lavarse del sufrimiento humano, y que uno no puede hacer nada frente a ello salvo dejar pequeñas huellas, diminutos retazos que tal vez sobrevivan al despertar.
Usted ha leído y trabajado sobre Dante toda su vida. ¿Podría resumir su relación con la obra de Alighieri?
Mi abuela, una emigrante italiana que murió derrotada por la nostalgia de un país al que nunca pudo volver a ver, me leía fragmentos de la Divina Comedia mucho antes de que yo pudiera entenderla. Pero seamos claros, sólo soy una bestia sentimental sudamericana y no voy a pretender enseñar la Divina Comedia a los italianos. Para mí, siempre será el más grande, sublime y lacerante poema de la soledad. Lo que me conmueve es que alguien inventara la mayor de las travesías –nada menos que una travesía por el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso– para escuchar decirle a su amada las cosas que en vida nunca le dijo y escucharlas decir como si él mismo no las dijera. Dante se enamoró de Beatrice. De alguien con quien sólo había cruzado miradas. Cuando ella muere, él pudo comprender –en alguna parte de sí mismo– que el amor muere. Todo ser humano experimenta lo más cercano a su propia muerte cuando desaparece un ser al que adoraba. Este cruce de miradas es la base de la Divina Comedia; el resto es especulación, malentendido, crítica literaria. Todos planteamos algo parecido al poema dantesco cuando nos miramos el uno al otro. Todos atravesamos el Infierno y el Purgatorio cuando el otro muere. Todos regresamos al Paraíso cuando imaginamos que ese otro ha vuelto para hablarnos, para decirnos lo que siempre quisimos oír y nunca nos dijo.