Josh O'Connor en ‘Mente maestra’ (2025), de Kelly Reichardt
Lograr la elegancia en aquello aparentemente despreocupado, o poco esforzado, tiene un nombre en italiano: sprezzatura. Describe esa suerte de esmero disimulado en la confianza del saber hacer, que no pocos ambicionan en el arte (y por allá –se sabe– especialmente en el buen vestir). Quizá no existe artificio mayor: que lo difícil parezca fácil, presentarse ante el mundo con la naturalidad de un maestro nato. Estrategias de la dolce vita.
De tradición estadounidense hasta la médula, cuando pienso en el cine de Kelly Reichardt (Miami, 1964) este concepto italiano me persigue, y no precisamente por su parentesco con el neorrealismo, que lo tiene. La sprezzatura flota en ese desparpajo organizado que, cual mantra, anima los nueve largometrajes de esta veterana del indie gringo. Todos parecen leves, espontáneos, como si su gracia estuviera naturalmente dada. Para definirlos sin esfuerzo se ha invocado el “minimalismo fílmico”, aprovechando que se valen de muy poco: una trama apenas esbozada, dos o tres personajes lacónicos que circulan en un espacio amplio y una cámara dispuesta a seguirlos. A golpe de vista poco complejos, a través de la lupa semejan juegos malabares, torres de Jenga que van creciendo –buen pulso mediante–, reciclando los mismos bloques que les dan cimiento. Bajo capas de aparente llanura, el artificio mayor: la naturalidad.
En 1970 un hombre planea robar un puñado de obras del museo de arte moderno de su ciudad, y ahí empieza la acción de Mente maestra (2025; disponible en MUBI), la más reciente cinta de Reichardt, también autora del guion. Puesto en papel, el argumento parece desmentir la premisa del trazo sencillo de la directora y coquetear con cierta sofisticación ligada a las heist movies, el subgénero de robos. Pero estamos sólo ante un dispositivo formal para encender motores; cualquier dejo de glamour se extingue sobre la marcha hasta que emana algo parecido a una comicidad agridulce.

Fotograma de Mente maestra (2025), de Kelly Reichardt
Nada de Fuego contra fuego (Mann, 1995), nada de La gran estafa (Soderbergh, 2001), existe ya suficiente épica filmada por hombres. La apuesta tiene que ser, de tan ordinaria, casi imposible: capturar un pedacito de realidad. Al menos esa que le ha interesado a la directora desde su ópera prima, River of Grass (1994), la de aquellos que renuncian al oropel del American dream en busca, si acaso, de alguna íntima ambición. La de nuestro protagonista será adueñarse de varios trabajos de Arthur Dove, un respetado artista de inicios del siglo XX, tan desconocido para el gran público como apreciado por conocedores. Así, el ladrón (Josh O’Connor) resulta un campechano ex estudiante de arte, desempleado y con nula capacidad criminal; el plan involucra dos vagos de poca monta y el museo, en Massachusetts, tiene menos vigilancia que una tienda de abarrotes.
La época que ha elegido la cineasta para ubicar esta historia responde, por un lado, al evento real que la inspira, el robo de algunos Picasso, Gauguin y Rembrandt del Worcester Art Museum en 1972. Como se sabe, en esos años los recintos carecían de buen blindaje y los ladrones de arte cobraban horas extra –para más está Museo (2018), de Alonso Ruizpalacios. Pero quizá la motivación para recrear a detalle esta década cale más hondo. Los años setenta remiten al auge del Nuevo Hollywood, tan importante en la idea de cine que Kelly Reichardt enarbola: preocupado por las vidas pequeñas de gente común, alejado de los poderosos estudios y comprometido con cierta idea autoral. En diálogo permanente con directores como Schlesinger, Nichols, Bogdanovich o incluso el primer Scorsese (el de Alicia ya no vive aquí, de 1974), sus filmes interrogan la relación con la naturaleza, los acomodos sociales, las aspiraciones modestas, el ocio y las normas que marginan al diferente.

Alana Haim en Mente maestra (2025), de Kelly Reichardt
Hay que detenerse en la secuencia principal de Mente maestra, la del robo, pues en ella convergen varios ejes de este cine a contracorriente que Reichardt lleva más de dos décadas proponiendo. La narrativa se subvierte desde la forma, por ejemplo; en este caso, reordenando los recursos exigidos por el género hasta crear el efecto contrario. Es decir, a través de edición cruzada con música incidental –¿habrá un clásico más invocado para crear tensión?– se puede montar el atraco menos espectacular del que se tenga memoria. La clave radica en usarla como distractor de la acción y no para enfatizarla. Ayuda, por supuesto, la cadencia del jazz que propone Rob Mazurek, con percusiones por momentos casi imperceptibles.
La resolución de esta secuencia enfrenta conceptos opuestos, un motivo que atraviesa sutilmente toda la obra de Kelly Reichardt. No es casual que, anhelando cierta libertad, sus personajes terminen acosados por la ley –como en River of Grass, Wendy y Lucy (2008) y Radicales (2013)–; tampoco que las pulsiones de un individuo se contrapongan a las de la comunidad –Old Joy (2006) y Showing Up (2022). O que en cada una de sus historias monte la lucha entre ternura y apatía, entre movimiento y calma, desde los temas y las elecciones formales.
Entonces: si el atraco es fácil de cometer será difícil de ver. La cámara se coloca debajo de una banca o es colgada de un cuadro; restringe los acercamientos extremos y la claridad. Se trata de encontrar puntos de vista inusuales, lejanos, llenos de obstáculos. Son poco generosos con el voyeur de fantasía, pero juegan a favor de la mirada paciente y afilada.