16 de agosto de 2017

La Tempestad

También las artes cambian al mundo

20/10/2026

Artes visuales

Susan Sontag y John Berger en su archivo íntimo

“Creo firmemente que la experiencia puede compartirse”, afirmó Berger, cuyo diálogo con Sontag puede leerse en ‘Contar una historia’

Carlos Priego | lunes, 31 de agosto de 2026

John Berger y Susan Sontag en el programa ‘Voices’, Channel 4, febrero de 1983

Cuando John Berger proclamó en febrero de 1983 –mirando directamente a la cámara en el arranque del programa Voices, del canal británico Channel 4– “solo estamos dos personas: Susan Sontag y yo”, no recurría a la presunción, sino a una declaración de principios. Esa advertencia sin filtros institucionales es la que ahora rescata Contar una historia (Editorial GG, 2026). Asistir a este volumen equivale a presenciar un choque dialéctico a velocidad de vértigo donde la ética de la mirada, la política y la amistad se se tensionan hasta el límite.

Lo que hace de este libro una rareza mayor no es sólo la fricción entre la transcripción estenográfica y el facsímil manuscrito –con sus sobres gastados y soles dibujados a lápiz–, sino la temperatura de su prosa. Sontag avanza con la agilidad de un bisturí, desmantelando los mecanismos del dolor convertido en espectáculo, mientras Berger responde con la pausa de quien toca la herida con las manos. No escriben desde la distancia de la academia, sino desde una urgencia ética visceral donde el rigor teórico y la ternura afectiva conviven sin jerarquías.

Bajo el montaje en orden cronológico inverso ideado por Benoît Bourreau, la obra destruye cualquier recelo de antología póstuma o fetiche comercial. En lugar de avanzar linealmente, desciende desde la intimidad arqueológica de más de dos décadas de correspondencia privada (1975-1998) hasta la exposición pública del debate que mantuvieron en el Congreso de Aspen en 1974. Esta arquitectura convierte el volumen en un dispositivo sensorial: la tipografía dialoga con las tachaduras a lápiz y los matasellos, demostrando que la biografía es solo un caballo de Troya para desplegar una lúcida teoría de la mirada. Lejos de erigir un monumento complaciente –un riesgo latente cuando se cruzan dos mitos del siglo XX–, el archivo revela la maquinaria íntima de su pensamiento ante la historia, la enfermedad o las contradicciones de su tiempo.

Ese territorio epistolar, articulado bajo reclamos recurrentes como el de “enviarse algo” (borradores, reseñas o botellas de vino), funciona como la infraestructura afectiva de su amistad. Es el espacio donde ambos ponían a prueba sus textos sobre fotografía y sociedad –como Sobre la fotografía o Mirar– ante el único interlocutor en quien confiaban plenamente. Desde la ruralidad de Mieussy hasta la efervescencia de París o Nueva York, el intercambio entrelaza la crítica cultural con el acompañamiento en las horas vulnerables.

La obra expone con honestidad desarmante sus grietas para rescatarlos del dogma: desde el escepticismo inicial de sus propios hijos (David Rieff, Jacob e Yves Berger) frente a su complicidad hasta las profundas fricciones metodológicas o los riesgos de un compromiso político redactado desde la atalaya del primer mundo. Así ocurrió en Aspen, donde alteraron el programa oficial para demoler las coordenadas ideológicas del congreso, cuestionando los usos mecanicistas del “sistema” y denunciando cómo la exhibición de las fotografías de guerra de Don McCullin –despojadas de contexto histórico– despolitiza el dolor, reduciendo la atrocidad a un rasgo de la “naturaleza humana” que paraliza al espectador en la caridad pasiva.

Hacia el final, la complicidad lúdica se quiebra con la irrupción de la contingencia y el desgaste biológico. El libro abandona el espacio del debate y arrastra al lector hacia zonas limítrofes: del exilio interior a los focos de violencia en Sarajevo o Chiapas, marcados de forma incuestionable por la sombra del cáncer de Sontag. Al sostenerse en redes de afecto, el volumen muestra cómo aquel icónico mechón plateado que Berger inmortalizó con el apodo de “Azogue” no era un simple rasgo de estilo, sino la marca de una resistencia orgánica.

En el tramo final, Contar una historia renuncia a cualquier cierre pirotécnico o doctrinal para enfrentar el silencio de la pérdida. Aunque la colisión entre la agudeza intelectual y el límite insalvable del cuerpo genera una punzante nostalgia, la obra se sostiene gracias a la contención de un montaje que rechaza el sensacionalismo. El duelo se procesa invocando a Sontag a través de ese entrañable apodo y de aquella pasión compartida por las mesas de ping-pong, dejando el intercambio suspendido en un perpetuo “Empate a veinte. Te toca servir”. La mayor victoria de este diálogo implacable no fue fundar un sistema, sino sostener la inteligencia y el cuidado mutuo hasta el último segundo.

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