16 de agosto de 2017

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09/02/2026

Cine/TV

La aristocracia del silencio en ‘Persona’

A seis décadas del estreno de la película, Carlos Priego analiza los significados del mutismo en el guion de Ingmar Bergman (Nórdica)

Carlos Priego | lunes, 9 de febrero de 2026

Liv Ullmann en ‘Persona’ (1966), de Ingmar bergman

La sensual y vibrante partitura cinematográfica de la obra cumbre de Ingmar Bergman, Persona (1966), se erige como un tratado sobre la otredad y un cuestionamiento infinito sobre la “aristocracia del silencio”. Con motivo del sexagésimo aniversario de su estreno, se vuelve imperativo retornar a la génesis de su lenguaje: la palabra escrita. Nos aproximamos así a la edición de Nórdica, bajo la precisa traducción de Carmen Montes, para desentrañar la vigencia de un relato que, seis décadas después, continúa desafiando los límites del yo.

Al revisitar el texto dramático, la prosa de Bergman parece anticipar la precariedad psíquica que, décadas más tarde, teorizarían Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio o Mark Fisher en su Realismo capitalista. No obstante, la obra impone su propia y absoluta singularidad. Al igual que el filme, el libro se manifiesta austero y despojado, pero plenamente inquisitivo; una pieza cuyas interrogantes se multiplican con la persistencia de una hidra.

A diferencia del filme, el inicio del volumen no propone un “choque” de imágenes violentas, sino una densificación de la luz. Ingmar Bergman nos invita a presenciar la transparencia del celuloide cobrando peso y cuerpo. Lo que en pantalla se percibe como un montaje frenético, en el papel es una búsqueda poética donde las formas luchan por definirse: el caos visual se rinde, finalmente, ante la aparición casi sagrada del rostro humano.

La premisa se despliega con una economía de recursos magistral: Elisabet Vogler, renombrada actriz de teatro, permanece sumida en un mutismo enigmático que desafía la lógica clínica. Bajo el cuidado de Alma, una joven enfermera, la paciente se convierte en un espejo de tensiones; Alma, bajo una aparente fragilidad, intuye pronto la jerarquía del silencio que Elisabet impone: “Ella es demasiado fuerte”, advierte con una perspicacia que anticipa el colapso.

Ingmar Bergman

Trasladadas a una casa de campo frente a la costa –espacio liminar donde la civilización se disuelve–, la dinámica se torna simbiótica. En este aislamiento el silencio de Elisabet Vogler deja de ser una patología para revelarse como la máxima expresión de una decisión soberana. Mientras para Alma la comunicación es una herramienta de validación y subsistencia, para Elisabet el mutismo es un recurso de poder que solo alguien con su estatus puede sostener. Esta asimetría convierte la estancia en un laboratorio de lo que Byung-Chul Han denomina la “sociedad del cansancio”. Elisabet encarna la resistencia final ante la hipertransparencia, haciendo uso de lo que Han describe como la capacidad de “no responder inmediatamente a un impulso, sino controlar los instintos que inhiben y ponen término a las cosas”. Mientras Alma rueda bajo la “estupidez de la mecánica” del trabajo, Elisabet encuentra en la desconexión un lujo inalcanzable.

La justificación de esta vigencia reside en que el silencio se ha desplazado del ámbito clínico al económico. Como advertiría Mark Fisher desde su “realismo capitalista”, en un sistema donde la visibilidad constante es la moneda de cambio, el acto de Elisabet de “no parecer” constituye una transgresión de clase: un proceso de “descodificación abstracta” que la libera de la “cultura de la celebridad edípica”. Alma, por el contrario, representa al sujeto precario cuya identidad depende de la aprobación externa; víctima de la “privatización del estrés”, vive en un “permanente estado de alerta” donde no existir para los demás a través de la palabra es, literalmente, dejar de ser.

Finalmente, el libro nos permite ver que esta “aristocracia del silencio” no es un estado de paz sino una forma de vampirismo psicológico. Al leer la carta donde Elisabet describe a Alma como un “objeto de estudio”, queda al descubierto la crueldad del privilegiado que observa la vulnerabilidad ajena desde una supuesta superioridad moral. La identidad de Alma comienza a “sangrar” sobre la de Elisabet porque el silencio de la actriz funciona como un vacío de poder que succiona la realidad de la enfermera. En la lucha por el yo, el silencio de la élite siempre intenta tener la última palabra.

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