16 de agosto de 2017

La Tempestad

También las artes cambian al mundo

21/07/2026

Artes escénicas

El teatro como trinchera

Publicado por Ediciones Ibero, ‘Dos Nogales’, texto dramático de Hugo Salcedo, pregunta: ¿puede una representación cambiar el mundo?

Paulina Guzmán | lunes, 20 de julio de 2026

Puesta de 'Dos Nogales', de Hugo Salcedo, dirigida por Eva Lugo. Teatro Auditorio Rosalba Romero, Nogales, mayo de 2025. Fotografía: IMFOCULTA

¿Puede una representación cambiar el mundo? Cuando la literatura cohabita con lo político es imposible no hacer la pregunta. Surge después de cada línea leída, junto a la rabia y la impotencia. Es el caso de Dos Nogales. Partitura dramática coral en una sola jornada, texto dramático de Hugo Salcedo (Ciudad Guzmán, 1964). Publicada por Ediciones Ibero en edición bilingüe, la obra aborda uno de los temas más relevantes de la actualidad: la migración. Salcedo nos desafía a responder la pregunta.

Inscritas en el teatro de frontera, las piezas del dramaturgo mexicano se caracterizan por conjuntar política y representación teatral. Ya lo hizo con Música de balas (UAM, 2012), obra que habla sobre el crimen organizado y sus consecuencias en todos los sectores socioeconómicos; en Nosotras que los queremos tanto (Ediciones Ibero, 2020), que aborda el tema de la violencia de género; en El príncipe de Atlacomulco (Ediciones Ibero, 2023), farsa política que desenmascara un país en descomposición. Valdría, entonces, decir que esto no es algo nuevo para Salcedo. Sus obras, una y otra vez, nos confrontan: ¿esto que lees, que ves, tiene el poder de cambiar algo? 

Hugo Salcedo comenzó a escribir Dos Nogales luego de su primera visita al Albergue Casa de la Misericordia y Todas las Naciones en Nogales. Es un texto dramático que transcurre en una sola jornada; a través de ocho actos, se materializa por medio de entrevistas a informantes en estado migratorio para la petición de asilo a Estados Unidos. La obra fue estrenada en inglés por la Compañía de Teatro Dignidad y la Coalición de Derechos Humanos el 9 de mayo de 2024, en Tucson, Arizona.

Con escenografía mínima, una sola luz en el escenario, un telar sin telón y cinco sillas, los lectores-espectadores entramos a una obra que parece haber comenzado. Desde el inicio somos conscientes de que estamos en una representación, que lo que estamos por atestiguar se encuentra atravesado por la bruma de la ficción y por el juego de la representación.

Hugo Salcedo

“Los orígenes” es la primera escena de la obra y, a modo de manifiesto, uno de los actores nos dice: “América no sólo es el país del norte […] América es un concierto de voces y de contradicciones, una cascada de colores y de imaginación. Una esperanza y una herida. Una voz de lucha y un desgarrado grito de protesta”. Inmediatamente agrega: “También América son miles de héroes anónimos y buscadores de justicia. Activistas asesinados. Periodistas acribillados. Hambruna. Terremoto. Inundación […] América mortal, manantial de sangre, faro de la miseria y el hambre”.

La enumeración, antitética y caótica, proclama una de las demandas más grandes que se le hace al país del norte: América es todo el continente, diverso y plural; violento y ensangrentado; esperanzado y herido. Pero además marca el tono de la obra, lleno de fe, pero también de ira y desilusión. De denuncia y esclarecimiento. Enseguida, en la siguiente escena, uno de los actores enuncia: “Estamos aquí para informar, compartir puntos de vista”. Salcedo nos recuerda que estamos dentro de una representación, que somos cómplices y testigos; retoma el carácter testimonial del texto dramático para mostrarnos los motivos de los migrantes para salir de sus respectivos países y, como menciona uno de sus personajes, utilizar el teatro en una de sus formas más enriquecedoras: como tribuna, foro de exposición y discusión.

¿Por qué se quisieron ir de Estados Unidos? ¿Por qué quieren estar en Estados Unidos? Estas son las preguntas que enmarcan la escena y algunos de los informantes responden, en parte para aliviar la carga y la pena: por falta de trabajo y oportunidades, por miedo, por la delincuencia, por discriminación, por errores que los hicieron huir, por el narco, por dirigentes corruptos, por violencia familiar impune. 

Otra vez podrá aparecer un cuerpo semidesnudo adentro de una fosa que vamos a reconocer por la cicatriz o el tatuaje […] A lo más, quizá, un cuerpo achicharrado por el sol que le ha caído como plomo durante quién sabe cuántos meses. Por eso nos vinimos […] ¿Es una buena razón para no quedarse?

La pregunta es retórica y tiene tintes de ira: ¿es una buena razón para no quedarse? Claro que el miedo, la violencia o la falta de posibilidades económicas son razones suficientes. Salcedo lo sabe y por eso nos cuestiona. La pregunta nos invita a reflexionar sobre la carga prejuiciosa que enmarca a las personas migrantes y nos dice que sus razones, sean las que sean, siempre serán suficientes.

La siguiente escena, “La travesía”, es una de las más crudas de la representación. Uno de los actores toma prestada la voz de Jesús, quien sale de Caracas para narrar a los muertos que ve, a los casi muertos, la corrupción y la desesperanza. Vienen de todos lados, nos cuenta: Venezuela, Colombia, Haití, Ecuador, India, Afganistán, todos hermanados por un objetivo común: encontrar una alternativa a la situación en la que se encuentran; de preferencia, una mejor. 

Sin embargo, la travesía es complicada y, en sus palabras, “la salvación es individual”. Por medio de una acotación que indica la proyección de imágenes de personas que avanzan entre los matorrales en medio de la selva y el río, se narra la violencia del Darién y Acandí. El leitmotiv “selva, selva, selva” acompaña las imágenes y por medio de una topografía detallada imaginamos las subidas y bajadas de las montañas, los animales, los campamentos. El río que se lleva a la gente cuando llueve y no la regresa. Las lanchas que cobran 40 dólares por persona para cruzar. Los agentes a los que les das tu nombre y deciden, con base en una lista que el gobierno les proporciona, si puedes seguir o no. 

El leitmotiv “selva, selva selva” es reemplazado por “plata, plata, plata”. Ahora la selva es de concreto; la complejidad física y emocional de la travesía es desplazada por la económica. Si tienes dinero sigues. Si no, no. Luego llegar a la Ciudad de México, subir al Norte, montarse a la Bestia, amarrarse y esperar lo mejor:

Selva, selva, selva. Lanchas. Balsas. Autobuses, aventones y autobuses. Traficantes, secuestradores, la policía que también extorsiona, de todo. Luego la selva de concreto, la selva de las ciudades con su amontonadero, sus largas distancias y sus ruidos. Sintiendo la mirada de las gentes que nos ven como si fuéramos unos delincuentes, como si nos fuéramos a meter a sus casas, como si fuéramos a quitarles sus empleos, como si fuéramos a arrebatarles el plan de la boca, como si fuéramos a pegarles alguna enfermedad.

Las siguientes tres escenas, “Dos Nogales”, “Las peticiones” y “Garífuna”, exploran la dualidad de las ciudades fronterizas, en este caso Heroica Nogales y Nogales, Arizona, contrapuestas, divididas y mutuamente excluyentes. También, las facilidades implementadas por el gobierno estadounidense para ayudar a los migrantes: la aplicación CPB One, que sólo podían usar si tenían el teléfono adecuado y los datos suficientes, y que aceptaba sólo 40 solicitudes al día para ayudarlos a pedir asilo de su lado –y que, por cierto, ya ha sido eliminada. Y la historia particular de Azucena –no es su nombre real debido al pacto de anonimato con los informantes–, una negra, garífuna, hondureña, siempre sonriente que denuncia el extractivismo y la marginación por parte de los empresarios hondureños y los extranjeros:

Todo lo que hacen blancos y ladinos mestizos, cuesta vidas humanas.

Ellos traen injusticia.

La explotación.

La condición subordinada.

[…]

Tenemos nuestras formas de organización y de funcionamiento.

Pero los ladinos mestizos y los blancos corrompen lo que tocan. 

Destruyen.

Finalmente, en las últimas dos escenas, “Yo tengo pesadillas” y “Dos Nogales”, los actores se preguntan el por qué de su representación, lo que nos lleva a la pregunta del inicio: “De verdad, ¿de verdad consideran que una representación va a cambiar el mundo? Una representación no cambia absolutamente nada, aunque así quisiéramos que fuera, ¿estás de acuerdo? Una obra de teatro no alcanza para mucho”. Esta parte, la más metateatral de la obra, nos invita a nosotros, lectores-espectadores, a reflexionar sobre aquello que leemos y su potencia. Y, si bien la respuesta no es certera, Salcedo expone sus argumentos:

—Una obra de teatro, no. Pero una persona que venga a la representación, por una sola que fuera, la cosa cambia.

[…]

—¿Qué tanto podemos ya cambiar? ¡Ya lo estamos haciendo! ¡Ya estamos cambiando! No estamos cruzados de brazos viendo la miseria y el dolor de la humanidad. Exponemos. Dialogamos. Discutimos. Ponemos la voz y también el cuerpo. Alguien llevará partes de este diálogo a la hora de la cena, en la clase o a la hora del recreo, en la reunión de la oficina, en el supermercado o en el transporte. Nuestra voz irá creciendo hasta pasar de una voz solitaria a un auténtico vocerío, un grito que obligue a mover, al menos un poco, el rumbo de las decisiones de los políticos del mundo. Será un vocerío que pueda levantar la mano. Un vocerío que pueda pronunciarse y elegir. ¡Entonces se verá el efecto de todo lo que hacemos y soñamos! ¡Porque cada uno de nuestros países es parte de esta América real!

Como ha sugerido el académico Eqbal A Alfarhan en su texto “La influencia de la literatura en la sociedad” (2024), “A través de sus historias, personajes y temas, la literatura ofrece una ventana a diferentes culturas, perspectivas y formas de pensar, lo que permite a los lectores ampliar su comprensión del mundo y desafiar sus propios prejuicios”. La obra de Salcedo, con un mínimo uso de la teatralidad –entendida como el decir a través de la materialidad–, nos obliga a concentrarnos en la potencia del lenguaje y la representación. La selva no está ahí, ni tampoco se recrea el albergue; la obra se construye gracias a cinco actores, cinco sillas y las imágenes proyectadas. Sin embargo, eso es suficiente para atestiguar, como lector-espectador, la esperanza y la tragedia de cada uno de los testimonios relatados; desafiar nuestros propios prejuicios. 

Al terminar de escribir este texto me vuelvo a preguntar si una representación puede cambiar el mundo. Peter Handke dice que la literatura es poner al descubierto los lugares todavía no ocupados por el sentido. Y, aunque no me consta que tenga el poder de transformar la realidad, sé que su lugar, en cada una de sus formas, es obligarnos a pensar de otra manera. Y eso Hugo Salcedo lo sabe bien.

Hugo Salcedo, Dos Nogales. Partitura dramática coral en una sola jornada, edición bilingüe, traducción al inglés de Iani del Rosario Moreno, Ediciones Ibero, México, 2026.

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