23/07/2026
Literatura
Literatura en la sociedad del rendimiento
La literatura, plantea la escritora y traductora Lucia Duero, no escapa a las exigencias contemporáneas de incesante producción
Fotografía de Viviana Rishe en Unsplash
En La sociedad del cansancio (2010), Byung-Chul Han describe el cambio de la sociedad disciplinaria teorizada por Michel Foucault a la sociedad del rendimiento en la que, según él, nos encontramos. Para unos popular y superficial, para otros un preciso descriptor de nuestros tiempos, el filósofo plantea la extendida tesis según la cual el sujeto se autoexplota, como si hubiese interiorizado la disciplina y no necesitara ya de presión externa para rendir.
Al parecer el individuo contemporáneo tiene que satisfacer una demanda invisible, que define la vida exclusivamente en términos de trabajo. En consecuencia, las preguntas ¿quién soy? o ¿qué hago en este mundo? son reemplazadas por cuestionamientos en torno a las actividades productivas: ¿cuál es mi trabajo, mi función en este mundo? No hay más Yo que el Yo profesional. Las tareas autoimpuestas se multiplican y, dado que la producción no tiene límites, la autoexplotación tampoco. El sujeto se valida al producir, existe para producir. Importa menos lo que crea que el hecho de hacerlo; bajo esa premisa, vive para trabajar y edifica una identidad a partir de ello. Soy aquello en lo que trabajo. Soy mi trabajo.
Entender lo escrito por Byung-Chul Han y proyectarlo hacia los demás procede de haber participado yo misma de la autoexplotación. ¿Por qué lo permitimos? ¿Qué mecanismos operan dentro de nosotros? ¿Por qué no lo vemos? Abrir los ojos, o mantenerlos cerrados lo suficiente para cambiar nuestra perspectiva al abrirlos de nuevo, es un acto de autopreservación que procede del autoconocimiento. Resulta fascinante descubrir que las tres máximas más conocidas del Oráculo de Delfos resuenan en este conflicto: “Conócete a ti mismo” como punto de partida; “Nada en demasía” como el límite que hemos perdido; y, finalmente, “El compromiso trae la ruina” –ese pacto invisible con uno mismo y con el sistema (¿no es uno también el sistema?)–, la advertencia de que empeñar el propio ser como garantía siempre nos deja en ruinas.
La literatura también se ha visto afectada por la dinámica de producción perpetua, donde lo importante es la actividad constante. Los parámetros originalmente diseñados para ciertas industrias se han incorporado al medio literario, aunque no parece ser un problema nuevo. Hace más de un siglo José Carlos Mariátegui escribió en “El artista y la época” (1925): “El renombre se fabrica a base de publicidad”. Y agregó: “Se lanza a un artista más o menos por los mismos medios que un producto o un negocio cualquiera”.
Bajo esta lógica mercantil, aquel viejo reducto del “arte por el arte” se ha convertido en “producir por producir”. Libros, revistas, entrevistas, apariciones, publicaciones, menciones. A ello se suma el aparato mercadotécnico encargado de generar la demanda. El escritor se ve obligado a escribir más, a promocionarse más, a tener más contactos que puedan servir para el beneficio propio, a tener más seguidores en las redes sociales, más apariciones en los espacios públicos. Se trata de la “producción de atención”, como la llama Han en La sociedad de la transparencia (2012): “La comunicación alcanza su máxima velocidad allí donde lo igual responde a lo igual, cuando tiene lugar una ‘reacción en cadena de lo igual’”. Estos factores carecen de importancia literaria, pero distorsionan la recepción de las obras e impiden determinar su relevancia. En su tiempo “libre”, el escritor se dedica a crear el eco de su escritura, a anunciar los resultados de su rendimiento.
“La conquista del bienestar y de la fama resulta en verdad muy dura en estos tiempos”, escribió Mariátegui en “El artista y la época”. Cien años después, el anhelo es tan intenso que estimula al sujeto (y al escritor) a arrancar la maquinaria de la mercadotecnia para autopromoverse –una forma peculiar del Yo, que se trata a sí mismo como otro, como una mercancía. ¿Qué podría calmar esta agitación existencial? El éxito. Pero ¿quiénes somos ante esta entrega fiel al trabajo, a la fatiga y la búsqueda del éxito? La demanda invisible no deja de exigirnos. Nos mantenemos sofocados, al borde del colapso, pero produciendo, mostrando a los demás los nuevos proyectos. La frase más común de nuestro tiempo parece ser: “Tengo mucho trabajo”. Otra muy frecuente: “¿En qué estás trabajando?”. La vida ocurre entre un proyecto y otro, entre la adrenalina producida por éstos y el agotamiento posterior.
¿Por qué tenemos que proyectar una imagen de nosotros como seres laborales, que viven para el trabajo? ¿Acaso no hay otras maneras de existir? La internalización de los procesos de producción y mercadotecnia crea una manera muy específica de ver el mundo, una mirada que convence de su utilidad. Me pregunto cómo escapar de esas fuerzas invisibles para crear y existir desde otro lugar. La frase “No dejes de soñar” parece una broma: ¿acaso se puede soñar desde un estado de extenuación total? Y, sin embargo, funciona con la misma lógica de la salvación celestial: ofrece al sujeto desesperado una promesa de vida después de la fatiga, un más allá secularizado donde el sufrimiento de hoy se justifica por la gloria del mañana.
El esfuerzo es una categoría moral del buen ciudadano, que ejerce activamente su libertad y forma su futuro. Es amo de su presente y de su futuro. Pero al final, como dice Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio, “[e]l sujeto que está obligado a rendir se mata a base de autorrealizarse. Aquí coincide la autorrealización y la autodestrucción”. A mi parecer, el sujeto no se destruye solamente por el rendimiento excesivo –en algún punto encontrará que no puede hacer y no puede ser–, sino también por el desdoblamiento que abre una grieta insalvable: una guerra fría entre el Yo que sólo rinde y el Yo consciente que observa, impotente y culpable, su propia explotación.
Nos hallamos en una competencia perpetua, con nosotros mismos y con los demás. La colaboración no es posible porque contradice el espíritu competitivo, que pide demostrar que uno puede más que el otro. Mientras tanto, leemos en Escritos para desocupados (2019), de Vivian Abenshushan: “de pronto miramos el reloj y ya somos treinta años más viejos”. O como dice José García en El libro vacío (1958) de Josefina Vicens: “¿Cómo iba yo a saber que la acumulación de estos ‘mañana’ que ni siquiera distinguía, y que sin notarlo ya eran ‘hoy’ y ‘ayer’, harían pasar no sólo el tiempo, sino mi tiempo, el único mío?”.
Ante la constante pérdida de días y meses de existir, de estar, ¿qué esperamos, cada uno solo en su mundo hermético, cerrado hace tiempo? Habitamos nuestros planetas privados mientras esperamos reconocimiento y aceptación. Pero sólo encontramos más soledad, pues en realidad nadie escucha, mira o lee. Todos están mortalmente ocupados.