16 de agosto de 2017

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18/06/2026

Pensamiento

Historia de un arma

Alejandro Badillo repasa la simbología del célebre fusil a partir de ‘AK-47. La historia del arma del pueblo’, del periodista Michael Hodges

Alejandro Badillo | jueves, 18 de junio de 2026

Fotografía de Ainur Khasanov en Unsplash

Quizá ningún arma ha tenido la influencia cultural que el famoso AK-47, llamado “cuerno de chivo” en México. El siglo XX quedó marcado por la llegada de la guerra nuclear, pero la invención del AK-47 marcó las décadas posteriores, con el mito de que el fusil ayudó al Ejército Rojo contra los nazis. La historia del soldado soviético que diseñó una de las máquinas más eficientes para exterminar vidas resume las contradicciones de su época y, también, la interminable búsqueda de obtener ventajas en el campo de batalla. Perteneciente a un estrato social enemigo del estalinismo –los pequeños propietarios de granjas– Mijaíl Timoféyevich Kaláshnikov pasó de perseguido por el sistema a héroe de guerra después de atacar un grupo de tanques alemanes en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial. Después, gracias a su habilidad con las herramientas, diseñó el arma que lo volvería un mito viviente. Según los jerarcas comunistas, el rifle de asalto haría prevalecer a la Unión Soviética en un probable enfrentamiento contra Estados Unidos una vez que comenzara la repartición del mundo después de la guerra.

El periodista Michael Hodges investigó en AK-47. La historia del arma del pueblo (2007; publicado por Lengua de Trapo en 2014) los mitos y realidades detrás del fusil de asalto que salió de las manos de su creador para convertirse en un icono asociado a las guerrillas que combatieron a las potencias occidentales durante la segunda mitad del siglo XX. A menudo se olvidan los factores materiales que inclinan la balanza en las numerosas guerras a lo largo de la historia. El acero, la pólvora y, por supuesto, la numerosa mano de obra, por ejemplo. Michael Hodges logró entrevistar a Mijaíl Kaláshnikov –que vivió casi un siglo– y recorrer la antigua fábrica en la que se produjeron, en cantidades masivas, los primeros AK-47. El arma pronto dejó de ser monopolio soviético y comenzó a producirse en países de la esfera comunista. Sin regalías, Kaláshnikov sobrevivió una vez retirado de una modesta pensión del Estado. Aprovechando el aura de leyenda que lo acompañó hasta su muerte, llegó a ser la imagen pública de un vodka –con el nombre de su mítica invención– que no pudo ser comercializado en Inglaterra –lugar de origen de los inversores– por la asociación del AK-47 con el terrorismo.

Como afirma Hodges, el Kaláshnikov es el primer producto realmente global que funciona bajo sus propios términos y más allá de cualquier regulación. El bajo costo de fabricación y, por supuesto, su resistencia hizo que circulara ampliamente. La Guerra de Vietnam fue, quizás, el primer escenario en el que debutó el arma en manos de los combatientes del Frente Nacional de Liberación de Vietnam o Vietcong. Fácil de manejar e ideal para el clima del sudeste asiático, cobró muchas víctimas en las filas del invasor estadounidense. Tiempo después el AK-47 estaría en manos de los niños soldados en la interminable guerra civil sudanesa; en las ciudades y barrios palestinos asediados por el ejército israelí; en los combatientes iraquíes que asediaban a los ocupantes de los vehículos blindados estadounidenses y en los cadáveres de los miembros del grupo terrorista Septiembre Negro, que asesinó a once miembros del equipo olímpico israelí en Múnich 1972.

AK-47

A partir de este último incidente el arma quedaría ligada al extremismo islámico y contribuiría a formar la caricatura del rebelde del Sur Global: un personaje desprovisto de razones, sin historia, que ataca irracionalmente desde un callejón en una aldea abandonada en Medio Oriente o desde lo profundo de la selva. La asociación quedaría completa con las imágenes de Osama bin Laden –antiguo socio de Estados Unidos– acompañado por diferentes versiones del AK-47 en los videos de propaganda antes y después de la llamada guerra contra el terrorismo, desatada después de los atentados del 11-S. Lo que no se contó de esa historia –como documenta Hodges– es que los estadounidenses traficaron cantidades ingentes de Kaláshnikovs para ayudar a aliados que pronto se volvían enemigos o vendedores del arsenal que sigue provocando masacres en el siglo XXI. El periodista no aborda el “cuerno de chivo” y su fuerte simbolismo en la narcocultura mexicana: fusiles cubiertos de oro y corridos dedicados al fusil, entre otras manifestaciones debidas a que Estados Unidos ha inundado nuestro país de armas de fuego. La razón probable es que durante la primera década de nuestro siglo, cuando se publica su investigación, la violencia del narco mexicano aún no trascendía a los medios globales.

Mientras la fábrica que producía Kaláshnikovs era abandonada –ya que no podía competir con modelos más baratos de otras partes del mundo–, el arma se convertía en un símbolo de masculinidad y poder en países y ciudades sujetos a una creciente violencia, incluso en barrios empobrecidos de Estados Unidos, como los de Nueva Orleans. El cine hollywoodense aprovechó el arma para difundir una propaganda global que redimía a Estados Unidos de sus intervenciones en Vietnam o Afganistán. Rambo –en particular en la segunda entrega de la serie, de 1985– demostró que podría usar un AK-47 para rescatar a los indefensos prisioneros estadounidenses en manos de los vietnamitas. Incluso películas con más empaque artístico, como El francotirador (1978) –ganadora, a la postre, de cinco premios Oscar–, le dan un papel central al arma en manos de enloquecidos combatientes comunistas que torturan a los soldados invasores. El bajo costo del AK-47 hizo que la producción de la película El señor de la guerra (2005) –cuya trama se centra en la compraventa de Kaláshnikovs al final de la Guerra Fría– comprara AK-47 originales, porque eran más baratos que cualquier réplica. Curiosamente, la película Matrix y sus continuaciones –una elegía a las armas de fuego– no muestran ningún Kaláshnikov en escena, como si se pretendiera indicar, en esa suerte de universo paralelo futurista, que el fusil soviético no tiene el glamour suficiente.   

En 2001 el fotógrafo francés Pierre Bullant (seudónimo que usa Hodges para proteger a su informante), especializado en la industria de la moda,  se internó en Cisjordania y otras zonas asediadas por el ejército israelí. El fotógrafo visitaba la zona desde hacía tiempo para obtener imágenes que vendía a los medios occidentales. Después del ataque de helicópteros a una oficina de la resistencia palestina, una trabajadora británica de una ONG le dijo que no entendía por qué los guerrilleros palestinos seguían disparando después de que las aeronaves se habían ido.

El fotógrafo le contestó:

–Es parte de su resistencia. Están siendo desafiantes. Están diciendo: “No pueden vencernos. Nuestra rabia es más fuerte que sus misiles y armas”.

–Pero se equivocan.

–Para nosotros, quizá, pero ellos ya no esperan ganar esta guerra. Para ellos no es ni siquiera una guerra: viven con un Kaláshnikov en las manos. No creo que puedan imaginar que esto acabe nunca. ¿Por qué iba a acabar? Cada año pierden un poco más, cada año son castigados por existir. Todo lo que pueden hacer es intentar influir en la manera en que pierden. No dejar nunca de estar enojados. Eso es lo que ahora significa ser palestino.

–Así desperdician balas disparando al aire y sus calles se convierten en un caos. ¿Cómo les ayuda eso? Eso ayuda a los israelíes.

–Parece una locura, agitar los fusiles en las ruinas de un bombardeo. Pero esos fusiles son lo único que tienen para decir que no están completamente vencidos, que son hombres y que los palestinos son personas.

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