04/05/2026
Pensamiento
El perfil medio
¿Representa el ‘middlebrow’ un punto de encuentro de lo popular y la vanguardia? Por otra parte, ¿requiere el público el arte de avanzada?
Fotografía de George Tk en Unsplash
Hace algunos años Lucrecia Martel causó una pequeña controversia cuando se atrevió a ir en contra de las series. Hay que señalar que no atacaba los realities, los programas mañaneros o los resúmenes deportivos, sino a HBO: el lugar de la televisión que se supone de mayor calidad. De modo similar, lo que Damián Tabarovsky insiste en criticar no son los best-sellers de fantasía o romance, sino los libros de W.G. Sebald o Paul Auster, el tipo de libro “encantador, inteligente, bien escrito, razonable, argumentado, seductor, lúcido, documentado, elegante, es decir, absolutamente hueco”. Martel y Tabarovsky dirigen sus dardos hacia el mismo lugar, están hablando de la misma zona de la cultura, no realmente lo “bajo”, no la “chatarra”, sino otra cosa, algo que está en medio.
Es como si nos alertaran de la presencia de un impostor. Todo estaría bien si las series y los libros amenos se pusieran la etiqueta del entretenimiento barato; lo que les molesta realmente es que pretendan ocupar la posición de lo valioso, de lo delicado, de lo arriesgado. Nos hallamos en el territorio del middlebrow o perfil medio: ya Virginia Woolf se quejaba de ese sector intermedio de la cultura, que tiene toda la pretensión de las bellas artes o del arte de vanguardia pero nada de su exigencia, así como la indulgencia del pop pero nada de su candidez. Para Woolf ambos extremos de la producción artística cuentan con un encanto y una razón de ser, lo sospechoso es lo que se encuentra a la mitad.
Algo en la misma dirección se puede encontrar en el argumento de Neil Postman de que, de hecho, la televisión es menos tóxica cuando nos presenta basura evidente y no cuando incursiona en territorios como la política, la ciencia, la historia, etc., cuando invade la plaza de discursos complejos y críticos, los suplanta, los invisibiliza y, en esa zona que se anunciaba como “educativa”, inocula el virus del consumo y la trivialidad. Al menos con la comida chatarra sabemos lo que estamos comiendo, es peor el engaño de una ensalada raquítica con un aderezo de azúcar.
Más allá de la pedantería, la cuestión es que el middlebrow ofrece una respuesta falsa a una necesidad real. Una de las contradicciones fundamentales del arte de vanguardia, como señalaban Adorno y Horkheimer, consiste en pretender la liberación de lo humano pero requerir cada vez mayor esfuerzo para poder ser descifrado, cuando el arte se suponía precisamente el espacio para que la humanidad se aliviara del trabajo, de las tareas tortuosas y las labores de subsistencia. Ha sido siempre abismal la distancia entre las grandes aspiraciones del arte de vanguardia, los enormes efectos que espera tener –la transformación de la vida y la sociedad, en breve– y la poca atención, incluso a veces la hostilidad que recibe del público al que quería liberar.
Para quienes no se conforman con el dictum de Adorno, donde el arte de vanguardia y el arte popular son dos mitades de una misma libertad que nunca se reúnen, más allá de las soluciones institucionales y educativas –ampliar el acceso a las artes, que en un contexto de precariedad y violencia económica suena siempre a poner el carro delante de los bueyes–, y también del eclecticismo individual, poder pasar de un registro a otro, existe siempre la tentación de que el arte mismo, con sus propios medios, en su propia configuración, pueda resolver esa fractura.
El valor del middlebrow es que lo intenta, y su deficiencia es que toma lo malo de cada polo: la pretensión y la búsqueda de estatus del arte elitista (la distinción de Bourdieu), la banalidad y lo repetitivo del pop. Y quizá por ello en muchos casos el perfil medio no resulta tanto un puente entre el “gran arte” y el arte de masas sino, sobre todo, una variante del arte de las élites, su embrutecimiento. Schönberg advirtió que sólo el camino de en medio no lleva a Roma, pero la mezcla es una estrategia de supervivencia: se trataría de encontrar un en medio que no sea ni mediocre ni conformista sino su propio extremo, una tercera punta.
De cualquier modo, intentos de ese tipo han tenido en el pasado resultados modestos o de plano decepcionantes, modificaciones al interior de un campo autónomo y no la transformación de lo social. Otra pregunta que valdría la pena hacer es si las clases populares necesitan realmente el arte de vanguardia, si acaso mejoraría su vida en lo más mínimo, o si no es algo destinado a los ociosos afortunados –que se pueden dar el lujo de un arte que implica trabajo– y si el intento de expandir sus públicos tiene más que ver con mala conciencia (como un fumador que ofrece cigarros al que se le acerca) que con la identificación de un verdadero problema.
Es desde luego ridícula, en El realismo socialista (Raúl Ruiz, 1973; Valentina Sarmiento, 2023), la obcecación de los intelectuales del Partido Socialista chileno con organizar una enorme campaña de talleres de poesía, cuando al mismo tiempo, en la película, los obreros deciden y sostienen la toma de una fábrica, y cuando sabemos lo que vendrá dentro de poco: el golpe del 11 de septiembre. Aun así, por cursi y absurdo que sea, podemos entender qué había en ese sueño, la verdad que contenía, el síntoma de una humanidad liberada: “cuando cada uno de los habitantes de nuestro país escriba poesía, creo que habremos cumplido con nuestros propósitos básicos”.