16 de agosto de 2017

La Tempestad

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23/04/2026

Pensamiento

33 kilómetros

En el contexto de los ataques a Irán, el estrecho de Ormuz funciona como una metáfora del capitalismo actual y sus contradicciones

Alejandro Badillo | jueves, 23 de abril de 2026

Vista satelital del estrecho de Ormuz. MODIS Land Rapid Response Team / NASA GSFC

Hace unos meses pocos analistas hablaban del ahora famoso estrecho de Ormuz. Ubicado entre el Golfo de Omán y el Golfo Pérsico, ha desatado no sólo una guerra de desinformación sino todo tipo de fantasías en las redes sociales. El estrecho tiene 33 kilómetros de ancho y, como es de dominio público, por ahí se transportaba hasta hace poco una cantidad significativa de los recursos energéticos –aproximadamente el 20% del petróleo y el gas natural que se consume mundialmente– y otros insumos de la sociedad de consumo.

Conforme se agrava el conflicto en Medio Oriente provocado por Estados Unidos e Israel, muchos han descubierto, por ejemplo, que los fertilizantes que permiten alimentar a una parte significativa del mundo utilizan derivados del petróleo, o que los países de la zona en guerra producen helio, gas fundamental para la producción de microchips. El consumidor global rara vez se interesa en el funcionamiento el sistema que lleva la comida a su mesa, fabrica las mercancías que compra cotidianamente o lo transporta a sus actividades diarias.

Más allá de los datos técnicos o del análisis geopolítico inmediato, conviene analizar el estrecho de Ormuz como una metáfora del capitalismo actual y sus innumerables contradicciones. Sus escasos 33 kilómetros han bastado para encender las alarmas de la cadena de suministro global, un inmenso aparato cuyo funcionamiento enfrentó una primera interrupción durante la pandemia del covid-19. Como escribió Paul Virilio, el progreso técnico acarrea sus propios accidentes. El descubrimiento de la energía nuclear en el siglo XX engendró a su gemelo malvado: los desastres radioactivos como los de Chernóbil y Fukushima o el uso de armas nucleares para el exterminio humano y de la naturaleza, como sucedió en Hiroshima-Nagasaki.

La cadena global de suministros, basada en energía barata de depósitos fósiles, ha construido un tipo de sociedad donde la técnica está al servicio de una acumulación de recursos cada vez más agresiva. Este mecanismo inmenso y complejo es propenso al colapso, pues su fecha de caducidad se acerca conforme los recursos se agotan. Así como una pieza diminuta de un avión puede desatar una reacción en cadena que culmina en tragedia, los conductos por los que circula el flujo global de mercancías –la sangre vital de la economía– pueden fallar y poner en marcha una cuenta regresiva. Si en el pasado remoto el daño producido por los conflictos –incluso por las pestes– no escalaba rápidamente, la actual velocidad de los intercambios provoca que la máquina de extracción, fabricación, consumo y desecho sea poco flexible. La dimensión enorme del comercio, los flujos financieros y la especialización de las manufacturas forman, a pesar de su imagen omnipotente, un circuito cada vez más frágil.  

Los 33 kilómetros del estrecho de Ormuz también han acelerado un fenómeno de nuestros tiempos: la hechicería. La racionalidad ha sido erosionada por el regreso al pensamiento mágico. Irónicamente, como ha sido descrito por muchos intelectuales, el exceso de información ha creado una ola mundial de ignorancia. Este vacío no sólo es llenado por discursos de odio sino por la idea de que la emocionalidad de un mensaje –su apariencia de sortilegio– transmitido por un personaje al que se atribuye gran poder, como Donald Trump, crea una realidad alternativa. Los fieles al culto MAGA (Make America Great Again) creen que cuando el presidente de Estados Unidos afirma que “el estrecho está libre” eso sucede más allá de cualquier confirmación o evidencia.

Esto va más allá, como se puede suponer. Los comentaristas de la cadena Fox News afirman todos los días que las cosas suceden al revés de lo que indican los hechos. Para que la realidad se transforme, lo que importa es la fe. Igual sucede con procesos absolutamente irracionales, que mueven los deseos de los oligarcas tecnológicos. El mejor ejemplo es la burbuja que ha inflado las esperanzas en la inteligencia artificial. Se ha invertido una cantidad ingente de recursos y, sobre todo, se ha construido una deuda enorme con la esperanza –para la mayor parte de especialistas totalmente irrealizable– de que la IA multiplique el capital invertido en ella. Los mercados financieros –verdaderos oráculos que no reflejan la materialidad del mundo– también forman parte del universo mágico que gana espacios todos los días.

En una época en la que gozamos y sufrimos dosis continuas de hiperrealidad, el estrecho de Ormuz “real” apenas se muestra en las pantallas globales. Esa área geográfica permanece oculta más allá de las imágenes satelitales. La interrupción del flujo de energía fósil en una zona desértica que, en siglos anteriores, no habría despertado la codicia de las grandes potencias, es un síntoma más de la guerra en desarrollo, que recuerda poco las escenas que leímos en libros de historia o que vimos en las películas de Hollywood. La guerra actual es un estado de descomposición gradual, en la cual el sistema que se creía infalible tiene cada vez más grietas que son aprovechadas por el enemigo.

La sociedad interconectada se dirige a lo que investigadores como Nate Hagens, director ejecutivo del Instituto para el Estudio de la Energía y Nuestro Futuro (ISEOF), llaman “la gran simplificación”, es decir, el colapso de un ecosistema hipercomplejo y el regreso a una forma de vida más eficiente, flexible y racional en el uso de los recursos. Lo inquietante es la forma de llegar a ese destino y la proximidad a ese futuro. 

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