16 de agosto de 2017

La Tempestad

También las artes cambian al mundo

31/03/2026

Literatura

Libro-lugar-presencia: ‘Templos en erupción’

Una reseña del libro de poemas de Lucía Hinojosa Gaxiola, publicado por Juan Malasuerte, en el que resuena la práctica de la artista

Emiliano Escoto | martes, 31 de marzo de 2026

Captura del video ‘Tepalcates’ (2021), de Lucía Hinojosa Gaxiola

Templos en erupción, el nuevo poemario de la artista Lucía Hinojosa Gaxiola (Ciudad de México, 1987), editado por el sello de poesía Juan Malasuerte, es una suerte de libro-lugar que nos ubica en un punto de encuentro entre el polvo de los planetas y el vuelo de los insectos. Pero también es un libro-presencia, que teje palabra con acontecimiento para hacer aparecer una sombra fantasmagórica que nos invita a ver el mundo desde otro ángulo, una meditación del flujo vital que mueve y observa la mutabilidad de la materia y la experiencia como un ritual que, sin la poesía como mecanismo o dispositivo, se escapa entre las manos:

Algunas meditaciones se acumulan en el proceso de la luz, en las esquinas de santuarios invisibles. En silencio levitan constelaciones: mantra, vehículo del sonido, yantra, vehículo de la forma, tantra, vehículo del flujo. Entre tu cuerpo y el mío, el vapor de la regadera nos conecta y nos disipa, viéndonos fijamente a través de espectros que nos enseñan a respirar dentro de un solo vacío. La mirada de los ejes busca la comunicación de la entrega. Pero tus ojos entre los míos son realmente vitrales que emiten hilos de fuego.

El día que conocí a Lucía, advertí la magia. Estábamos en medio de una casa en ruinas durante un encuentro de artistas de performance titulado Tlaxochimaco. Había un muro apenas iluminado por una máquina de proyección de acetatos sobre la que ella jugaba, mientras unas piedras colocadas previamente tocaban una guitarra eléctrica que se mezclaba con el sonido de sus poemas, bucles de palabras y sonidos que emitía con la ayuda de su respiración. En el muro recuerdo polvos finos que me hacían pensar en la materia de la que se forman los planetas, estrellas que iluminan la oscuridad del universo. De pronto, con un plumón escribió sobre el acetato, removiendo el polvo:

la palabra también es imagen

también es sonido

Luego lo borró, como si se hubiera decretado el fin de la cultura, o quizá su transmutación. Nos quedamos con la danza de las partículas sobre una fuente de luz y la música de las rocas. En ese momento entendí que estaba frente a una artista que no sólo provocaba el artificio a través de la disposición de los objetos, las luces y el sonido, sino que tenía posicionamientos ontológicos sobre la vida de lo inanimado, el sentido de los lenguajes y la ubicación de uno mismo en el convivio con todas las cosas. No sólo era magia, era filosofía.

A los pocos meses nos vimos en la presentación de diSONARE 09. En este proyecto editorial (fundado por ella y Diego Gerard Morrison) es posible descubrir la materialidad de las ideas y el posicionamiento existencial que implica editar y publicar. Fue en un título de esa publicación, Sombras traslúcidas, de Peter Lamborn Wilson (mejor conocido como Hakim Bey), que descubrí la importancia de las Zonas Temporalmente Autónomas y cómo están sucediendo todo el tiempo en un presente inagotable, aunque difícilmente perdurable: espacios que construyen sus propias normas desde la libertad, la celebración y la creatividad más que desde la coerción o el deber ser social. Son lugares libres, donde las estructuras y normas se desdibujan a favor de la autodeterminación, pero no como modo de vida por alcanzar sino como acontecimiento que se experimenta en el presente y nada más.

Lucía Hinojosa Gaxiola

La tierna radicalidad del pensamiento y obra de la artista tienen como sustento reflexiones profundas sobre la libertad y la existencia –no sólo humana sino del todo– como una circulación permanente de materia y energía. Es ahí donde este libro se convierte en una invitación para aceptar y comprender el flujo eterno: las palabras danzan por las páginas, que de pronto son agua, ahora fuego, ahora escorpión, excavación, tormenta, tornado, volcán apagado… Al igual que en su trabajo performático, la poesía es un elemento material que va mutando y que toca el tiempo a través de sus estados químicos, físicos y cósmicos.  

El trabajo de Lucía Hinojosa Gaxiola en este volumen es también una provocación para imaginar el inmenso peso de lo micro, como cuando habla del vuelo de los insectos y dice que “la vibración de las sombras levita sobre el mármol”. Recuerda al infraleve de Duchamp, que nombra con esta palabra aquello que es muy sutil materialmente y efímero temporalmente: el vapor del agua caliente en una bañera o una multitud de pompas de jabón que llenan un cuarto. Al mismo tiempo, hace un mapeo de tiempos materiales, tal vez arqueología, en la que el objeto se convierte en símbolo, amuleto y lugar sólo para provocar preguntas: 

¿en dónde (qué) es lugar?

¿quién (qué) hace al lugar?

¿cómo (por qué) somos lugar?

Templos en erupción (2025) es un testigo profundo del pensamiento poético de una artista-traductora de lenguajes imposibles, que no se mantiene pasiva frente a la realidad porque se sabe viva y por eso crea, tal y como dice en el poema que es un homenaje al cineasta Ricardo Nicolaievsky:

El azar es siempre preciso porque existe en un orden anónimo, en el gesto desfasado entre una imagen y otra. En su visitación Ricardo no dejaba de reír, y como una película intervenida después de eras históricas en 16mm, acontecían fragmentos de su risa en partículas de polvo, en carcajadas alucinadas por el propio desperdicio cósmico por el cual viajaba. El fuego era azul; el mundo entero se entintaba de él, transmutando la visión en químicos potenciales dentro del cuarto oscuro del tránsito que revela las horas que volamos por el paraíso.

Alguna vez invité a Lucía a jugar con las sombras en su proyector de acetatos, una pieza precinematográfica era la provocación. Ella llevó la moviola de su familia y armó un gran ritual para su querido amigo cineasta. Entre la luz de las velas, jugó con sombras de flores sobre el muro mientras el público se enredaba en un carrete de celuloide. Al final no sólo se trata de estar frente al acto mágico, sino de ser parte de él. Así es con este libro, que nos lee al tiempo que lo leemos; no estamos frente a él, estamos con él. Un libro que es un lugar pero también una presencia.

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