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La tortuga roja: reseña

Carlos Rodríguez | miércoles, 21 de junio de 2017

La tortuga roja (Francia-Japón, 2016), del holandés Michaël Dudok de Wit, es una rareza en el cine de animación: no tiene diálogos y su gráfica prescinde del excesivo detalle en las texturas de personajes y escenarios. La forma contradice el fondo: su simplicidad dota de fuerza a la historia de un náufrago que se entrega a su destino luego de resistirse a él.

 

En el filme convergen la animación japonesa y la europea. La historia es así: en 1994 Dudok de Wit estrenó el cortometraje animado Le Moine et le Poisson, que llamó la atención de Isao Takahata, productor artístico de La tortuga roja y, junto a Hayao Miyazaki, el animador japonés más celebrado. Takahata se convirtió en el vínculo entre el director y los estudios Ghibli, creadores de todas las cintas de Miyazaki y cuya marca es la viveza de los personajes. El proyecto en conjunto tardó diez años en concretarse.

 

El guion de La tortuga roja, escrito por el director Pascale Ferran en colaboración con Dudok de Wit, reflexiona sobre la soledad del hombre extraviado, a la que no se resigna el náufrago, que intenta abandonar la isla, en la que no hay ningún objeto que avale la presencia humana, en una embarcación improvisada. Su única compañía son los cangrejos de la playa. Cada intento de huida es frustrado por una tortuga roja. El hombre sueña con escapar: corre por un muelle, que confirma su deseo de encontrar huellas de alguna civilización, después lo sobrevuela. Al despertar en medio de la noche no encuentra ninguna reacción ante su impotencia, solo el mar infinito frente a él.

 

Hay algo importante en la película: no edulcora los momentos trágicos. El náufrago se enfrenta a la muerte en varias ocasiones. Decide quitarle la piel a una foca, que yace muerta en la playa, a pesar de las náuseas que experimenta al abrir su cuerpo. También descarga su ira contra la tortuga, sin saber el rol que juega en su solitaria existencia. La escena en la que la isla es arrasada por un tsunami quizá sea la representación más fiel del embate de la naturaleza contra la humanidad, que atestigua y reafirma su fragilidad.

 

La relación entre la tortuga, de bellas manchas rojas, y el hombre plantea una interrogante: ¿quién es el otro? Esa vieja pregunta tiene eco en los cuerpos de los protagonistas: la dureza del caparazón contrasta con lo blando de la carne humana. Entre ellos ha surgido una complicidad que los transforma, como el amor cambia a las personas; aunque también se unen en un destino compartido, asumido, en el que se acompañan y aligeran sus soledades.

 

El primer largometraje de Dudok de Wit es un ejemplo de cómo el cine contemporáneo puede seguir ligado al entretenimiento, pues no deja de entregarle emociones al espectador, y al mismo tiempo entender la simplicidad de lo profundo.

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