16 de agosto de 2017

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08/10/2026

Literatura

Autómatas de mercado

A diez años de su publicación original, Alejandro Badillo reflexiona sobre las implicaciones de la novela ‘La dependienta’, de Sayaka Murata

Alejandro Badillo | jueves, 8 de octubre de 2026

Fotografía de Frank Huang en Unsplash

Keiko Furukura, mujer de 36 años, se dirige a su trabajo en Tokio. Su labor es atender, con sus compañeros, una tienda de conveniencia (llamadas en japonés konbini) que abre todos los días del año, las 24 horas del día. Mientras camina, observa edificios de oficinas deshabitados, pues aún no comienza la jornada laboral. “Aquella sensación de que el mundo se moría poco a poco me resultaba reconfortante”, piensa la mujer y, después, imagina dónde podría estar la gente que compra en la tienda.

Keiko Furukura es el personaje principal de la novela La dependienta (2016; publicada en español por Duomo), bestseller escrito por la escritora japonesa Sayaka Murata, traducido a varias lenguas y con ventas de dos millones de ejemplares a nivel mundial. Los elogios de medios como la revista Vogue –“Brillante, inteligente y dulce”– o The New Yorker –“Un romance gótico, en cierta manera, sobre una inadaptada y una tienda. Tranquilo, soñador, incluso, con cierto corazón sintético”– son, en realidad, un disfraz publicitario para una novela que describe, sin muchos artificios sentimentales, una renuncia, el abandono de la historia por parte –en este caso– de las mujeres. 

En Amélie, la famosa película del 2001 dirigida por Jean-Pierre Jeunet con Audrey Tautou como la protagonista, la mujer escapa por medio de su imaginación, ya que su condición de bicho raro le impide relacionarse con otras personas. La ensoñación no obstaculiza la empatía con otros bichos raros en el entorno de postal que el director nos ofrece de París. La personalidad “anormal” de Keiko Furukura es una especie de síndrome que, desde pequeña, desconcierta a sus familiares. En contraste con el cuento de hadas del filme francés, la protagonista carece de cualquier empatía y mira el mundo sin atender los sentimientos de los demás. La narración desapasionada, en ocasiones robótica de Murata, parece una suerte de caso clínico relatado en primera persona.

Después de concluir la educación básica, Keiko cursa la universidad e, incapaz de encontrar algo mejor, termina trabajando por horas en una tienda de conveniencia en Tokio. Nunca nos enteramos qué estudió, pues es irrelevante para la historia. A la autora no le interesa explorar los factores que condujeron a su personaje a la modalidad de trabajo más socorrida en el capitalismo del siglo XXI en Japón, país que ha llevado al límite el capitalismo corporativo después de la Segunda Guerra Mundial: la contratación por horas. La flexibilidad laboral es, por supuesto, una nueva forma para maximizar el rendimiento y, también, como se muestra en toda la novela de Murata, una nueva forma de evasión. Cada vez que Keiko enfrenta una disyuntiva –aislada casi por completo de su entorno familiar y amistades que desean a toda costa que se case y tenga una familia– se presenta en la tienda para trabajar horas extra. Ese lugar es su refugio que necesita ser controlado minuciosamente en una coreografía que nunca termina. 

La dependienta

Las reseñas que se han escrito sobre La dependienta abordan dos aspectos importantes: la crítica a las exigentes normas sociales que tienen que cumplir las mujeres y el culto al trabajo en Japón. Sin embargo, creo que se necesitan enmarcar estos dos aspectos en un contexto más amplio. La narración de Murata no pretende mostrar el papel de la mujer japonesa en el siglo XXI para llevar el conflicto al lector. La novela parece fascinada con la empleada que nos describe en primera persona y en presente el funcionamiento de la tienda: las ofertas, la llegada de los productos, las estrategias para atraer a los clientes, la colocación de los productos y, sobre todo, el konbini como un espacio atemporal en el que sólo se realizan una serie de transacciones homogéneas y casi infinitas. Si en los tiempos actuales la automatización se vende como la amenaza más cercana para el mercado laboral, Keiko parece reafirmar la capacidad del ser humano –alienación– para competir y superar a una máquina. No deja de ser curioso que la autora del libro haya trabajado por temporadas en una tienda de conveniencia.

La dependienta toma un rumbo más extraño, por no decir cruel, cuando un hombre llamado Shiraha entra en el circuito de empleo temporal –en el que Keiko lleva muchos años– de la tienda de conveniencia. Misógino, obsesionado por el sexo e inseguro, llega a un acuerdo con Keiko para que lo deje quedarse en su diminuto departamento. Él se esconderá de su familia, pues le debe dinero; ella lo usará como una suerte de pareja falsa para evitar la presión que obliga a las mujeres a casarse. El contraste entre una adicta al trabajo y un holgazán que busca aprovecharse de los demás no es narrado –como suele suceder en algunas comedias románticas– desde una mirada empática. Los dos personajes continúan su deshumanización. Keiko lo alimenta como si fuera una mascota en un intento por continuar su vida cotidiana con su vida “sentimental” resuelta. Después de una renuncia temporal a la tienda, la mujer sabe que no puede traicionarse y le dice a su compañero: “Antes que humana, soy dependienta. Aunque como humana sea defectuosa, aunque pueda morir si no tengo dinero para comer, no puedo evitarlo: todas las células de mi cuerpo existen para la tienda”. 

Japón experimenta de manera aguda el descenso en la natalidad. El fenómeno, según las mediciones recientes, ya es global. Una lectura de este cambio demográfico involucra la emancipación de la mujer gracias a la educación y a su integración en el mercado laboral. Sin embargo, los expertos proponen una causa multifactorial que incluye, por ejemplo, pérdida de fertilidad por contaminación ambiental y comida industrializada. Hay otra idea importante mostrada en novelas como La dependienta que podríamos calificar como distópicas: la renuncia a participar en una sociedad que se percibe como disfuncional e, incluso, agresiva. Despolitizados y absorbidos por una coreografía laboral que vacía sus mentes, los dependientes de estos años –en una economía global volcada a los bienes y servicios– se concentran en el día a día y perciben su humanidad como una máquina cuyo funcionamiento depende de una tienda de conveniencia, una oficina, detrás de una computadora o cualquier otro trabajo de estos tiempos. 

Sayaka Murata, La dependienta, traducción del japonés de Marina Bornas, décimosegunda edición, Duomo, Barcelona, 2025.

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