27/08/2026
Literatura
México en 1886
El Fondo de Cultura Económica publicó recientemente ‘Seis meses en México’, crónica del viaje de Nellie Bly al país durante el Porfiriato
El Zócalo desde el Palacio Nacional, Ciudad de México. Postal de finales del siglo XIX. DeGolyer Library, Southern Methodist University
Hay una larga historia de viajeros extranjeros en México. Desde la llegada de Cortés en el siglo XVI, se escribieron testimonios sobre la Conquista que lo mismo retrataban hechos de sangre que el descubrimiento de civilizaciones que habitaban un mundo deslumbrante a los ojos europeos. Quizás una de las mejores muestras de esta genealogía de escritores es la antología de José N. Iturriaga de la Fuente Anecdotario de escritores extranjeros en México, obra publicada en cuatro volúmenes por el FCE y que abarca del siglo XVI al XX. Hay en esta reunión un poco de todo: testimonios de intelectuales, diplomáticos, autores de ficción, viajeros improvisados, militares y, por supuesto, aventureros. Como es de suponer, muchos textos reflejan los prejuicios que han tenido los extranjeros sobre el país, en particular el racismo y la idea de que los mexicanos son una “raza” poco evolucionada comparada con la población estadounidense y europea. Sin embargo, en otros textos hay interés genuino por las costumbres y la forma de vida del mexicano.
Nellie Bly –seudónimo de Elizabeth Jane Cochran (1864-1922)– se une a la lista de escritores extranjeros que visitaron México. Poco recordada en la actualidad, Bly fue una estrella del periodismo estadounidense cuyo éxito consistió en trasladar la experiencia personal a sus artículos. Pionera de lo que después se llamaría “periodismo gonzo”, que llevaría a la fama a autores como Hunter S. Thompson, llegó a fingir demencia para ser aceptada en el Blackwell Island Lunatic Asylum, un manicomio en Nueva York en el que pasó diez días como interna para denunciar, a su salida, las condiciones de las mujeres con enfermedades mentales. En 1889 le dio la vuelta al mundo en 72 días, seis horas y once minutos, en una competencia contra la reportera Elizabeth Bisland, quien completó su recorrido unos días después. Bly representó, en aquella época, la transformación del rol de la mujer y luchas cuyos objetivos prosperarían años después, como el derecho al voto.

El Fondo de Cultura Económica publicó recientemente Seis meses en México, crónica que describe el viaje que hizo Bly a nuestro país de finales de enero a mediados de junio de 1886. La experiencia se concentra en la Ciudad de México y algunas excursiones breves al Estado de México, Veracruz –que merece sus comentarios más elogiosos– y Puebla. La autora, hay que decirlo, no realiza un penetrante estudio político, antropológico o sociológico. Su mirada es la de una reportera que intenta captar las costumbres nuevas que aparecen frente a ella y las compara con las de Estados Unidos, su país natal. Hay dos aspectos interesantes que distinguen la crónica de Nellie Bly respecto a otras hechas por autores extranjeros en la época: el interés por la vida de las mujeres en la Ciudad de México y la descripción de la élite que prosperó durante la primera década de la dictadura de Porfirio Díaz. A Bly le sorprende la cruel desigualdad que percibe en las calles de la gran ciudad y, al mismo tiempo, la tensa convivencia entre el pueblo y la clase alta en los toros, el teatro y sitios públicos como parques e iglesias.
Para Bly la Ciudad de México es un sitio en el que conviven el refinamiento y la barbarie que produce la pobreza en la que está sumido el “indio” mexicano. A pesar de su compromiso con las causas populares y los trabajadores en Estados Unidos, el mexicano pobre no deja de ser, para ella, un ser humano exótico víctima de un progreso que no ha sabido o querido integrarlo a la civilización. Sin embargo, también se da cuenta de las innumerables vejaciones y maltratos de la población indígena a manos de terratenientes, comerciantes y políticos. No deja de ser curioso que México fuera una región casi desconocida para una periodista informada como Bly, que concentraba su interés profesional en Estados Unidos y en Europa. Esto la hizo incurrir en varios errores e imprecisiones sobre la historia del país que son aclarados en la edición del FCE por el traductor Juan Manuel Aurrecoechea. A pesar de este desconocimiento, la autora atestigua el incipiente turismo en la ciudad y recomienda –mucho tiempo antes de la industria turística masificada propia del siglo XX– la inversión en casas, terrenos e inmuebles, pues el gobierno mexicano facilitaba los trámites para los extranjeros y remataba grandes propiedades.
Los textos de Nellie Bly son, en su mayor parte, una especie de crónica de la alta sociedad de finales de siglo. Uno de los aspectos que le interesan más son los trajes y vestidos que se usan en los salones de fiestas más afamados de la época. Para ella, los solteros y solteras de la élite porfirista estaban al mismo nivel que los de las grandes ciudades estadounidenses y europeas. La Ciudad de México de 1886 era reflejo de un país cuya identidad aún estaba en formación y bajo la influencia de una élite ilustrada que no sólo trataba de imitar los usos y costumbres de Europa –particularmente Francia– sino de contagiar el auge de la ciencia, el conocimiento del pasado, la naturaleza y la tecnología. Un ejemplo de esto es la visita que hace Bly al “museo” que estaba en el segundo piso del edificio (ella le llama Palacio Postal, pero no es el que se conoce en la actualidad) en la calle de Tacuba y anexo a la Casa de Moneda, un inmueble que, seguramente, ha sido sometido a varias transformaciones como muchos lugares en el Centro Histórico de la ciudad. El Museo –una suerte de antecedente curioso del Museo de Antropología e Historia que está en el área de Chapultepec– ofrecía una variopinta selección de objetos prehispánicos, rarezas zoológicas, armaduras usadas por los conquistadores y hasta la vajilla que usaba Maximiliano, cuya memoria ya era reivindicada en aquella época.
Bly dedica, al final de su libro, algunas páginas para retratar los usos y costumbres del México porfirista. Uno de los aspectos más interesantes es constatar que en 1886, e incluso años antes, la sociedad mexicana –sobre todo en la Ciudad de México– convivía y, de alguna manera, aceptaba la llamada pax porfiriana que era legitimada por la prensa, un buen negocio que funcionaba como ministerio de propaganda del régimen. Bly percibía en aquel año que, en cualquier momento, el grupo en el poder caería por una revolución o por una conjura entre las mismas élites. La periodista también escribe sobre los famosos “rurales”, la llamada “ley fuga” e, incluso, una ley que autorizaba disparar –y matar, por supuesto– a personas sospechosas de cometer algún asalto, sobre todo en las rutas del ferrocarril que podían convertirse, en cualquier momento, en tierra de nadie. El ambiente de aquel México era percibido por los extranjeros como una mezcla de incertidumbre, crueldad, naturaleza desbordante y celebración de la vida en un país que se transformaba velozmente rumbo al final del siglo XIX.