16 de agosto de 2017

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21/05/2026

Literatura

Viaje al Reino de los Sueños

La reedición de ‘La otra parte’ (Siruela), única novela del artista Alfred Kubin, permite leerla como precursora de relatos distópicos

Alejandro Badillo | jueves, 21 de mayo de 2026

Alfred Kubin, ‘Hacia lo desconocido’ (1901)

Muchas veces la imaginación literaria funciona como una suerte de anticipación de los tiempos por venir. El mundo onírico, en particular, permite al escritor especular sobre el futuro. La periodista Charlotte Beradt recopiló en El Tercer Reich de los sueños (1966) las pesadillas de ciudadanos alemanes cuando el nazismo ganaba cada vez más espacios en la sociedad. Los sueños, como puede suponerse, reflejaban el miedo a un control totalitario que trascendía cualquier límite físico o mental.

Décadas antes, en 1909, Alfred Kubin –artista nacido en la región de Bohemia cuando ésta era parte del Imperio Austrohúngaro– publicó La otra parte, una novela que refleja la incertidumbre que llegó con el nuevo siglo, y especuló, por medio de la fantasía, con diferentes crisis que se desarrollarían con el paso de los años. Kubin –que era amigo de Kafka– es conocido por ilustraciones macabras en las que somos testigos de paisajes y criaturas que condensan el espíritu del expresionismo, el simbolismo e, incluso, el surrealismo, mucho antes de que esta vanguardia se popularizara en Europa. Su única novela, escrita en el lapso de unos días, funciona como hilo conductor de sus imágenes y, por así decirlo, como una explicación desesperada de lo que ocurre detrás de sus atmósferas, creadas en tonalidades sepia o blanco y negro.

La otra parte es una suerte de artefacto que anticipó la experimentación formal de las vanguardias. La novela de Kubin es una mezcla de diario de viaje, exploración psicológica, tratado filosófico y pesadilla onírica. El texto, de hecho, es un puente entre la imaginación mórbida del romanticismo europeo del siglo XIX y las distopías totalitarias que escribirían autores como Kafka, Orwell y Zamiatin, entre otros. La historia comienza de forma convencional: el protagonista –suerte de alter ego de Kubin, pues es un ilustrador– recibe la visita de un emisario de Claus Patera, antiguo compañero de colegio. El personaje le cuenta que Patera hizo una gran fortuna en el lejano Oriente, y que ha fundado en esa región el Reino de los Sueños, una especie de utopía que recuerda leyendas medievales como la del Preste Juan, que fantaseaban con un gobernante cristiano reinando en un territorio desconocido para Europa. El ilustrador descubrirá, sin embargo, que el Reino de los Sueños es el reverso del mundo ideal que imaginaba.

Alfred Kubin describe el Reino de los Sueños como un lugar cubierto siempre por nubes, que no difiere mucho de las ciudades europeas de la época. La diferencia importante, al menos en los primeros capítulos de la novela, es la obsesión de Patera por las antigüedades, al grado de trasladar edificios viejos de Europa a su reino. Las casas, los muebles y hasta la ropa que usan los habitantes pertenecen a décadas anteriores. El ilustrador, acompañado por su esposa, nos habla del carácter melancólico de las personas y, en particular, de la extraña condición de Claus Patera: un demiurgo que observa a todos desde su castillo, pero que no ejerce ningún terror explícito para gobernar. Los ciudadanos se refugian en la intrascendencia, la monotonía y en hábitos absurdos que anuncian un desastre futuro.

Alfred Kubin

En uno de los pasajes más interesantes de La otra parte, el ilustrador –por medio de una carta a un amigo– refiere el hechizo que provoca un reloj en una torre. A ciertas horas, el aparato es rodeado por muchas personas que no atinan a explicar la fascinación que ejerce en ellas. En la parte inferior hay una celda en la que entran y dicen, frente a una pared, “¡Aquí estoy, delante de ti!”; luego salen, muy satisfechos. Hay, también, empleados de empresas funerarias que llegan a domicilios equivocados y un mono llamado Giovanni Battista, ayudante de un peluquero filósofo que hace todo su trabajo. Mientras avanzan los días, la mujer del ilustrador cae enferma de una dolencia inexplicable y muere. En estos capítulos Kubin lleva más allá las fantasías decadentes de E.T.A. Hoffmann, Edgar Allan Poe, James Hogg o Gérard de Nerval, pues sus ensoñaciones carecen de toda lógica. No hay, en absoluto, un pacto que se haya roto o una expiación provocada por el pecado. Los habitantes del Reino de los Sueños viven como autómatas, sin preguntarse qué hay más allá de sus fronteras. El sueño, en este caso, es un anestésico que imposibilita trascender lo inmediato; el autor crítica así la sociedad de fines del siglo XIX y principios del XX.

La novela adquiere un tono hiperbólico y desenfrenado cuando aparece Hércules Bell, un estadounidense multimillonario. Sin mayores explicaciones, pronto se convierte en enemigo de Claus Patera. Se podría decir que Alfred Kubin enfrenta al poder económico con el político. Sin embargo, pronto nos damos cuenta de que, a través de los ojos de su alter ego, ha decidido cortar cualquier lazo con la realidad y, por supuesto, cualquier convención con el lector, y se dedica a hilvanar escenas que forman atmósferas delirantes. Los animales comienzan a invadir Perla, la capital del reino, y ocurren linchamientos, plagas, guerras y transformaciones de todo tipo. En uno de los pasajes más memorables, los enemigos se convierten en gigantes –una imagen que recuerda El coloso, obra atribuida a Goya, influencia perceptible en el trabajo visual de Kubin– y pelean en la ciudad destruyendo todo a su alrededor. En estos capítulos la imaginación pictórica se funde con el lenguaje verbal: no hay explicaciones ni diálogos, sólo la perspectiva del narrador, que refleja incansablemente la serie de pesadillas que aparecen frente a sus ojos. Al final, el ilustrador encuentra a Patera, que ha quedado reducido a un homúnculo, y el caos cede a un colapso que recuerda una purga bíblica, dejando apenas rastros en el terreno.

La otra parte exige, casi desde un inicio, una interpretación simbólica para escrutar las intenciones del escritor. El paisaje onírico, profundamente influido por La interpretación de los sueños de Freud, publicado en alemán en 1900, es aprovechado por Kubin para llevarlo a una catarsis que reflejó nuevos miedos y crisis sociales. El espíritu de los tiempos captado por el autor, en el que conviven la locura y la muerte, puede entenderse hoy como profecía de lo que vendría más adelante: la alienación tecnológica, la industria de la guerra e incluso el fascismo y la ideología totalitaria que se extendió por Europa a inicios del siglo XX, que Kubin alcanzó a ver (murió en 1959). Según su biografía, el autor vivió a partir de 1906 y hasta su muerte en un castillo del siglo XII en Zwickledt, en los Alpes austriacos. Es interesante imaginarlo como testigo silencioso, en medio del desastre de las dos guerras mundiales, preguntándose si sus ensoñaciones terribles eran un reflejo adelantado de lo que pasaría años después.

Alfred Kubin, La otra parte, trad. del alemán de Juan José del Solar, Siruela, Madrid, 2026

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