22/01/2026
Pensamiento
Viaje al fundamentalismo religioso estadounidense
La base radical del trumpismo está compuesta, en gran parte, por cristianos extremos de diversos tipos, escribe Alejandro Badillo
Fotografía de Michael Hart en Unsplash
La islamofobia ha cobrado fuerza en gran parte de Occidente, en particular en Estados Unidos. La caricatura que se ha hecho del Islam –una religión compleja, con prácticas muy diversas a lo largo de la historia– ha servido para inyectarle esteroides a la xenofobia que vende la ultraderecha a nivel mundial. En esta caricatura, el fundamentalismo religioso islámico aparece como la principal amenaza de las “sociedades libres”. Se señala la misoginia, el radicalismo, el uso de distintos textos sagrados para reprimir a la gente y apuntalar Estados teocráticos en Medio Oriente. Además, por supuesto, se instrumentalizan los atentados del 11 de septiembre y villanos favoritos de Estados Unidos como Osama bin Laden para indicar que los practicantes del Islam son incompatibles con la democracia, sin importar que el mismo Occidente esté atrás de gran parte del extremismo islámico. Sin embargo, el enemigo –al menos para Estados Unidos– está más cerca de lo que parece.
Jon Krakauer, periodista especializado en temas relacionados con el montañismo y la naturaleza, publicó en 2003 Obedeceré a Dios. Dios, los mormones y el fanatismo religioso, una exploración del fundamentalismo religioso estadounidense a partir de un hecho concreto: el asesinato en 1984 de Brenda Lafferty y su hija de 15 meses, Erica, en Utah. El crimen fue realizado por Dan y Ron Lafferty, hermanos de Allen Laferty, esposo de la mujer. Los asesinos habían sido miembros de la Iglesia Fundamentalista de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, una escisión del mormonismo tradicional fundado por Joseph Smith en la tercera década del siglo XIX en Estados Unidos. Krakauer hace un doble recorrido: el de la familia Lafferty y la progresiva radicalización de varios de sus miembros y la historia del movimiento religioso.
Quizá muchos entiendan la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días como una más de las confesiones cristianas derivadas del protestantismo en Estados Unidos. El mormonismo tiene más de 16 millones de fieles en el mundo, influencia política y poder financiero. La historia de su fundador es extravagante, al igual que la mitología que fundó y que se puede consultar en sus primeros documentos, como el famoso Libro del Mormón. Buscador de tesoros, Smith convenció a sus seguidores de que un ser celestial, un ángel llamado Moroni, le había dado –después de varias pruebas– unas planchas de oro en las que se contaba la historia de América y la práctica de un cristianismo primitivo que había sido olvidado con el tiempo.
Las leyendas y los mitos del Libro del Mormón son, como se puede suponer, una reelaboración a veces muy fantasiosa de la ideología cristiana con añadidos de Smith. Uno de los más singulares es la historia –sin ninguna prueba documental, por supuesto– de dos grupos humanos (nefitas y lamanitas) que llegaron de Jerusalén a América aproximadamente 600 años antes de Cristo. Los nefitas eran disciplinados y de piel blanca; los lamanitas –de piel oscura como debe ser– eran codiciosos, violentos y castigados por Dios con ese color. Al final los lamanitas –ancestros de los indígenas americanos– aniquilaron a sus hermanos bienintencionados.
Como se puede suponer, el tránsito de la Iglesia mormona desde su fundación hasta nuestros días ha significado actualizar, o de plano invisibilizar, algunos mandamientos e ideas de Joseph Smith que son abiertamente racistas, misóginas o inaplicables para nuestros tiempos. Sin embargo, hay un elemento que persiste en el mormonismo y prácticamente en todo el protestantismo (con sus innumerables variaciones) que se practica en Estados Unidos: la idea de que cualquier fiel puede hacer contacto con Dios sin ningún intermediario. Esta idea –según la investigación de Krakauer– ya le había causado problemas a Smith cuando otros mormones afirmaron que Dios había hablado con ellos para pedirles que se independizaran y, así, formar la “iglesia verdadera”.
A pesar de que el profeta modificó las reglas para que él y su grupo cercano fueran los líderes vitalicios, el huevo de la serpiente había sido incubado: con el paso de los años surgieron derivaciones del mormonismo –con sus correspondientes profetas– que se asentaron en Estados Unidos y fuera de sus fronteras. Estos grupos escindidos conservaron como principio irrenunciable una práctica que ha perseguido al mormonismo oficial desde finales del siglo XIX: la poligamia. Negada y combatida sin tregua por el statu quo mormón, la regla sagrada de las esposas múltiples se volvió un signo de legitimidad para los fundamentalistas, pues Joseph Smith y sus primeros sucesores la habían llevado a cabo al estar en sus principios fundacionales, transmitidos directamente por el poder divino. Perseguidos por el gobierno –pues la poligamia ya era ilegal en esa época– los primeros mormones estuvieron a punto de desaparecer ya que, además, habían protagonizado enfrentamientos armados y venganzas sangrientas con los habitantes de los pueblos vecinos.
Dan y Ron Lafferty, muchas décadas después, descubrieron el fundamentalismo mormón. Al igual que otros familiares, renunciaron al mormonismo tradicional y practicaron la poligamia como eje central de su fe religiosa. Cuando Brenda –una mujer mormona, pero “liberal” para sus estándares– se alejó de ellos junto con Allen, no lo pudieron soportar y planearon su asesinato. El proceso, narrado con detalle por Krakauer, está repleto de delirios y rasgos de absoluta psicopatía. Los hermanos Lafferty creían que hablaban con Dios y estaban seguros de que les ordenó la matanza para purgar las almas de aquellos que lo desobedecían.
La familia Lafferty no es, como muestra el autor, un pequeño grupo de alucinados al margen de la ley, sino parte de comunidades de varios cientos o miles desperdigadas en Estados Unidos y países como México. Liderados por profetas cada vez más extravagantes, los fundamentalistas han continuado no sólo con la poligamia sino con acciones más graves como la pedofilia, pues muchas “esposas” son menores de edad. El gobierno estadounidense ha optado, en muchos casos, por dejar en paz a los rebeldes, pues tienen cierto apoyo de los vecinos y son considerados, incluso, como referentes “libertarios”, ya que se oponen, con su modo de vida, a casi cualquier regulación gubernamental. Algunas autoridades temen provocar una inmolación masiva con su actuación, como ha ocurrido en el pasado. Los Davidianos, encabezados por David Koresh, son un ejemplo de ello.
El fundamentalismo mormón descrito por Krakauer es inquietante por varias razones. La ultraderecha trumpista –ahora con rasgos claramente fascistas– ha instrumentalizado el evangelismo estadounidense y casi cualquier extremismo religioso para nutrir su base. Esta transformación no es reciente y obedece a una larga relación entre el republicanismo tradicional y el supremacismo cristiano, como evidencia la historiadora Kristin Kobes Du Mez en su libro Jesús y John Wayne. Cómo los evangélicos blancos corrompieron una fe y fracturaron una nación (2022). Este tipo de ideologías casan bien con el autoritarismo político y la violencia que genera, pues se sustentan en un código jerárquico muy estricto, la dominación del más débil (mujeres, migrantes, minorías raciales, entre otros) y una noción apocalíptica de la historia.
La base radical del trumpismo está compuesta, en gran parte, por cristianos extremos de diversos tipos. Están en medios de comunicación, en redes sociales y en cualquier espacio público difundiendo teorías de la conspiración y discursos de odio. Los hermanos Lafferty recibieron un mensaje de Dios para implementar una purga en su nombre. Lo que vemos en las noticias que vienen de Estados Unidos –agravándose todos los días– es una purga desde el poder político y económico. La historia de todos los fundamentalismos suele terminar mal porque la pureza siempre es insuficiente y el enemigo, tarde o temprano, infectará sus filas, como sucedió con el mormonismo escindido varias veces en sectas cada vez más violentas. Sin embargo, el terrorismo doméstico –antes perseguido por un poder que buscaba la estabilidad social– ahora es abiertamente tolerado por gobiernos que se nutren del caos para llevar a cabo su utopía de control social y ataque a las libertades.