09/01/2026
Pensamiento
La experiencia humana conquistada
‘La era del capitalismo de la vigilancia’, de Shoshana Zuboff, es una herramienta central para entender el régimen que regula nuestras vidas
Rafael Lozano-Hemmer, ‘Zoom Pavilion’ (2015), parte de la exposición ‘Atmospheric Memory’, Powerhouse Museum, Sídney, 2023. Fotografía: Zan Wimberley
En años recientes se nos ha advertido del peligro que corre la democracia por el avance de los gobiernos autoritarios en todo el mundo. La derecha liberal –que gozó de cierta credibilidad internacional a partir del triunfo del libre mercado, después de la desintegración de la URSS– nos dice que los populistas erosionarán nuestras libertades y están en vías de implantar dictaduras; la izquierda nos previene del ascenso del neofascismo legitimado por gobiernos que llegan al poder por la vía electoral. El consenso nos dice que la democracia corre peligro gracias a políticos depredadores, ególatras y corruptos. Donald Trump, en su segundo arribo a la Casa Blanca, es la mejor personificación de esta amenaza.
Los medios señalan, con justa razón, la concentración de poder, el ataque a los derechos humanos, la cacería de migrantes, entre otras medidas que se han recrudecido conforme avanza el período presidencial de Trump. Sin embargo, apenas condenan las desregulaciones que ha promovido para la industria tecnológica y, particularmente, las corporaciones dominantes del ramo como Alphabet (Google), Amazon, Apple, Meta o Microsoft. La expansión de estos emporios es, en gran medida, normalizada en todo el mundo, sólo hay críticas esporádicas en las redes y en la opinión pública cuando algún CEO como Mark Zuckerberg hace una declaración polémica (en enero de año pasado reivindicó la “energía masculina” para el ámbito empresarial) o respaldan una medida del presidente de Estados Unidos.
La investigadora Shoshana Zuboff –socióloga y profesora emérita en la Harvard Business School– publicó en 2019 (la edición en español es de un año después) La era del capitalismo de la vigilancia. La lucha por un futuro humano frente a las nuevas fronteras del poder. El libro describe, paso por paso, las diferentes estrategias que han usado las corporaciones tecnológicas para gestionar, mercantilizar y, por último, manipular lo que Zuboff llama “excedente conductual”. ¿Qué es este excedente? Es la enorme cantidad de datos que genera nuestra actividad no sólo en Internet sino en cualquier red que capture información. Se puede pensar, como afirma la autora en algunos pasajes de su libro, en una sombra que deja nuestra presencia en las numerosas interacciones mediadas por un ecosistema tecnológico y, por supuesto, cada vez más omnipresente. Esto forma parte de un concepto más amplio, una arquitectura generalmente oculta, que la autora ha denominado “capitalismo de vigilancia”.
A menudo se asume que el uso de la tecnología actual es neutral, es decir, una herramienta para que nosotros cumplamos objetivos tanto laborales como de entretenimiento o comunicación. También se asume que el costo de usar el correo electrónico –ahora casi monopolizado por Google– o alguna red social como X, Instagram, TikTok o Facebook es la avalancha de publicidad cada vez más personalizada que aparece en forma de videos y anuncios de todo tipo mientras navegamos. La intromisión publicitaria y la disminución de la calidad del producto llegan a tales niveles que el periodista y crítico Cory Doctorow inventó el término enshittification (traducido como “mierdificación”) para describir la cada vez más pobre experiencia que vive cualquier usuario de tecnología una vez que ésta se adueñó del mercado y se convierte en la única opción de comunicación, trabajo o entretenimiento. “Cuando no pagas por el servicio, el producto eres tú”, se comenta asumiendo, con resignación, que nos hemos transformado en receptores de una publicidad cada vez más omnipresente en nuestras pantallas. Incluso muchos piensan que es un intercambio justo por disfrutar de unas plataformas cuyo desarrollo ha costado mucho dinero e ingenio.
A lo largo de La era del capitalismo de la vigilancia, Shoshana Zuboff muestra las diferentes etapas mediante las cuales la tecnología ha medido y manipulado la experiencia humana. Captura del excedente, la búsqueda, la extracción, la rendición-conversión, la ratificación, el análisis, la predicción y la intervención. La historia que nos ha traído aquí empieza, por supuesto, con la creación de Internet y su transformación en un ecosistema privado y orientado a las ganancias. El primer experimento estalló con la llamada “burbuja de las puntocom” y, a partir de ahí, la red se convirtió en una plataforma para publicidad, rastreo de usuarios y, por último, modificación conductual.
Zuboff incluso va un poco más allá y analiza la tecnología actual desde los experimentos de B.F. Skinner, psicólogo conductual que en 1971 publicó el libro Más allá de la libertad y la dignidad, un alegato a favor del control social a partir de estímulos, castigos y refuerzos. El texto era una suerte de continuación “científica” de la novela Walden 2, publicada en 1948. La utopía de Skinner, que escandalizó a muchos lectores y críticos de aquellos años, era una sociedad sin libre albedrío, condicionada para funcionar más allá de la política, la libre elección y la posibilidad de moldear su propio futuro. Los “ingenieros” detrás de este experimento decidirían qué era lo bueno para la gente a la que manejarían como cobayas humanas, títeres manejados por los expertos. El único impedimento –además de convencer a la opinión pública y a los políticos– era la tecnología, pues ésta aún no tenía la capacidad de medir, estimular y vigilar cada espacio de la vida cotidiana. La omnipresencia de los sensores y el intercambio masivo de información en el siglo XXI está haciendo realidad la utopía del psicólogo estadounidense.
Shoshana Zuboff menciona un punto importante: en el capitalismo de vigilancia, la conquista de nuestras vidas ocurre a partir del shock. La avalancha tecnológica que nos invadió con el cambio de siglo –potenciada por los cambios legales para someter la privacidad de los ciudadanos después del atentado contra las Torres Gemelas en 2001– dejó a la sociedad expuesta a una amenaza para la cual no se tenían una conceptualización o una problematización adecuadas. Las regulaciones –tímidas e insuficientes en su mayor parte– se enfrentaron a corporaciones muy poderosas que ejercieron su influencia legal y política para no interrumpir la recopilación de datos y experimentar con los usuarios de la tecnología digital. El cambio es tan profundo que, como indica la autora, ya no podemos hablar de un capitalismo “tradicional” que domina y extrae recursos de la naturaleza para mercantilizarlos. Lo que se ha construido es una nueva fuente de recursos: la conducta humana que se vende a los nuevos clientes, las corporaciones –muchas veces aliadas con los gobiernos– que capturan los rastros cada vez más copiosos que dejamos para predecir no sólo lo que compraremos, sino cómo reaccionaremos a diferentes estímulos.
La ambición es tal –aceptada por los mismos oligarcas tecnológicos– que se intenta reconfigurar la sociedad a partir de los estímulos, recompensas y castigos que aparecen en las pantallas que están con nosotros todo el tiempo. Si el totalitarismo del siglo XX modificaba al ser humano a través del miedo, el “poder instrumentario” –término acuñado por Zuboff– crea una suerte de laberinto del cual no podemos salir, cuya coerción apenas se percibe o se disfraza de tecnoutopismo. En este laberinto sin paredes se moldea nuestra conducta, se extermina la libertad y, sobre todo, se integra a la persona en una colmena en la que todo el tiempo estamos actuando para el “otro”, es decir, ejecutamos un acto performativo para el público omnisciente de las redes sociales y de la red en general. Este fenómeno, profundamente agresivo, lleva a los adolescentes –víctimas principales de la adicción a las pantallas– a crear una identidad regulada por la volatilidad de los algoritmos.
Con el cambio de siglo, la visión no sólo de Internet sino del ámbito digital como una etapa positiva para el desarrollo humano se transformó en una suerte de resignación ante la conquista de espacios ajenos a la mercantilización. Si la colonización de los siglos anteriores consistió en dominar espacios físicos, ahora el campo de batalla es la psique, la voluntad y el futuro que puede imaginar el ser humano. Shoshana Zuboff plantea dos posibilidades en este escenario: una es la lucha legal y política contra el capitalismo de vigilancia; la otra es, a mi parecer, la más realista: resistir a partir del conocimiento de cómo funciona esta segunda realidad que se apropia de nuestra experiencia en el mundo y, a partir de ahí, buscar refugio para evitar ser medidos, vigilados, castigados, manipulados y “arreados”, un término que usa Zuboff para crear la imagen de un rebaño que es conducido por espacios reducidos que extraen cualquier esbozo de excedente conductual: un gesto, una compra, el envío de una fotografía, una conversación, la ruta que hacemos hacia el trabajo.
Quizá, también, sirva recordar tiempos que no fueron idílicos, pero que aún estaban lejos del dominio tecnológico de hoy. Naomi Klein lo describe en un pasaje de su libro más reciente, Doppelgänger. Un viaje al mundo del espejo:
Siempre que oigo a jóvenes universitarios hablar de sus dificultades para lidiar con los rastros de datos que inevitablemente dejan tras de sí siento una enorme nostalgia de mis años de adolescencia y juventud, cuando no había celulares. Al echar la vista atrás me doy cuenta de que mis amigos y yo nos movíamos por el mundo como fantasmas: nuestros problemas, vidas sexuales, quejas, gustos musicales, aventuras y formas de vestir no dejaban casi ningún rastro. No entrenaban ningún algoritmo, no se almacenaban en ninguna nube y no dejaban ningún historial en ninguna caché, salvo por la caché ocasional de algunas fotos dobladas, diarios y cartas con borrones de agua, o mensajes escritos en la pared de un baño que desaparecerían con el tiempo. Era impensable que cualquiera que no fuésemos nosotros (y quizás nuestros entrometidos padres y madres) pudiese tener el más mínimo interés en las trivialidades de nuestra joven vida. Al mundo no le importábamos, y no sabíamos la suerte que teníamos.