16 de agosto de 2017

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06/04/2026

Artes visuales

El ‘Jardín inconcluso’ de Rafael Lozano-Hemmer

Conversamos con el artista mexicano-canadiense sobre los conceptos de su muestra en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México

Gabriela Gorab | lunes, 6 de abril de 2026

Rafael Lozano-Hemmer, ‘Jardín de corazonadas’ (2026)

En el Jardín Escultórico y el interior del Museo de Arte Moderno (MAM), al caer la noche, nueve instalaciones interactivas aguardan la llegada del público para alcanzar su plenitud. Jardín inconcluso, la exposición que marca el regreso de Rafael Lozano-Hemmer a México tras una década, transforma el espacio mediante luz, sonido y tecnología sensible al calor, la voz, el pulso y el movimiento. Conversamos con el artista mexicano-canadiense sobre la coautoría, la incertidumbre, el cuerpo político y el poder de lo inacabado.

Jardín incierto

Rafael Lozano-Hemmer. Cortesía del artista

¿Cómo describes la noción de coautoría entre la obra y el público en Jardín inconcluso? ¿Qué implica que las piezas, literalmente, no existan sin la participación del visitante?

Mi intención es que las obras permanezcan incompletas y, en cierta medida, fuera de control. Lo inacabado –dejar un espacio abierto para que el público sea parte integral– es una postura estética tanto como política. La obra no se completa sin esa participación: observa, escucha y responde al público, esperando que éste genere algo con ella. Como decía Marcel Duchamp, “la mirada hace el cuadro”. Me interesa propiciar formas de experimentación más democráticas, donde la obra funcione como una plataforma de autorrepresentación.

¿Qué decisiones de diseño tomaste para que la participación no sólo active las piezas, sino que modifique sustancialmente su significado y su forma?

“Mi intención es que las obras permanezcan incompletas y, en cierta medida, fuera de control. Lo inacabado –dejar un espacio abierto para que el público sea parte integral– es una postura estética tanto como política”: Rafael Lozano-Hemmer

Busco interfaces intuitivas; las instrucciones suelen ser un obstáculo. En piezas como Calzada de voces la interfaz es un intercomunicador común: presionas y hablas. La interacción debe ser personal y conectiva, no simplemente colectiva. Es crucial que cada persona perciba que su acción tiene consecuencias. En Jardín de corazonadas, por ejemplo, ves luces centelleantes, pero al participar entiendes que eres tú quien las activa. La obra utiliza fotopletismografía, una técnica que detecta el pulso a partir de la luz reflejada en la piel. Es, en esencia, usar la luz para medir un ritmo y luego devolverlo como luz. Busco privilegiar la intuición y la intimidad, no la intimidación.

En la práctica, ¿cómo gestionas la incertidumbre del comportamiento de los visitantes? ¿Has tenido que intervenir en tiempo real?

Constantemente. Hay un proceso de “sintonización” en sitio, donde ajustamos el comportamiento de las piezas en función del público. Aunque desarrollamos los proyectos con antelación en el estudio en Montreal, sólo en la interacción real decidimos cómo deben operar. Por ejemplo, en Re:Posición del miedo (1997) imaginé que las sombras gigantes serían inquietantes, pero el público las encontró lúdicas y empoderantes. Eso influyó en obras posteriores como Body Movies (2001). En Jardín inconcluso ajustamos señalización, volúmenes y flujos según la retroalimentación y comentarios que recibimos. Hay una dimensión de improvisación que se mantiene hasta el último momento.

Jardín inconcluso

Rafael Lozano-Hemmer, Collider Beacon (2026), Museo de Arte Moderno, Ciudad de México, 2026. Cortesía del MAM

Muchas instalaciones responden a parámetros fisiológicos como calor, voz y pulso. ¿Consideras al cuerpo del visitante como una herramienta, un sensor o un sujeto político?

Nunca como una herramienta, porque implicaría una lógica instrumental. Prefiero pensar el cuerpo como un agente o un conjunto de parámetros. El cuerpo del visitante –su localización y su desplazamiento– siempre ha sido considerado en el arte, por ejemplo la perspectiva de Brunelleschi, las deformaciones anamórficas del manierismo o los murales de Siqueiros con varios puntos de fuga proyectados. Pero aquí usamos sensores para hacer visibles fenómenos normalmente invisibles: la huella térmica, la voz transformada en luz. El cuerpo no termina en la piel; se extiende en el calor, las emanaciones de feromonas, la vibración de nuestra voz. Me interesa evidenciar esa continuidad con el entorno.

¿Existe en tu trabajo un interés por hacer visibles procesos científicos o naturales?

“Mi formación en química influye en el interés por establecer un contacto íntimo con la ciencia. Las obras exploran la incertidumbre, al igual que el método científico. Hay una conexión con cierta sensibilidad romántica: nuestra fragilidad frente a fuerzas que nos exceden”: Rafael Lozano-Hemmer

Sin duda. Mi formación en química influye en el interés por establecer un contacto íntimo con la ciencia. Las obras exploran la incertidumbre, al igual que el método científico. Por ejemplo, al trabajar con rayos cósmicos no sólo muestro un fenómeno físico, sino también su dimensión existencial: esa radiación, aunque dañina, ha sido clave en la evolución ya que es responsable de las mutaciones genéticas que la permiten. Hay una conexión con cierta sensibilidad romántica: nuestra fragilidad frente a fuerzas que nos exceden.

Varias piezas integran archivos de la Fonoteca Nacional y poemas en lenguas indígenas. ¿Cómo dialoga la memoria colectiva con las herramientas digitales?

Es un diálogo que debe cuidarse para evitar el extractivismo cultural. En Caudales resurgentes colaboré con diez poetas en lenguas originarias bajo esquemas de consentimiento, compensación y crédito. Abrimos espacios en el museo para visibilizar una diversidad que para muchos resulta lejana. Es una interrupción: emergen poemas en plena reconstrucción digital de Chapultepec. Estas memorias nos recuerdan que no venimos de la nada, sino de un pasado vivo.

Jardín inconcluso

Rafael Lozano-Hemmer, Field Atmosphonia (2020), Museo de Arte Moderno, Ciudad de México, 2026. Cortesía del MAM

Has mencionado que el arte es una excusa para crear comunidad. ¿Cómo se materializa esto en una experiencia interactiva simultánea?

Según Frederic Rzewski el objetivo más importante del arte es crear posibilidades para juntarse con otros. Intento ofrecer alternativas a las burbujas digitales. Interrumpir el espacio público invita a mirar el entorno y conectar con realidades dispares. No busco lo “colectivo” –que suele implicar patrones homogéneos–, sino lo “conectivo”: propiciar acercamientos sin invalidar las diferencias. Es una forma de micropolítica efímera.

¿Qué papel juega el silencio o la ausencia de acción en este jardín?

El silencio es fundamental como referencia, aunque en realidad no existe del todo. Siempre hay vibración, incluso en nuestro propio sistema perceptivo. Me interesa evitar la participación forzada. La no-interacción también genera efectos. En Calzada de voces, por ejemplo, si no hay participantes se activan archivos de la Fonoteca. En Jardín de corazonadas los latidos de visitantes anteriores permanecen en el espacio.

“No busco lo ‘colectivo’ –que suele implicar patrones homogéneos–, sino lo ‘conectivo’: propiciar acercamientos sin invalidar las diferencias. Es una forma de micropolítica efímera”: Rafael Lozano-Hemmer

En ese sentido, mencionas que el vacío no existe. ¿Cómo dialoga esa idea, proveniente de la física cuántica, con tu trabajo artístico?

Incluso en un espacio donde aparentemente no hay nada –sin materia, sin aire– ocurren eventos que generan partículas y antipartículas que aparecen y desaparecen en lapsos extremadamente breves bajo el umbral de incertidumbre de Heisenberg. Es decir, lo que entendemos como “vacío” en realidad está lleno de actividad, aunque no sea perceptible para nosotros. Se puede medir incluso la energía presente en ese supuesto vacío, lo que demuestra que nunca es un estado de ausencia total.

Jardín inconcluso

Rafael Lozano-Hemmer, Thermal Drift (2022), Museo de Arte Moderno, Ciudad de México, 2026. Cortesía del MAM

Esta noción también dialoga con otras disciplinas. En la lingüística, por ejemplo, se ha planteado que no es posible pensar fuera del lenguaje, porque cualquier forma de pensamiento que intentemos comprender ya está mediada por él. De forma similar, en la percepción no accedemos a la realidad en sí misma, sino a fragmentos o interpretaciones de ella. En ese sentido, tanto en la ciencia como en el arte, la idea de “vacío” o “ausencia” es cuestionable. Siempre hay procesos invisibles en juego, siempre hay algo ocurriendo, aunque no podamos verlo directamente.

¿Cómo equilibras la espectacularidad de la escala con la intimidad de la experiencia?

Depende de cada obra. A veces uso la escala como un señuelo, pero me interesa contrarrestarla con experiencias íntimas. Busco que el público se sienta implicado, no abrumado. Lo irrepetible –el hecho de que cada interacción sea distinta– devuelve cierta aura a la obra

¿Qué esperas que el público rescate de su paso por Jardín inconcluso?

Aspiraciones expansivas e inciertas, sin un objetivo fijo. Me interesa que vean la tecnología no como algo nuevo sino como parte de una tradición experimental que en México incluye a los estridentistas, a Arturo Rosenblueth o a Manuel Felguérez. Que vean su faceta siniestra –la vigilancia y el control– pero también su potencial poético. Seducción y violencia conviven aquí. Espero que al participar encuentren un eco o una conexión con algo inesperado y memorable.

Jardín inconcluso

Rafael Lozano-Hemmer, Pulse Garden (2026), Museo de Arte Moderno, Ciudad de México, 2026. Cortesía del MAM

Rafael Lozano-Hemmer: Jardín inconcluso puede visitarse hasta el 25 de abril en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México. Los boletos pueden adquirise en taquilla o en este enlace.

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