27/08/2026
Arquitectura
Modernidad y ‘ghosteo’
A.W. Strouse propone “una guía de iglesias de vanguardia para corazones rotos” luego de un recorrido por arquitectura religiosa de la CDMX
Interior de la Parroquia de Santa María de los Apóstoles (Ciudad de México, 1967-1968), de Alberto González Pozo. Fotografía: A.W. Strouse
Me enamoré de un famoso historiador del arte, guapo y experto en arquitectura mexicana, que prometió llevarme a conocer iglesias diseñadas por los grandes arquitectos modernos: Luis Barragán, Félix Candela, Alberto González Pozo y Mario Pani. Pero me dejó en visto. Con el corazón roto, decidí peregrinar por mi cuenta a estas iglesias para ser testigo de cómo la fe se adaptó a la modernidad y, de paso, exorcizar el fantasma que nos acecha a tantos, ese extraño espectro conocido como ghosting.
Antes de ponerme en camino, leí un ensayo de Lucía Santa Ana, profesora de arquitectura en la UNAM. Supe así que Enrique de la Mora diseñó la primera iglesia moderna de México en Monterrey, en 1940: la Iglesia de la Purísima. Controvertida para la época, en palabras de Santa Ana “la obra marca el inicio de una búsqueda de los arquitectos mexicanos hacia una nueva estética que les permitiera representar la religiosidad de la época”.
De los años cuarenta a los ochenta del siglo XX, la arquitectura moderna se valió de concreto, vidrio y métodos innovadores de ingeniería y construcción para expresar los cambios en el catolicismo, que quedarían oficialmente consagrados en las reformas del Concilio Vaticano II (de 1962 a 1965). Se trataba de reflejar la teología de la época, que abogaba por reducir la distancia entre el sacerdote y los fieles, así que el altar se colocó mucho más cerca de la congregación. El minimalismo, característico de la arquitectura moderna, encajaba con el deseo de una Iglesia en proceso de cambio para prescindir de ornamentos elaborados y rituales extravagantes.

Enrique de la Mora, Iglesia de la Purísima (Monterrey, 1941-1943). Cortesía del Consejo para la Cultura y las Artes de Nuevo León (Conarte)
Mientras en muchos países las iglesias modernas se proyectaron como cajas enormes y planas, en México el trabajo de De la Mora inspiró diseños curvos, casi fantasmales. En la Ciudad de México muchas de estas iglesias se encuentran ocultas en jardines pintorescos o escondidas detrás de muros (y para entrar a algunas se requiere cita previa). Sus ubicaciones secretas, sus proporciones extrañas y sus formas parabólicas las convierten en una suerte de aparición extraterrestre. Los historiadores Peter Krieger e Iván San Martín escriben, en Sacralización, culto y religiosidad en la arquitectura latinoamericana, 1960-2010, que estas iglesias intentan “visualizar lo invisible”. Esta idea me ronda al estar frente a ellas, y pienso que ojalá el mantra sirviera también para conjurar un mensaje del chico cuya repentina desaparición me atormenta como un poltergeist.
En la Ciudad de México muchas de estas iglesias se encuentran ocultas en jardines pintorescos o escondidas tras muros. Sus ubicaciones secretas, sus proporciones extrañas y sus formas parabólicas las convierten en una suerte de aparición extraterrestre.
En el barrio de El Rosedal me santiguo frente a la Capilla de Guadalupe, diseñada por González Pozo en 1961. El exterior parece un sudario. El tejado triangular está formado por dos losas amenazantes de concreto blanco como hueso. Dentro de la capilla, lloro. Pienso en la extraña manera en que, cuando el historiador del arte me besó, su cabello largo me recordó a mi madre. Me parece que la arquitectura de González Pozo también es como el vínculo de éxtasis divino entre madre e hijo. Dos muros de concreto, dispuestos en torno al altar, evocan el icónico manto de la Virgen de Guadalupe. En la parte superior, un tragaluz recorre la unión de las partes del techo. Esta abertura canaliza un rayo de sol a través del manto de concreto e ilumina el espacio vacío situado justo encima del altar. Este juego formal se inspira en la representación tradicional de la unión de la Virgen con Dios, concebida como un rayo de luz que incide sobre el vientre de María.

Interior de la Capilla de Guadalupe (Ciudad de México, 1961-1983), de Alberto González Pozo. Fotografía: A.W. Strouse
Alberto González Pozo diseñó la Capilla de Guadalupe de modo que la luz solar inunde el espacio envuelto por el manto de concreto, convirtiendo así todo el edificio en un testimonio monumental de la Anunciación. Me fascina el modo en que utilizó un elemento industrial rudimentario para crear esta experiencia. El edificio entero, hecho de concreto inerte, parece dar vida a medida que la Virgen se une al Espíritu Santo. Mientras me seco las lágrimas, encuentro consuelo en cómo la arquitectura materializa un principio fundamental de la fe: hasta la materia más tosca puede transformarse en un vehículo de redención. Quizás incluso el hecho de que alguien desaparezca de tu vida sin explicación –ser víctima del ghosting– pueda albergar cierto potencial redentor.
Visito algunas otras iglesias de González Pozo, y la que más me cautiva es la de San Antonio de Padua en Xotepingo, construida entre 1962 y 1966. La nave central, formada por una serie de trapecios, genera un potente efecto visual que dirige mi atención hacia los ventanales resplandecientes situados tras el altar; el magnetismo es tal que el alma parece abandonar el cuerpo. Esto es precisamente lo que necesito, pienso, para salir de mi tristeza y curarme.

Interior de la Iglesia de San Antonio de Padua (Ciudad de México, 1962-1966), de Alberto González Pozo. Fotografía: A.W. Strouse
Me voy a Tlalpan: he agendado una visita al Convento de las Capuchinas. Los sábados, las monjas ofrecen una visita guiada por su capilla, diseñada en 1961 por Barragán. Ya había visto esta construcción en el documental de 2018 The Proposal, de la artista Jill Magid. En la cinta, Magid convence a la familia de Barragán de exhumar sus cenizas, que luego la artista convierte en un diamante mientras dice: “Estoy pensando en invocar al fantasma de Barragán”. Una monja me guía hasta el vestíbulo. Oscuro y angosto, se siente como una tumba. La monja abre la puerta y de repente el mundo se ilumina con el reflejo del sol en tonos melocotón, durazno y oro. El efecto de pasar del vestíbulo a la capilla es como pasar de la tumba al cielo.
Una monja me guía hasta el vestíbulo. Oscuro y angosto, se siente como una tumba. La monja abre la puerta y de repente el mundo se ilumina con el reflejo del sol en tonos melocotón, durazno y oro. El efecto de pasar del vestíbulo a la capilla es como pasar de la tumba al cielo.
Dentro de la capilla, la sombra de una cruz se proyecta sobre la pared junto al altar. Desde los bancos, no puedo verla: Barragán la ha desplazado hacia un lado. Cada una de las decisiones formales que resultan en esta cruz –una estructura de concreto rojo sangre– expresa la noción católica de que lo material y lo espiritual existen consustancialmente. A la derecha del altar hay una enorme celosía de concreto blanco al estilo del op art. Tradicionalmente las monjas de clausura sólo podían seguir la misa atrás de esta celosía. Al pasar al otro lado y mirar a través de ella, puedo ver la cruz de concreto de frente. La celosía crea una ilusión óptica que hace que parezca disolverse en una sombra. La obra de Barragán materializa una intuición espiritual que a menudo repetimos superficialmente: que el sufrimiento de este mundo pasará y que, desde una perspectiva espiritual, se percibirá como una gran bendición.
Ya casi me he olvidado del historiador del arte, así que visito cinco iglesias de Félix Candela. Al igual que Barragán, diseñó espacios que propician el encuentro con la dualidad entre lo material y lo espiritual. Candela empleaba parábolas de concreto en la mayoría de sus edificios civiles, y las repitió en sus iglesias. Desde una perspectiva arquitectónica, la parábola supone una reinterpretación del arco apuntado gótico que para mí expresa una relación moderna entre la ciencia y el misticismo.

Félix Candela, Capilla de la Medalla Milagrosa (Ciudad de México, 1966). Fotografía: A.W. Strouse
Isaac Newton inventó métodos modernos para calcular parábolas. Newton, recordado como científico, también intentó profetizar el Apocalipsis. Su matemática se basa en una paradoja casi religiosa, a la que el obispo anglicano George Berkeley definió como “fantasmas de cantidades difuntas”. Hasta Karl Marx criticó el cálculo apocalíptico de Newton como una superstición. Veo el uso de la parábola en Candela como lo que el Concilio Vaticano II llamó un “signo de los tiempos”–una encarnación arquitectónica de cómo la modernidad se ve seducida por creencias sobrenaturales.
Veo el uso de la parábola en Candela como lo que el Concilio Vaticano II llamó un “signo de los tiempos”–una encarnación arquitectónica de cómo la modernidad se ve seducida por creencias sobrenaturales.
Mientras camino por un parque frondoso hacia una iglesia de Candela en Satélite, vuelvo a sentir tristeza. Las parábolas evocan a aquel historiador del arte, ya fallecido, cuyas iniciales como parábolas son U y V. Pero el sentido del humor de Candela me eleva el ánimo. La Parroquia del Señor del Campo Florido, terminada en 1966, parece una flor psicodélica. Históricamente, las iglesias católicas transmiten seriedad; a mí el estilo gótico, con su juego de luces y sombras, siempre me inspira temor. Por su parte, el barroco –tan predominante en el Centro Histórico de la Ciudad de México– manifiesta el poder intimidante de Dios. Sin embargo, como señala Candela con estilo muy kitsch, al Señor le gustaba recoger flores, pasar el rato con sus amigos y contar chistes.
Ya en Coyoacán, sonrío ante la Capilla de la Medalla Milagrosa (terminada en 1960 y que no debe confundirse con la Iglesia de la Virgen de la Medalla Milagrosa, también de Candela). La capilla imita la cornette (un tipo de toca plegada hacia arriba) que hasta entrados los sesenta llevaron las monjas conocidas como Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Las Hijas de la Caridad, consagradas al servicio público, gestionan organizaciones benéficas, refugios para mujeres y hospitales.

Interior del Templo de San Antonio de los Huertas (Ciudad de México, 1956), de Félix Candela. Fotografía: A.W. Strouse
Al comparar la capilla de Barragán con la capilla de Candela, percibo que ambos arquitectos se esforzaron por expresar en la arquitectura las vocaciones sutilmente distintas de dos comunidades religiosas diferentes, las Capuchinas y las Hijas. La capilla de Barragán es más esotérica y fue construida para monjas de clausura que viven su vocación orando en retiro. La capilla de Candela es más popular, y fácil de entender, por su imitación literal de la cornette. Sus amplios ventanales se abren al mundo y expresan cómo las Hijas viven su vocación mediante la realización de obras sociales.
La Iglesia de Santa Cruz del Pedregal, diseñada por Antonio Attolini Lack y terminada en 1967, me sobrecoge por completo. La considero la más hermosa de todas por su elegancia. De una sobriedad exquisita, su amarillo radiante me fascina.
A continuación, paso por la Parroquia de Cristo Rey y Santa Mónica, obra de Mario Pani, y pienso que transmite la misma sensación de alienación que sus torres habitacionales. Para completar mi recorrido, voy a una colonia que me parece casi un claustro: Jardines del Pedregal, una zona residencial muy aislada del resto de la ciudad.
La Iglesia de Santa Cruz del Pedregal, diseñada por Antonio Attolini Lack y terminada en 1967, me sobrecoge por completo. La considero la más hermosa de todas por su elegancia. De una sobriedad exquisita, su amarillo radiante me fascina, y no puedo apartar la vista del disco dorado situado sobre el altar –que evoca tanto al sol como a la eucaristía–, que me atrapa hipnóticamente. Al salir y santiguarme, me siento transformado. Todas estas milagrosas iglesias modernas me han devuelto a mi verdadero ser: una criatura racional, cuyo destino espiritual se realiza a través de la oración, las buenas obras y el estudio del gran arte, y no porque un tipo me responda o no el mensaje.

Interior de la Iglesia de Santa Cruz del Pedregal (Ciudad de México, 1966-1967), de Antonio Attolini Lack. Fotografía: A.W. Strouse