16 de agosto de 2017

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28/04/2026

Literatura

Micelio y resistencia en ‘Jardín nocturno’

Carlos Priego reseña la antología publicada conjuntamente por 16 editoriales independientes, para pensar lo ambiental desde la literatura

Carlos Priego | martes, 28 de abril de 2026

La literatura contemporánea suele padecer miopía antropocéntrica; nos acostumbramos a leer el mundo como escenario pasivo de nuestras angustias. La antología Jardín nocturno, editada por un colectivo de sellos mexicanos para conmemorar el Día del Libro, dinamita esa jerarquía. No es una colección de textos sobre el paisaje sino un organismo vivo, un micelio editorial que utiliza el jardín como un espejo deformante en el que la civilización, finalmente, se reconoce como un accidente transitorio.

Durante las primeras sesenta páginas, antes de alcanzar su plenitud, el volumen se despliega de manera orgánica bajo la premisa de la naturaleza como espejo y memoria. Más que una estructura rígidamente planificada, la antología es el resultado de una feliz sincronicidad: Mauricio Sánchez y Jacobo Zanella de Gris Tormenta, junto a otras quince editoriales participantes, supieron articular propuestas dispersas bajo una sensibilidad común. Al permitir que el libro encontrara su propia forma, el ejercicio trasciende la simple recopilación y alcanza tres objetivos fundamentales: la construcción de una “atmósfera coherente”, la validación de la “hibridez genérica” y la cartografía de una “tradición de la mirada”.

Esta orgánica coedición se consolida como un manifiesto de la bibliodiversidad donde los participantes replantean la antología tradicional como una “edición enjambre”. A través de un ejercicio de sampleo y rescate, los editores participantes descontextualizan fragmentos de sus catálogos para hacerlos operar bajo una sola voluntad estética. Al extraer estos materiales de sus libros originales, el resultado es una curaduría disruptiva que integra desde tratados de ingeniería civil hasta sátiras de la cultura pop, probando que la colaboración es más potente que la competencia. Este enfoque infunde la visión contemplativa de la naturaleza con la crudeza de una memoria de los escombros y un espíritu de resistencia biopolítica. Una persona fantasiosa podría llamar a este resultado un edificio en movimiento.

En esta nueva configuración –donde los textos originales permanecen mayormente inalterados– las unidades (fragmentos de novela, cuento o ensayo) dejan de ser piezas aisladas. En “Cuando vino la plaga” Fernando Jiménez es un traductor de monstruos que entrega ciudades a cambio de un mensaje en una botella; en “Glosas del plano” Matute Remus ejecuta el desplazamiento de mil 700 toneladas de concreto en medio de un enjambre de telefonistas que reparten sonrisas desde las ventanas. Todos se despiden, todos parten, todos olvidan el motivo por el cual querían alcanzar la superficie.

La veteranía aparece de forma traviesa por todo el volumen: la maestría y la vanguardia dialogan aquí sin condescendencia. Pascal Quignard (Canta Mares) se instala inesperadamente en la sección de contemplación porque, a pesar de su solera de autor consagrado, su texto no llega para imponer una cátedra académica sino para defender lo animal y el silencio. Dondequiera que los lectores busquen un refugio bucólico, se les advierte que la nostalgia de Knut Hamsun (Aquelarre Ediciones) podría ser “sisada” por una crudeza existencial que entrelaza la belleza del entorno con la inevitable búsqueda de alivio en el fin de la vida. Las categorías se desdibujan deliciosamente: voces de la ecología profunda como Vandana Shiva se mezclan con veteranos de la alta literatura, y la emoción del catálogo combinado rebota por las páginas como el eco de un gruñido submarino que hace temblar la carrocería de lo establecido.

Este mecanismo opera bajo la premisa de que el jardín nocturno no es un espacio decorativo, sino una zona de operaciones mitológicas donde las leyes del día dejan de funcionar. Es el escenario de la transmutación: desde la Xilitla de Michael Sledge hasta el gran río Amur de Leta Semadeni, donde la noche en el claro del bosque se vuelve conexión con el cosmos. En la mirada de Melanie Pérez Ortiz, el jardín se desplaza al Estuario de San Juan para convertirse en el refugio político y carnal de los “migrantes” –esos cocodrilos que recuperan su territorio en la oscuridad de los mangles. Gran parte de esta mecánica surge de una oscilación ágil de la columna vertebral, una sensualidad técnica que suaviza la rigidez académica; aquí no hay sincronía mecánica sino una explosión individual donde cada autor es un solista que gira sobre su propio eje sin necesidad de unísono. La antología funciona, así, como una cámara de descompresión que permite la disolución del “yo” y el regreso a la Prakriti. Es el punto de fuga definitivo: el lugar hacia donde todos caminan cuando se cansan de ser humanos o, como diría la nota amarilla del abuelo, simplemente “la casa” a la que siempre vamos.

Físicamente, la lectura del tomo es un ejercicio de “humedad creciente”. El lector transita de la inmovilidad neoténica del ajolote al sudor de la selva huasteca. Predomina el ensayo, pero uno de naturaleza atlética y sensorial que obliga a bajar el ritmo para notar el “tiempo profundo” del planeta. El lenguaje aquí no es lineal: es reptante en Amaury Colmenares, técnico en Xitlalitl Rodríguez Mendoza y fisión pura en los textos científicos. El corazón del libro palpita en la “hora sin sombras”. Ahí los leitmotivs de la antología germinan: el “desmadre funcional” deja de ser una broma local para volverse una cosmogonía, y la urgencia de “comportarnos como si fuéramos inmortales” se transforma en un acto de resistencia política ante el colapso climático.

Jardín Nocturno no busca la complacencia ni el consuelo verde. Deja un nudo en la garganta –el de la pérdida irreparable del dramatis animalia– pero también una sonrisa rebelde. Es una apuesta por la belleza como herramienta de supervivencia. En un mundo que parece romperse bajo el peso de su propia soberbia, esta antología nos recuerda que el jardín sigue ahí, nocturno y precioso, esperando que dejemos de ser observadores para volver a ser animales. Una pieza de gestión editorial impecable que logra unir la autoridad del Nobel con el hambre de la periferia.

Jardín nocturno es un volumen coeditado por los sellos Alacraña, Almadía, Antílope, Aquelarre, Canta Mares, Dharma Books, Elefanta, Festina, Grano de Sal, Gris Tormenta, Impronta, La Cifra, Palíndroma, Perla, Polilla y U-Tópicas

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