07/01/2026
Literatura
La facilidad de lo fragmentario
Entre lo fragmentario y lo orgánico, la novela contemporánea busca una forma que capture las tensiones históricas del presente
Fotografía de Dominik Scythe en Unsplash
Hace unos días un amigo y yo comentábamos Peregrino transparente (2023), de Juan Cárdenas. Mi amigo me decía que las interrupciones del yo ensayístico, esa voz que se podría tomar por la de Cárdenas y que relata estar leyendo Peregrinación de Alpha (1853) de Manuel Ancízar y rumiar un relato en torno a ello, que nos explica tantas cosas sobre ese viaje verdadero e incluso nos cuenta quién era su pintor favorito en la expedición, es decir, el backstage de la ficción, había arruinado lo que, de haberse limitado a una narración directa, habría sido una muy buena novela histórica y de aventuras.
A mí, por el contrario, esas interrupciones me habían invitado a entrar al relato. Para empezar me remitían a cierta tradición fuerte en la literatura de América Latina. César Aira, por dar un solo ejemplo, ocupa esa técnica a menudo: La costurera y el viento (1994) comienza con el narrador en un café, con ganas de escribir algo pero sin saber bien qué, sólo con la certeza del título, y poco a poco la ficción se desamarra y se viene el vendaval. De hecho me es cada vez más difícil leer una novela donde algo no se rompe, donde la estructura no se quiebra, donde se pretende mantener el semblante de totalidad cerrada a como dé lugar. Es como si me fuera necesaria una declaración de culpabilidad, manchar la inocencia de la forma-novela, para que pueda entrar al pacto de leer algo que se le parezca.
Estamos de lleno en la oposición entre la obra cerrada u orgánica y la obra fragmentaria o inorgánica –las vanguardias del siglo XX están bien muertas pero seguimos atascados en sus mismas discusiones. Como lo explicaba Peter Bürger, la obra fragmentaria es uno de los fundamentos de la revolución artística de principios del siglo XX, y funcionaba en tándem con el otro pilar vanguardista, el ataque a la institución-arte. La obra fragmentaria va hacia el mundo, lo señala, lo deja entrar en sí misma, y por ello se volvió la herramienta favorita de una tendencia que buscaba transformar la vida.
Lo que está en juego en la obra cerrada, para Theodor Adorno, es la idea de la reconciliación. Las grandes obras orgánicas dan la impresión de haber sido hechas por la naturaleza, parece que en ellas el Todo está bien, los contrarios se equilibran, las piezas encuentran su sitio, el conflicto entre lo general y lo particular cesa. Esa es la experiencia en Beethoven, como explica Adorno, el canto burgués, la exposición de una lucha y luego su resolución armónica. El poder de las obras orgánicas, y la melancolía que podemos sentir por ellas ahora, reside en que allí encontramos, al menos por unos momentos, paz y redención. La obra fragmentaria, por el contrario, es siempre la irresolución, la aporía, lo inacabado, pero también el campo abierto.
La obra orgánica logra su imitación de la vida al cerrarse en sí misma, para poder posar como un mundo tiene que ignorar que hay un mundo real otro y más verdadero afuera de ella. Es un modelo a escala, una réplica sorda. La obra fragmentaria, en cambio, degrada su propia consistencia para poder incluir esa otra realidad que no es ella. Se podría decir, en cierto sentido, que la obra fragmentaria es siempre ensayística: el ensayo es el género transitorio por excelencia, asume su dependencia de otra entidad más grande y más esencial, es el género-accidente, el medio que va más rápido hacia la vida.
Mi amigo me respondió que a final de cuentas las interrupciones del yo ensayístico son un truco barato y que es más difícil mantener cerrado el semblante de la novela. En algo tiene razón, y quizá tiene que ver con los problemas de la vanguardia académica, como lo lamenta Damián Tabarovsky, las obras que siguen una receta, añaden un poquito de metaliteratura, un poquito de autoficción, un poquito de teoría cuir, otro poquito de crítica anticapitalista, etc., y el resultado es una obra en apariencia inteligente y en realidad formularia y banal. Una manera de resolverlo sería decir que lo fragmentario es una forma más, una opción entre otras, y que ahora, como decía John Cage, estamos en el océano y todas las formas nos pertenecen. Habrá buenas y malas obras fragmentarias, y buenas y malas obras cerradas. Pero este liberalismo estético, como todo centrismo, resulta sospechoso.
Quizá la dificultad o facilidad en estas opciones no resida tanto en el talento individual sino en establecer una relación auténtica con el momento en la cultura y la historia. Así como Theodor Adorno afirmaba que se ha vuelto cada vez más difícil el verso, que la poesía es cada vez más ardua, pero que la prosa es siempre el intento de llegar al canto otra vez en un día futuro, tal vez ocurra lo mismo con la obra cerrada: es complicado escribir hoy una obra orgánica que no resulte inocente o sosa, pero lo fragmentario es en el fondo el intento de llegar a lo orgánico otra vez, construir, o por lo menos anhelar, las condiciones en que algo así sea de nuevo posible: la reconciliación. En tiempos de catástrofe, sin embargo, lo más sencillo y natural es señalar que esa paz, que esa armonía orgánica, es por ahora una mentira.