Fotograma de ‘Marty supremo’ (2025), de Josh Safdie
En la mitología griega, Narciso se enamora de su propia belleza y es castigado por los dioses, condenado a ver su reflejo impoluto hasta el fin de los tiempos, para dar vida a una flor que lleva su nombre. En Marty supremo (2025), del director Josh Safdie, el narciso no es cautivado por su belleza. Es miope, bajito, escuálido y tiene la cara llena de cicatrices; sin embargo, se enamora de su idea del éxito y es castigado por ello. Safdie, que ya había explorado figuras egomaníacas al borde de la sociopatía junto a su hermano Benny, en cintas como Good Time: Viviendo al límite (2017) y Diamantes en bruto (2019), y el desenfrenado ritmo de la ciudad de Nueva York en Ni el cielo sabe qué… (2014), entrega ahora una épica historia costumbrista que está lejos de situarse exclusivamente en la posguerra.
Marty Mauser es un joven jugador de tenis de mesa, conocido coloquialmente como pimpón, y vive convencido de que está destinado a la grandeza en este deporte marginado. El año es 1952 y el lugar es Lower East Side, barrio judío al sur de Manhattan. Fascinado con su talento, es llevado por una serie de peripecias donde lo único que importa es sellar el destino. Acostumbrado a los ritmos vertiginosos impulsados por una moral paupérrima que anuncia desgracia, Josh Safdie brinda a Timothée Chalamet todas las herramientas para una interpretación ambiciosa, donde uno termina por sentir empatía por un ser cuestionable (inspirado parcialmente por el campeón de la vida real Marty Reisman).
Artista de la manipulación, Marty se aprovecha como quiere y cuando quiere de todos los que lo rodean: la amiga de la infancia a la que abandona, embarazada de su propio hijo; el amigo que invierte en una marca de pelotas de pimpón color naranja; su mejor amigo, al que lleva a estafar jugadores en un boliche; una actriz en decadencia, de la que se enamora únicamente por su poderoso nombre, y un empresario que lo margina por su religión, pero que ve en él una oportunidad de negocio.
El estilo de Marty supremo no dista mucho de lo que los hermanos Safdie y Adam Sandler lograron en su momento, pero Chalamet lo lleva a un extremo completamente distinto. Su personaje está enamorado de su propia capacidad para hacer que las cosas sucedan de la forma que más le convenga, por lo que aceptar el fracaso de perder el abierto de tenis de mesa contra su contraparte japonesa es algo que simplemente no puede concebir. Esto motiva cada una de sus deleznables acciones y, al mismo tiempo, lo lleva a su propia redención, donde cumple al menos una de las muchas promesas que se hizo meses atrás. Satisfecho con ello, al final Marty encuentra una aparente revelación: el éxito no lo es todo, no existe una sola manera de alcanzar el destino. Pero no se trata de una moraleja sino de una sugerencia que la película nos regala amargamente durante sus últimos instantes.

Timothée Chalamet como Marty Mauser en Marty supremo (2025), de Josh Safdie
La posguerra fue una época de reconstrucción, especialmente para el pueblo judío, y aunque Marty era muy joven para participar en la guerra, la identidad y el orgullo impulsan sus derroteros. El enfrentamiento con el rival japonés y el viaje por Europa no son sólo pretextos para un vestuario exquisito y la recreación de la época: son la declaración de que el mundo sigue estando dividido, impulsado por diversas ambiciones. La intemporalidad de esta problemática es evidenciada a través de elementos estilísticos que señalan la influencia de Orchard Street (1955), de Ken Jacobs, o la astucia de los barrios bajos de Casino (1995), Calles peligrosas (1973) o Pandillas de Nueva York (2002), de Martin Scorsese.
El soundtrack ochentero de la cinta, atiborrado de clásicos de Peter Gabriel, New Order o Tears for Fears a pesar de que la película se sitúa treinta años antes, indica que el personaje no sigue las reglas, existe en sus propios términos. De igual modo, la música de Daniel Lopatin, conocido en la escena electrónica como Oneohtrix Point Never y habitual colaborador del cineasta, agrega un ritmo fragoso, como la personalidad ansiosa y chantajista del personaje. Finalmente, una campaña inspirada en la mercadotecnia del siglo XXI: entrevistas escandalosas, actuaciones erráticas del protagonista, colaboraciones con raperos virales y mercancía que se vende en miles de dólares como piezas de culto en el mundo de la moda.
En Marty supremo Josh Safdie crea un puente entre la pieza de época y el manifiesto contemporáneo. Su Narciso vive para encarnar la idea del Sueño Americano, una mitología supremacista. Se trata de una película desasosegada y al mismo tiempo catártica, donde los límites morales son borrados a través de una narrativa precisa y un ritmo que nos mantiene al borde la silla incluso cuando se encienden las luces de la sala.