21/04/2026
Artes visuales
Desdoblar y hacer espacio
Una crónica de Michelle Sáenz Burrola sobre la exposición ‘Fusiones’, curada por Esteban King, en la Sala de Arte Público Siqueiros (CDMX)
Fachada de la Sala de Arte Público Siqueiros, Ciudad de México, con una gráfica de Josep Renau. Fotografía: David Zamorano
Vengo a toda velocidad, entro por esa curva larga en semicírculo detrás de distintos museos, giro y llego a la Sala de Arte Público Siqueiros (SAPS) de la Ciudad de México. Ahí encuentro a Esteban King, curador de la exposición Fusiones, que establece diálogos entre piezas de artistas contemporáneos: Valentina Díaz, Daniel Monroy Cuevas, Fabiola Torres-Alzaga, Fabiola Menchelli e Ismael Sentíes, junto a la obra y el archivo de David Alfaro Siqueiros.
Archivo como vereda
En la fachada se encuentra el archivo amplificado, mostrando una gráfica de Josep Renau realizada para Retrato de la burguesía (1939-1940). Estos trazos, que semejan una partitura, muestran la estructura geométrica y coreográfica del mural.
Bajando la mirada, en la ventana se encuentra un video en colores noventeros. Me acerco y el boceto reaparece dentro de una secuencia de imágenes, ahora a una escala menor. Es el material en crudo del documental Planeta Siqueiros (José Ramón Mikelajáuregui, 1995). En él aparecen filmaciones de los murales y las obras de Siqueiros desde la visión de un espectador dinámico y en movimiento que nota sus detalles, estableciendo una relación entre mirada, pintura, caminata y percepción.
Desdoblar el archivo y pasarlo por la experiencia permite acuerparlo, y desde ahí enlazarlo con el trabajo de artistas contemporáneos cuyas preguntas, imaginarios y metodologías entran a dialogar en voz alta con el muralista mexicano.

Valentina Díaz, Hablar también es moverse (2025), Sala de Arte Público Siqueiros, Ciudad de México. Fotografía: David Zamorano
Códigos y lenguajes
En la primera sala se encuentra Hablar también es moverse (2025), de Valentina Díaz, una escultura performática en forma de boca de la cual sale una lengua larga, acompañada por dos ojos que giran de manera aleatoria, mirando al interior y al exterior con un ritmo motorizado. Los colores de la escultura entran en diálogo con los murales de Siqueiros, rescatando la voluntad de integración plástica que fusiona escultura, pintura y arquitectura.
De los labios metálicos surge un juego donde, como escribe la artista, “La boca es el límite y la frontera. La lengua es un territorio integrado por vocales: AA EE II OO UU OO II EE AA”. Su longitud cambia conforme el juego avanza. La idea es robar lengua hasta que el otro no tenga. Para esto, los equipos se colocan en posición de combate y, sobre ella, lanzan palabras. Si un grupo pierde al repetir un vocablo, equivocarse de vocal, quedarse sin palabras o decir una de más, su lengua se acorta y el contrario elige si le quita una vocal creciendo el tamaño de su habla. Hay dos formas de ganar: 1) atravesar el territorio de la lengua, luego de recorrer las letras hasta llegar al límite de la boca; 2) quedarse con toda la lengua desplazando al contrincante.
¿Qué significa perder la lengua? ¿Cómo se siente no tener palabras? ¿De qué manera se inscribe lo anterior en el cuerpo y en las relaciones que nos rodean? Nuestra participación en comunidades, en conexión con nuestra posición en el planeta a nivel afectivo, pero también geopolítico, es afectada por el lenguaje como un poder tangible. La performatividad en esta obra nos permite entrar al cuerpo con el cuerpo, hablando y ampliando las posibilidades de reflexión a través de lo sensible.

Visitantes interactúan con Tres porta-infinitos (2004), de Fabiola Torres-Alzaga, en la Sala de Arte Público Siqueiros, Ciudad de México. Fotografía: Daniela Fenton
Poco tiempo para el cosmos
Tres porta-infinitos (2004), de Fabiola Torres-Alzaga, invita al visitante a colocarse en los hombros un dispositivo óptico en forma de portafolios de oficinista, que se abre y permite habitar distintas perspectivas del espacio-tiempo por medio de espejos que distorsionan, expanden y multiplican la realidad. Los porta-infinitos están instalados en una parte de la sala donde se encuentran varios montajes fotográficos sobre los murales de Siqueiros, lo que permite cambiar sus formas desde la ilusión óptica, a través del cuerpo, la geometría y la fotografía.
Hace veinte años la obra fue instalada en este mismo espacio, lo que hace preguntarse al curador: ¿qué pasa si remontas una pieza que estuvo en el mismo sitio dos décadas atrás? El estereotipo del oficinista habla de rutinas establecidas, horarios fijos, una especie de alienación, lo que permite preguntarse cómo se ha transformado esa figura. El nuevo oficinista trabaja en modalidad de home office, con sus promesas fallidas de libertad, navegando entre horarios y tareas extendidas.
El maletín actualmente ha sido reemplazado por la mochila, donde se guardan las pertenencias y el cansancio de la rutina del mundo online. En este panorama, ¿cómo mira e imagina este trabajador lo que hay dentro? ¿Qué ocurre cuando se mira en el espejo multiplicado, distorsionado frente a su deber, su compromiso, su cansancio? Al abrirlo encuentra una ilusión, un descanso, una fantasía o un escape de la realidad. Dentro del maletín, un cosmos.

Daniel Monroy Cuevas, Cronofobias (2025), Sala de Arte Público Siqueiros, Ciudad de México. Fotografía: David Zamorano
Fósiles tecnológicos
La videoinstalación de Daniel Monroy Cuevas se despliega en una estructura triangular que entrelaza: 1) el Bosque de la Primavera en Jalisco, erosionado y en constante transformación, donde aparece la cámara como un tecnofósil de presencia antropomórfica; 2) el sueño de la cámara mientras duerme; 3) cajas de luz donde encontramos la huella de esa presencia tecnofósil, que toma forma entre película de celulosa, cuerpos vegetales y rastros de fuego. La pieza remite al movimiento de los párpados: una mirada interior cuando se cierran y exterior cuando se abren. El sistema ocular está operando.
El Bosque de la Primavera en Jalisco es filmado en un tiempo que se extiende, de manera observacional, sensorial e inmersiva, casi documental. Aparece en continua erosión y regeneración, entrando y saliendo de sus ciclos de vida. En las paredes de las cañadas se descubren sus muros geológicos, que todo el tiempo se caen a pedazos. La cámara filma y, de pronto, aparece en reposo, como un fósil tecnológico en desuso o extinción. Tiene una respiración casi humana en la forma en que se prende y se apaga. Al inhalar se enciende su sistema y al exhalar se va apagando, mostrando su tiempo de vida.
El cuerpo tecnológico en desuso genera nostalgia. Entrando a su mundo inconsciente, al cerrar los ojos, sueña con un cuerpo de reflectores luminosos, infinitos, monstruosos que despiertan en el espectador cierto temor y ternura. Un sonido constante y maquínico llena el espacio. Cronofobias (2025) se encuentra en correspondencia con una fotografía del archivo, en la cual aparecen una serie de lámparas iluminando los murales de Siqueiros; así como en contrapunto con una pintura en una caja de luz de lava verde y roja –realizada también por el muralista– como un volcán que enuncia su pronta erupción. En ese momento, la cámara se apaga.

Fabiola Menchelli, de la serie Parallax Helio (2024), Sala de Arte Público Siqueiros, Ciudad de México. Fotografía: David Zamorano
Lo fotográfico, más allá de la cámara
Las piezas de Fabiola Menchelli trazan relaciones entre el uso de técnicas antiguas y el presente. Imágenes abstractas remiten a lo estelar, a los astros, dejando la huella de lo estuvo antes ahí: objetos y luces que generan formas misteriosas. Composiciones de un cuerpo atento a la experimentación sobre la amplificadora fotográfica que capta, más allá de la cámara, el instante de momentos donde las formas se revelan entre la oscuridad, el metal y la retina. La huella en los heliograbados de Menchelli deja sombras, luces, apariciones de objetos y figuras entre lo abstracto y lo geométrico.
Más adelante, encontramos el archivo de Siqueiros entre fotografías en movimiento, manifiestos de cine y documentos que revelan la fuerte conexión del muralista con el cine y la literatura. Por ejemplo, en una libreta de contactos miniatura, con su puño y letra, el teléfono de Luis Buñuel. También fotografías que utilizó para sus murales e imágenes de volcanes, lava y fuego.
Frente a estos documentos encontramos las impresiones de los heliograbados de Menchelli sobre papel, de nuevo, cósmicas y abstractas, pero ahora entrando en un diálogo directo con el archivo del muralista, como guiño a la idea de montaje entre gestos, geometrías y abstracciones.

Ismael Sentíes, de la serie Parallax Helio (2024), Sala de Arte Público Siqueiros, Ciudad de México. Fotografía: Daniela Fenton
Óptica y erupción
Continuando la experimentación con el montaje fotográfico, encontramos bocetos de Siqueiros en diálogo con las piezas de Ismael Sentíes, que muestran una serie de volcanes en momentos clave: antes, durante y después de la erupción. El carboncillo revela la combustión de diferentes materiales acercándose a la representación, como si fuera trazada por su propio cuerpo volcánico.
Ahí mismo encontramos dibujos con colores estridentes, entre fuego y destellos que entran en una danza que los hace visibles. Más cercanos a la luz que al color, en tornasol, burbujeantes, en alta temperatura. Las imágenes de Sentíes son atravesadas por una frecuencia tecnológica, como una distorsión o error en la señal de transmisión que plantea preguntas sobre el proceso. A un costado encontramos las experimentaciones matéricas de Siqueiros representando y encarnando lava, fuego.
Caminar el archivo
En Fusiones, el archivo de Siqueiros se desdobla para convertirse en espacio y vereda. Esta apertura permite un viaje al interior de ese cuerpo, de esa conciencia y esas preguntas, que se ponen en relación con el presente por medio de las voces de Valentina Díaz, Daniel Monroy Cuevas, Fabiola Torres-Alzaga, Fabiola Menchelli e Ismael Sentíes. La escucha es recíproca, para sumergirse en distintos tiempos y situarse en el presente.
Al terminar la exposición, salgo de la sala y camino en línea recta atravesando los parques. Mientras escucho sonidos de automóviles y de pájaros, recuerdo que el archivo se abre y se activa. Rescato, así, las sensaciones que sacuden esa apertura. A través de esas obras y de su articulación pude transitar el espacio y el archivo de una manera que no conocía: desde el cuerpo.