Fotograma de ‘Jíkuri. Viaje al país de los tarahumaras’ (2025), de Federico Cecchetti
En Viaje al país de los tarahumaras (1945), Antonin Artaud dejó constancia de su encuentro con el jíkuri (peyote en lengua rarámuri) y con una concepción de la existencia radicalmente distinta de la europea. El escritor llegó a la Sierra Tarahumara en septiembre de 1936 buscando un nexo con el mundo capaz de devolver al arte su dimensión ritual, que para él se había perdido en la cultura occidental.
Exactamente noventa años después de aquella travesía llega a salas Jíkuri. Viaje al país de los tarahumaras, que vuelve sobre la experiencia del surrealista francés para imaginar lo que ocurre cuando dos formas de comprender el mundo se encuentran. Dirigida por el cineasta mexicano Federico Cecchetti, la cinta utiliza el episodio histórico y las anotaciones de Artaud como detonantes de una ficción donde los espíritus y las almas perdidas transitan de los sueños a la realidad y viceversa. En charla con La Tempestad, el director define esta apuesta, filmada en la Sierra Tarahumara y con participación de la comunidad local, como “realismo de otra realidad”, pues explica que para la cultura rarámuri lo que se ve en pantalla es simplemente algo que sucede todos los días.

François Négret como Antonin Artaud en Jíkuri. Viaje al país de los tarahumaras (2025), de Federico Cecchetti
Después de El sueño del Mara’akame (2016), su primer largometraje de ficción, Cecchetti continúa explorando la intersección entre los pueblos originarios, los sueños y las posibilidades de un cine que se aparta de la representación convencional. En Jíkuri, el personaje que hace posible este encuentro es Rayénari, un joven interpretado por el corredor rarámuri José Cruz Apachoachi. En la película, Rayénari no funciona únicamente como acompañante de Artaud ni como intermediario entre el espectador y una cultura ajena. En palabras de Cecchetti, él es quien abre la puerta hacia el enigma que Artaud, encarnado por François Négret, buscaba en la sierra.
“Hay pasajes, túneles, grietas. Rayénari es quien conduce a Artaud hacia una de ellas. Y esa grieta termina llevando al propio interior del dramaturgo”: Federico Cecchetti
Pero en la Tarahumara, dice el director, no existen propiamente puertas: “Hay pasajes, túneles, grietas. Rayénari es quien conduce a Artaud hacia una de ellas. Y esa grieta termina llevando al propio interior del dramaturgo”. La imagen podría fácilmente describir esta película, que se resiste a presentar el encuentro intercultural como un simple intercambio de conocimientos. Lo que Cecchetti propone es un tránsito: Artaud llega buscando algo fuera de sí y termina confrontado con una dimensión de su propia existencia que no puede comprender mediante las categorías con las que llegó.
La experiencia también modificó la perspectiva del propio director. Durante el proceso de investigación y rodaje en la Sierra Tarahumara, Cecchetti se acercó al mundo del jíkuri, sus rituales, protocolos, secretos y peligros. Como explica, este acercamiento lo obligó a cuestionar su propia mirada. Entre las personas que fueron decisivas para ese proceso estuvo el sipáame (raspador de jíkuri en el ritual rarámuri), cuya presencia lo obligó a enfrentar cosas que nunca había pensado que pudieran existir y preguntarse incluso por las razones de su propia estancia en la sierra.
“Quería explorar el cuerpo, la voz y otras formas de experiencia para encontrar una manera distinta de expresar aquello que las convenciones teatrales ya no podían contener”, dice Cecchetti sobre Artaud.
Es claro, así, que Cecchetti evita acercarse a la historia y a cualquiera de los personajes desde la exotización. Se trata de compartir el desconcierto para poner en crisis las categorías desde las que interpretamos lo que sucede. La reflexión sobre civilización, arte y locura se extiende también al lenguaje cinematográfico y conecta desde ahí con la propia búsqueda de Artaud, quien consideraba insuficientes los medios expresivos a su disposición. “Quería explorar el cuerpo, la voz y otras formas de experiencia para encontrar una manera distinta de expresar aquello que las convenciones teatrales ya no podían contener”, dice Cecchetti.

José Cruz Apachoachi como Rayénari en Jíkuri. Viaje al país de los tarahumaras (2025), de Federico Cecchetti
Esta concepción ayuda a explicar la forma de la película. Jíkuri se mueve entre el realismo, lo fantástico y el terror sin atenerse a ningún molde. Para Cecchetti, el punto de partida es una idea más radical: aquello que para un espectador occidental puede parecer fantástico es, dentro de la cosmovisión rarámuri, parte de la realidad cotidiana. Sobre cualquier otra cosa, Jíkuri (producida por Machete) cuestiona la idea misma de que exista una sola realidad compartida y una única manera legítima de representarla.
El viaje de Artaud –que acompaña el diseño sonoro de Christian Giraud y la música de Emiliano Motta– adquiere, entonces, una dimensión contemporánea. Su búsqueda de un lenguaje capaz de devolver al arte una fuerza ritual encuentra en el cine de Cecchetti un territorio particularmente fértil en el que imágenes, sonidos, cuerpos, sueños y silencios pueden construir una experiencia que no necesita explicaciones.