16 de agosto de 2017

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Arquitectura

Espacio público, espacio común

  En el contexto de la discusión sobre el proyecto recientemente anunciado del Corredor Cultural Chapultepec, recuperamos este ensayo de nuestra edición 80 (septiembre-octubre de 2011), que desarrolla aspectos a tomar en cuenta a la hora de evaluar la propuesta urbanística del gobierno del Distrito Federal.     ¿Quiénes son estas personas (qué complicadas las […]

Nicolás Cabral | lunes, 7 de septiembre de 2015

 

En el contexto de la discusión sobre el proyecto recientemente anunciado del Corredor Cultural Chapultepec, recuperamos este ensayo de nuestra edición 80 (septiembre-octubre de 2011), que desarrolla aspectos a tomar en cuenta a la hora de evaluar la propuesta urbanística del gobierno del Distrito Federal.

 

 

¿Quiénes son estas personas (qué complicadas

las matemáticas) entre las que me veo

en el aparador uniforme

de sus pensamientos, brillando frente a zapatos y bicicletas?

William Carlos Williams, Paterson

 

El problema puede resumirse como sigue: para imaginar nuevas formas de espacio colectivo sería necesario, sencillamente, imaginar un nuevo orden social. En ese contexto, el papel de los arquitectos y urbanistas es circunstancial, en tanto la tarea de sus disciplinas no es tanto anunciar un futuro como formalizar las contradicciones del presente. Slavoj Žižek, que no es precisamente un teórico de estas disciplinas, ha descrito claramente la cuestión: «hay un mensaje cifrado en el juego formal de la arquitectura, y el mensaje transmitido por un edificio a menudo funciona como el “retorno de lo reprimido” de la ideología oficial. Recuérdese la perspicacia de Wittgenstein: aquello de lo que no podemos hablar directamente puede mostrarse en la forma de nuestra actividad. Aquello de lo que la ideología oficial no puede hablar abiertamente puede revelarse en los signos callados de un edificio» (Viviendo en el final de los tiempos, 2010). Ampliada esta noción al entorno urbano, ¿podría entenderse el deterioro y la reducción de los espacios públicos como el síntoma de un cuerpo social enfermo, carente de un lugar en el que la colectividad pueda corporeizarse?

 

Ante el síntoma, un diagnóstico. Como sabemos por Henri Lefebvre, cada modo de producción configura un tipo de espacio social. En una época en la que el urbanismo ha perdido centralidad a favor de la especulación inmobiliaria, la primera tarea de aquellos que pretenden reimaginar el espacio colectivo es entender el carácter de la ciudad en el capitalismo tardío. En su seminal La producción del espacio (1974), el pensador francés escribió: «Algunos espacios “sobresignificativos” sirven para mezclar todos los mensajes y hacer imposible la decodificación. De este modo, ciertos espacios producidos por promotores capitalistas están tan cargados de signos –signos de bienestar, felicidad, estilo, arte, riqueza, poder, prosperidad, etc.– que no sólo es borrado su significado fundamental (la rentabilidad), sino que cualquier significado desaparece por completo». Se trata del espacio-chatarra (junkspace) descrito 28 años antes del célebre ensayo de Rem Koolhaas. Cada vez más sofisticado, el centro comercial es el culmen de esa modalidad espacial: el territorio donde los sujetos (políticos) son transformados eficazmente en consumidores (apolíticos). ¿No es, en ese sentido, el espacio “democrático” por excelencia, el lugar del consenso, del sometimiento pleno, el reino de los iguales (aquellos con poder de compra)?

 

El espacio-chatarra –esto no lo dice Koolhaas– es el espacio producido por el neoliberalismo, es decir, aquel donde la satisfacción de los intereses de unos adquiere la forma (discursiva) de un beneficio general (como ha estudiado ejemplarmente David Harvey respecto al caso de Baltimore). Es un espacio de clase, donde el nivel de ingreso determina la accesibilidad. El principio que articula la ciudad contemporánea es, para no ir más lejos, la propiedad. Espacio público, espacio privado. Espacio del Estado, espacio de los particulares: espacios del capital. Como se sabe, desde finales de la década de los setenta inició un proceso, el llamado Consenso de Washington, en el que la propiedad privada declaró la guerra a la propiedad pública. Michael Hardt ha explicado que la segunda fase de esa ofensiva tiene lugar en nuestros días, y apunta a la conquista de lo común, tanto lo material (recursos naturales) como lo inmaterial (ideas, lenguaje, afectos), de la implantación de industrias extractoras de materias primas a los derechos de autor y la creación de patentes vinculadas, por ejemplo, a la información genética (“Lo común en el comunismo”, 2010). Esta realidad, sin embargo, abre un nuevo ámbito de lucha: ¿y si el espacio de la colectividad surgiera, precisamente, ahí donde se suspende la propiedad y se establece lo común? El espacio común, entonces, no sería definido por una forma arquitectónica, sino por un acto de apropiación colectivo (esencialmente revolucionario).

 

Debe decirse, a pesar de todo, que en las condiciones actuales es necesaria una defensa radical del espacio público, dado que es precisamente el lugar susceptible de devenir común, una vez que el tiempo (histórico) irrumpe en él. «Un espacio», escribió Lefebvre, «es la inscripción en el mundo de un tiempo». La calle, la plaza o la parada del autobús son escenarios de encuentros heterogéneos, donde lo urbano se redefine constantemente. Es decir, donde lo humano se redefine de manera permanente. Como ha escrito Zygmunt Bauman, el «territorio despojado de espacio público brinda escasas oportunidades para debatir normas, confrontar valores, debatir y negociar» (La globalización, 1998). Desde el ágora griega, el espacio público deviene común cuando en él tiene lugar un evento. A pesar de que los entusiastas de las redes sociales creen que una cadena de mensajes puede originar un cambio social (el ciberespacio como sustitución del espacio público), la revolución egipcia de hace unos años ocurrió cuando los cuerpos irrumpieron en las calles para desembocar en la Plaza de la Liberación (o Tahir) de El Cairo. Sólo entonces tuvo lugar el acontecimiento. El espacio común es aquel en el que se suspenden las apariencias –el espacio capitalista es ocultador– y los sujetos se presentan. Decía Rousseau en su crítica al parlamentarismo: «La voluntad no se representa».

 

En las condiciones actuales habría que pensar, paralelamente, dos frentes.

 

Por un lado, el potencial político de los espacios intersticiales, ese detritus producido por las fricciones entre los territorios público y privado. Jonathan Manning, del estudio sudafricano Ikemeleng Architects, lo ha descrito de la siguiente manera: «La interacción humana en este estéril espacio residual se limita al conflicto entre los automovilistas y los peatones, entre los ricos y los desposeídos […] Las interfaces (o puntos de contacto) entre el dominio público y los espacios privados […] pueden ser tanto escaparates de comercios en los que se anuncian los productos que se venden en su interior, como los elaborados mecanismos defensivos ideados para impedir la entrada a otras personas (casetas para los vigilantes, muros, alambradas, cercas eléctricas, etc.)». En el texto mencionado al principio, Žižek se pregunta por la posibilidad de que esos residuos espaciales pasen por un proceso de exaptación, término tomado de la biología que se refiere, simplificando al máximo, a partes de un cuerpo que, obligadas por un cambio en el entorno, se desvían de su función original y evolucionan en otro sentido. El espacio intersticial como lugar de disenso, de gestación de lo nuevo, de lo abierto. Acaso de lo utópico. ¿Se relaciona este tipo de territorio con lo que Michel Foucault llamó heterotopías? En la conferencia “De los espacios otros” (1967), uno de esos textos filosóficos que han ingresado a la bibliografía de los arquitectos, el pensador francés introdujo su compleja noción, una especie de visión especular de las utopías: «lugares reales, lugares efectivos, lugares que están diseñados en la institución misma de la sociedad, que son especies de contra-emplazamientos, especies de utopías efectivamente realizadas en las cuales los emplazamientos reales, todos los otros emplazamientos reales que se pueden encontrar en el interior de la cultura están a la vez representados, cuestionados e invertidos, especies de lugares que están fuera de todos los lugares, aunque sean sin embargo efectivamente localizables». Se trata de espacios no hegemónicos, de la otredad, donde coexiste lo incompatible. Conviene, sin embargo, no hacer una lectura literal: heterotopía es antes una categoría crítica que una prescripción formal.

 

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Ikemeleng Architects, cubierta para mercados informales en el Parque Ernest Oppenheimer (Johannesburgo, 2011).

 

 

Por otra parte, en función de su posible devenir común (lo sin propiedad, aquello de todos y de nadie), es necesario reflexionar, una vez más, sobre las características del espacio público: dado que es el lugar de la simultaneidad (eventos, percepciones), del encuentro (cuerpos, subjetividades) y la concentración (actividades), todo apunta a lo indefinido. Ajeno a la operatividad pura, sus funciones no están preestablecidas. Su vacío, su incompletud, es el antídoto de la actitud blasé (hastiada, apática) que Georg Simmel relacionaba con los estímulos excesivos que el individuo recibe en la urbe capitalista. Así, a pesar de todo, existen ejemplos contemporáneos de espacio público cuyo potencial no puede pasarse por alto. Su articulación de lo urbano, lo arquitectónico y lo social habilita la esperanza. No son territorios liberados (son propiedad pública, es decir, estatal), pero articulan excepcionalmente, dentro de la ciudad capitalista, posibilidades que van de lo lúdico a lo político. En todos ellos está implícita una renovación de la vida cotidiana, la posibilidad del encuentro. Cuatro casos, elegidos aleatoriamente.

 

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Atelier d’Architecture Autogérée, Passage 56 (París, 2006-09).

 

 

En el Passage 56 (2006-09) el Atelier d’Architecture Autogérée coordinó un proyecto de participación colectiva con el fin de ocupar un terreno en el distrito 20 de París. El resultado de la discusión: una estructura de madera suspendida, que portica un jardín público de 200 m2, un huerto urbano de uso comunitario. Este «espacio cultural ecológico» ha reforzado el tejido social del barrio en el que se inserta, pues los procesos de diseño y construcción, que involucraron a sus usuarios, fueron transformados en una forma de apropiación.

 

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NL Architects, A8ernA (Koog aan de Zaan, Holanda, 2003-05).

 

 

En Koog aan de Zaan, al noroeste de Ámsterdam, un espacio residual, producido por una autopista elevada que dividía la ciudad y era ocupado como desordenado estacionamiento, fue transformado por NL Architects en la zona multifuncional A8ernA (2003-05), que incluye una plaza cubierta, un supermercado y zonas de juegos infantiles y juveniles. Con usos definidos a través de una consulta pública, las imágenes que muestran el lugar en la actualidad manifiestan un notable desplazamiento de la percepción urbana: lo que antes era una barrera divisoria hoy es un espacio fluido que enmarca la circulación entre dos zonas de la ciudad.

 

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Paulo Mendes da Rocha, Plaza del Patriarca (São Paulo, 1992-2000).

 

 

La Plaza del Patriarca (1992-2000), proyectada por Paulo Mendes da Rocha, articula edificios de distintos momentos históricos de São Paulo al tiempo que ordena, a manera de nodo, distintas formas de transporte público. Una cubierta cóncava metálica sostenida por un marco media entre la escala de la arquitectura circundante y la de los peatones. En una zona siempre congestionada, el espacio se halla gobernado por la inminencia del encuentro, a la sombra.

 

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Diller Scofidio + Renfro, Vía Elevada (Nueva York, 2004-09).

 

 

En Nueva York, Diller Scofidio + Renfro convirtieron una vía del tren elevada en un parque público de 2.3 kilómetros de largo. La ruina postindustrial, en desuso desde los años ochenta, combina ahora espacios multifuncionales con un importante aporte de áreas verdes, y habilita lo mismo la intimidad que la apertura al otro. Su recorrido no sólo piensa en las veleidades del flâneur, sino que produce espacios de simultaneidad inesperados, donde coexisten los rascacielos y zonas de vegetación salvaje. El diseño de la Vía Elevada (2004-09), ganador de un concurso, fue discutido públicamente y modificado a partir de la consulta.

 

Para transformar el espacio público en espacio común los cuerpos deben producir eventos, que van de la apropiación a la subversión. Hay que salir a tomar las calles.

 

 

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