Fotograma de ‘Zona Cero’ (2026), de Yeon Sang-ho
Tengo sueños frenéticos, de forma recurrente. En ellos hay una atmósfera de urgencia. Se suceden persecuciones en túneles o ciudades desiertas, entre montes de desperdicios o en carreteras. Los escenarios cambian, los personajes cambian, pero un patrón persiste: el perseguidor es una masa de no-personas. Corro. Escapo. Adrenalina en mi cuerpo. La mayoría de las veces el impulso de no ser descuartizado por la multitud me hace entrar en contacto con mi intuición, aparece una especie de claridad. A veces salgo triunfador de manera heroica, otras veces soy devorado. Sé que no soy el único que tiene sueños de este tipo.
Podríamos decir, por un lado, que el inconsciente ha sido infiltrado por el imaginario hollywoodense del apocalipsis zombi. Pero puede leerse también como manifestación de angustia colectiva, una metáfora descarnada y sórdida de la competencia laboral en el mundo del capitalismo crudo, donde cada uno, cada día, lucha a su manera para no ser devorado. De forma opuesta, es posible encontrar una especie de repulsión a lo colectivo, una afirmación de la individualidad.
David McNally ha estudiado la figura del zombi como una expresión de las ansiedades producidas por el capitalismo. En Monstruos del mercado (2011) relaciona las figuras del monstruo, el cuerpo y el mercado, y dedica buena parte de su análisis al zombi como metáfora de una sociedad en la que la supervivencia depende de vender nuestra fuerza de trabajo. Después de todo, el género de terror siempre ha sido eso: una proyección de los miedos que anidan en la sociedad. (En años recientes el género ha abrazado esa premisa al pie de la letra y, como resultado, la literalidad se ha vuelto norma.)
Existen diversas variantes del concepto de zombi, pero algo esencial lo define: alguna vez fue humano y dejó de serlo. Su único propósito es perseguir a quienes todavía lo son y arrastrarlos a su condición. Es interesante pensar que en los últimos años las películas de zombis han pasado del concepto del no-muerto al del infectado. El zombi dejó de ser algo que ya no está y que vuelve, es una transformación en vida. Su versión clásica era una anomalía: un muerto que volvía a caminar. El infectado, en cambio, no necesita morir para convertirse en una amenaza. La frontera ya no está entre vivos y muertos, sino entre nosotros y ellos… Una lógica que nos remite a la pandemia que recientemente impactó a la humanidad.
Zombis, cámara, ¡acción!

Fotograma de Zombis, cámara, ¡acción! (2017), de Shin’ichirō Ueda
El primer puesto de este listado no es, estrictamente, una película de zombis. Es más bien una especie de carta de amor a la producción de bajo presupuesto, que toma como excusa el subgénero. Zombis, cámara, ¡acción! recaudó más de mil veces lo que costó, y no es de extrañar: a través de un sentido del humor perspicaz, personajes entrañables y una idea magistralmente ejecutada, Shin’ichirō Ueda construye una cinta que es al mismo tiempo comedia, terror y homenaje a la imperfección, la improvisación y el trabajo en equipo.
Al principio es una película de zombis filmada en un plano secuencia (un tanto torpe), pero poco a poco se convierte en algo más. Ueda encuentra una manera fascinante de lograr que lo que vemos adquiera nuevos significados; así transforma nuestra relación con la película. Su brillantez radica en saber exactamente cuándo y cómo revelar su idea cinematográfica, pues entiende algo fundamental: el cine también consiste en asombrar al espectador, atraparlo, hacerlo participar del artificio y, cuando menos lo espera, hacerle mirar de nuevo lo que acaba de ver.
Exterminio: La evolución

Fotograma de Exterminio: La evolución (2025), de Danny Boyle
Exterminio (2002), la primera entrega de la saga, fue una de las películas decisivas para consolidar el giro del cine zombi hacia la figura del infectado. Veintitrés años después, como predecible gesto de retromanía hollywoodense, la franquicia alcanzó su tercera escala. Hay, sin embargo, una sensación de frescura. Danny Boyle filma un producto industrial con gran inteligencia. Entiende que, para el cine, el universo, los personajes y la trama son accesorios de una idea. Y, si bien están fina y sólidamente desarrollados, el valor de Exterminio: La evolución reside en su lenguaje cinematográfico.
La película es plástica, cambia de forma constantemente. Parte de una imagen digital casi documental en la que irrumpen otros registros. Incluso hay recursos de montaje no diegético que ensanchan los alcances del filme y establecen conexiones entre la historia y el presente. Hay algo profundamente contemporáneo en esta manera de entender el montaje: una lógica cercana a la de los edits de redes sociales, donde la acumulación de imágenes, efectos, cambios de escala y estímulos visuales busca provocar antes que explicar. Como cereza sobre el pastel (y gesto simbólico a lo McLuhan), Boyle filmó la película con iPhones de última generación, lo que denota que Exterminio: La evolución es, además de una buena película de zombis, una exploración del modo en que se construye y experimenta la imagen contemporánea.
Zona Cero

Fotograma de Zona Cero (2026), de Yeon Sang-ho
Una superproducción coreana de Yeon Sang-ho, que ya había tenido incursiones en el cine de zombis con entregas como Tren a Busan (2016) o Península (2020). Zona Cero se estrenó en la última edición del Festival de Cannes, en la sección de Funciones de Medianoche, que no es parte de la competencia oficial y se enfoca en las películas de género “comerciales” con un toque autoral. Se trata de una combinación de thriller epidemiológico tipo Contagio (Steven Soderbergh, 2011) con escenas de acción y suspenso a la manera de Guerra Mundial Z (Marc Forster, 2013). La trama es sencilla y, a grandes rasgos, podría parecer genérica: un ataque de terrorismo biológico en un edificio de Seúl desencadena una epidemia zombi; un grupo de desconocidos debe juntar fuerzas para salir del edificio con vida.
La originalidad de Zona Cero, sin embargo, reside en el modo en que desplaza el concepto del zombi –o del infectado– a un nuevo lugar. Los zombis existen a manera de colmena, entablan comunicación a través de una conciencia colectiva e incluso tienen la capacidad de actualizarse. Esta característica sirve como dispositivo narrativo para aumentar la tensión y mantener la trama en constante movimiento. Con personajes memorables y guiños progres, la película encuentra una forma propia de jugar con un género que conocemos demasiado bien.
MadS

Fotograma de MadS (2024), de David Moreau
Con MadS David Moreau regresa al cine de terror casi veinte años después de Ils, su debut junto a Xavier Palud, y lo hace con una apuesta tan sencilla como ambiciosa. Narra el desarrollo de una epidemia zombi en tiempo real, valiéndose de uno de los recursos más fetichizados entre los cinéfilos: el plano secuencia. El director francés y su equipo lograron un despliegue técnico notable y se enfrentaron a una logística casi demencial: la producción tuvo que asegurar un recorrido de alrededor de diez kilómetros por las calles de una pequeña ciudad de Francia. Actores, extras, vehículos, efectos y movimientos de cámara coordinados en tiempo real. Se realizaron cinco tomas completas, una por día; la que vemos es la quinta y definitiva.
Lo interesante de MadS es el modo en que el dispositivo cinematográfico, en este caso el plano secuencia, emula la lógica de la infección. Pasa de un cuerpo a otro, abandona a un personaje y sigue a otro, entra a nuevos espacios, pierde y recupera información. No hay corte que permita ordenar lo que está sucediendo ni distancia suficiente para observar la transformación desde afuera. Estamos en medio del contagio, atrapados en su duración y sometidos a sus reglas. Conforme la infección avanza el espacio se vuelve más caótico, la información más fragmentaria y los movimientos de cámara más bruscos.
The Sadness

Fotograma de The Sadness (2021), de Rob Jabbaz
La ópera prima del canadiense Rob Jabbaz es probablemente una de las películas más desagradables que se han hecho. No necesariamente la más profunda ni la mejor escrita, pero una de las que mejor entiende algo fundamental del subgénero zombi: el impacto. A través de su espectacularidad, The Sadness se aleja de la experiencia puramente cinematográfica y se entrega de lleno a lo que alguna vez Scorsese llamó “montaña rusa”. Filmada y estrenada en plena pandemia, es una película que parece haber absorbido directamente la ansiedad de la época. Rodada mientras el mundo permanecía en pausa, la industria taiwanesa aprovechó su relativa continuidad para seguir produciendo y consolidándose.
En The Sadness se propaga masivamente un virus que vuelve al portador un psicópata. Los infectados hablan, recuerdan, se mueven a conciencia, todo ello en pos de convertirse en una máquina sádica de asesinato y tortura. El resultado son algunas de las dosis de violencia gore más grotescas que ha producido el cine de zombis –o de infectados– en los últimos años. Jabbaz no está interesado en sugerir: exhibe, prolonga y vuelve extremadamente incómoda la violencia. Hay mutilaciones, sangre, cuerpos destrozados y una violencia sexual particularmente desagradable. Para los fanáticos del cine gore, una genuina delicatessen.