16 de agosto de 2017

La Tempestad

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25/02/2026

Artes visuales

Luis Barragán y Fred Sandback; la atracción de los opuestos

Un nuevo libro, titulado ‘Las propiedades de la luz. Luis Barragán-Fred Sandback’, da cuenta del diálogo establecido entre las obras de ambos creadores. Aquí, un ensayo de Federica Zanco, extraído del volumen, editado por Proyectos Monclova

Federica Zanco | jueves, 17 de mayo de 2018

La gran sugestión emocional y estética provocada por algunas de las obras construidas por Luis Barragán ha estimulado, desde hace tiempo, varias intervenciones artísticas. De alguna manera, estas reacciones creativas, algunas veces espontáneas y otras veces muy meditadas y elaboradas, parecen intentar responder o asomarse al sutil diálogo entablado por el autor principal de los espacios, el arquitecto, con la presencia física de quien los penetra, en este caso el artista. Los acercamientos a Barragán de parte de los artistas son numerosos y muy diversos. Estos van desde intervenciones directas sobre los elementos físicos de la construcción, hasta el trabajo con documentos e imágenes personales o de los edificios, lo que incluye la manipulación y transformación de los mismos y la producción de otros nuevos, a fin de lograr una reorganización conceptual del discurso sobre Barragán y su obra, legado, vida y mito. Todas estas operaciones son apropiaciones, algunas sencillamente predatorias, otras generosas y generadoras, pero que en conjunto demuestran la capacidad de provocación, de permanencia y de resistencia, del espacio arquitectónico, entendido como obra de arte redonda y total, capaz de rodear e involucrar simultáneamente al cuerpo y por lo menos cuatro de sus cinco sentidos, acogiendo y variando sus sensaciones a partir del movimiento y del flujo del tiempo. El caso de Fred Sandback es paradigmático de un tipo de acercamiento a la arquitectura muy sutil y muy característico de la obra de este autor. Algo que puede darse y repetirse “en ausencia”, porque lo que resulta finalmente productivo, en conexión con su obra, es la actitud y el método de relacionarse con los espacios disponibles, más que la manualidad física del artista. En otras palabras, no importa tanto quién aplique los frágiles y etéreos estambres que crean las invisibles superficies y planos inmateriales de Sandback, sino el rigor de la lógica que los posiciona en ese espacio material, físico y tridimensional que, de alguna manera, los “reclama”.

La dupla Barragán-Sandback nos ofrece un ejemplo único, y muy refinado, de este respetuoso diálogo “en ausencia”: por un lado, ambos profesionales ya no están presentes; por el otro, sus ideas y creatividad todavía son muy actuales, vitales y contundentes. Seguramente, ocupan una posición bien definida en nuestro archivo mental y generan iconografías muy precisas. La aparente contraposición de opuestos que parece definir la obra del uno y del otro (el primero creador de una experiencia sensorial simultáneamente mística y sensual, profundamente arraigada en la gravitas de los materiales naturales y de las técnicas constructivas artesanales; el segundo persiguiendo un acercamiento radicalmente abstracto, transparente, inmaterial y “ligero”), en realidad subraya y enfatiza las características complementarias del trabajo de ambos, revelando las dos caras de una misma moneda. Tal como en la trayectoria hacia el infinito de dos líneas paralelas, el encuentro entre estos dos inmensos talentos busca la convergencia teórica en un punto indefinido, pero necesario y sólido: un ángulo de una habitación; la línea (¿real?, ¿abstracta?) de separación entre piso, muro y techo; el trazo oblicuo de un estambre que une dos planos ortogonales, mismo que parece querer evocar tanto la regla y triángulo del arquitecto, como ciertos antiguos estudios de proporciones áureas. Las asociaciones son infinitas, al igual que las miradas de los espectadores. La ligereza de Sandback nos hace entrar, como Alicia atravesando su espejo, en una realidad paralela, no opuesta sino complementaria a la de los espesos muros y las atmosféricas penumbras (y luces) de Barragán. Las discretas intervenciones del artista, aunque parecen tan sosegadas, delicadas y frágiles, ponen en duda con mucha fuerza nuestra noción de aquí y allá, de adentro y afuera, de interior y exterior, de espacio tridimensional y superficie bidimensional, de volúmenes, planos, líneas y puntos. En otras palabras, cuestionan nuestra noción del límite. ¿No es esta una de las direcciones más importantes y sorprendentes del trabajo de Barragán? Su constante búsqueda de una relación, casi siempre ambigua e indirecta, entre interior y exterior, entre casa y jardín, jardín y paisaje, paisaje y cuerpo y suelo y entrañas del país mismo. ¿No es este su talento principal? El utilizar superficies transparentes como si fueran espejos mágicos, de demarcación y al mismo tiempo de anulación de un límite físico. Magias realizadas a través de un engaño óptico, de la transparencia de un vidrio, del reflejo del agua, de la incidencia de un rayo de luz, de la amalgama de color con color, de la radiación cromática declinada en distintas texturas, patrones y densidades. ¿No se trata, al fin y al cabo, de un mismo juego alquímico destilado por dos sensibilidades en apariencia opuestas, pero finalmente afines? ¿No son acaso los estambres de Sandback la esencia de un tejido que la mente del espectador completa por su cuenta, así como el muro de Barragán es la esencia de un recinto que, excluyendo una parte, incluye el mundo?

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