05/03/2026
Literatura
El doloroso aprendizaje de la agonía
Ha muerto el escritor portugués António Lobo Antunes (1942-2026); lo recordamos con este ensayo de David Miklos sobre su universo narrativo
António Lobo Antunes retratado por Tiago Miranda
1. Big Bang
Las novelas de António Lobo Antunes son como las estrellas de un universo en expansión: cada una proviene de la misma sustancia primigenia, compuesta por el lenguaje todo y una memoria sin fondo. Del amorfo y denso caos del origen, las novelas se transforman en una súbita y luminosa supernova, las palabras se convierten en lúcidos y nutridos recuerdos –reales o ficticios, para el caso da lo mismo: lo que cuenta aquí es la estética del lenguaje–, recuerdos que fluyen desbocados por el cauce de un presente por lo general desencantado y yermo, para luego extinguirse como un corazón que se apaga, o bien un agujero negro que sirve de vaso comunicante a la creación de otra estrella.
Lobo Antunes [Lisboa, 1942-2026] recurre una y otra vez a los mismos temas: el desarraigo, el pasmo ante el tedioso y vacío devenir cotidiano, el terror ante la historia inmediata de Portugal y la guerra de Angola, la imposibilidad del amor y la victoria del desamor, la violencia como pasión última de la humanidad, la muerte como agónico eje de la vida, el recuerdo como epifanía y pilar quintaesencial de la existencia. Lo único que cambia en sus novelas –y no– es la voz, unas veces única y en una primera persona fragmentada y asediada por otras voces –voces que se escapan de esa voz original y tratan de invadir su discurso, tomar literalmente la palabra–, otras en una tercera persona incómoda que recurre al diálogo-monólogo como forma de supervivencia narrativa. En algunas novelas una sola voz lleva la pauta, si bien puede escindirse en distintos tiempos y capas de memoria; en otras, impera la polifonía. El primer caso corresponde a En el culo del mundo (1979) y No entres tan deprisa en esa noche oscura (2000); el último, a El orden natural de las cosas (1992) y Exhortación a los cocodrilos (1999). La suma de las novelas de Lobo Antunes se antoja como un corpus magnum y puede leerse como En busca del tiempo perdido de Proust. El parangón no es gratuito, aunque otra es la magdalena que las anima.
Las palabras se convierten en lúcidos y nutridos recuerdos –reales o ficticios, para el caso da lo mismo: lo que cuenta aquí es la estética del lenguaje–, recuerdos que fluyen desbocados por el cauce de un presente por lo general desencantado y yermo, para luego extinguirse como un corazón que se apaga.
2. Primera trilogía (1979-1980)
En el culo del mundo es una suerte de segunda primera novela y puede considerarse la semilla del resto de la obra de António Lobo Antunes, si bien es Memoria de elefante (1979) su libro inicial (en realidad existe una novela previa, borrada de su memoria luego de su publicación en 1973), en donde relata la ruptura de una pareja: el retrato de la propia experiencia –Lobo Antunes se separó de su mujer a su regreso de la guerra de Angola–, inmediata, de su creador. De igual manera autobiográfica en su concepción, En el culo del mundo es una novela animada por varios vectores que se entrecruzan sin tregua: la experiencia del narrador en Angola, adonde acude como médico, su crítica al Portugal presente, el recuento de algunos momentos de su vida conyugal y el nacimiento de su hija, los recuerdos infantiles y juveniles y la noche que pasa con una mujer –desde que la conoce en un bar hasta que se despide de ella a la mañana siguiente, tras una noche de amor casual–, a la que le cuenta casi todo lo que lee (hay fragmentos de una intimidad concentrada, en donde la voz se dirige a un par de mujeres que ya no están: la esposa de la que el narrador se ha separado y una lavandera angoleña, con la que mantiene una silenciosa y fugaz relación carnal).
La fase yoica de Lobo Antunes llega a un clímax con Conocimiento del infierno (1980), última de su trío de novelas declaradamente autobiográfico, y pasará una década y cuatro novelas más –Acerca de los pájaros (1981), Fado alejandrino (1983), Auto de los condenados (1985) y Las naves (1988)– para que su voz –sus voces– se consolide.
3. Segunda trilogía (1990-1994)
Si en En el culo del mundo Lobo Antunes recurre a una sola voz, fragmentada en capas de memoria y renuente a una linealidad ortodoxa, en El orden natural de las cosas son diez las voces que se relatan, voces solitarias que buscan oídos que atiendan sus recuerdos, personajes que parecen tener todos los sentidos atrofiados, con excepción del sentido del lenguaje, allí donde todos los sentidos, al fin y al cabo, confluyen. Se trata, quizá, de su novela más lograda, descendiente directa de Tratado de las pasiones del alma (1990), primera parte de la que se conoce como su trilogía sobre la muerte, en la que dos amigos de la infancia se encuentran y dialogan tras el paso del tiempo: uno es juez de instrucción y el otro un terrorista a ser juzgado. Antagonistas en el presente, sus memorias confluyen en un pasado que evoca un mismo tópos –omnipresente a lo largo de la trilogía–: Benfica, el barrio donde António Lobo Antunes creció y al que sus voces añoran con saudade.
En ‘El orden natural de las cosas’ el tiempo se diluye y las voces se encuentran y se desencuentran en un limbo de memoria, dolor y locura, un personaje invoca al otro y, de pronto, la locura deviene lucidez y la narración se ordena de manera prodigiosa.
Mientras Tratado de las pasiones del alma se desarrolla de manera plástica –Lobo Antunes recurre a una inusual tercera persona narrativa, terra ignota que sucumbe ante los habituales monólogos de sus personajes–, El orden natural de las cosas es deslumbrante y orgánica desde donde se la aborde. El tiempo se diluye y las voces se encuentran y se desencuentran en un limbo de memoria, dolor y locura, un personaje invoca al otro y, de pronto, la locura deviene lucidez y la narración se ordena de manera prodigiosa; las voces transitan del caos al origen y lo único que permanece es una casa vacía –vacía incluso de sus fantasmas, como la vida misma– y el mar de frente, el todo y la nada. No hay más historia que el devenir cotidiano y el delirio de un tiempo suspendido, el revés de esa historia con mayúscula que se esconde en los pliegues de la memoria de las diez voces, la historia de un Portugal en eterna descomposición, como un cuerpo que se pudre luego de la inevitable muerte (aquí Lobo Antunes otorga una de sus voces a su tía moribunda, víctima de un cáncer).
Cierra la trilogía La muerte de Carlos Gardel (1994), novela en clave de tango en la que otra suma de voces narra la muerte de un joven heroinómano internado en un hospital (escenario recurrente en la narrativa de Lobo Antunes, de formación psiquiatra).
4. Tercera trilogía (1996-1999)
En Exhortación a los cocodrilos Lobo Antunes reduce las voces a cuatro: Mimi, Fátima, Celina y Simone, todas mujeres. El lenguaje es igualmente depurado y deja de ser rebosante como en El orden natural de las cosas, casi un fresco: aquí impera el rigor narrativo, la necesidad de trazar una elusiva trama. Las voces parecen no tener destinatario como en las novelas anteriores (los personajes de Lobo Antunes siempre le hablan a alguien, muy probablemente a él mismo) y, de pronto, se ven interrumpidas; a ratos parece que estuvieran bajo el haz de luz de un confesionario, o bien parecen dictarse a un mecanógrafo ausente, o bien son sencillamente arrebatadas por otras voces, secundarias. La historia es la de cuatro mujeres ligadas a cuatro hombres, los cocodrilos, miembros de una organización terrorista salazarista que, tras la Revolución de los Claveles, enfrenta su ocaso tras el derrumbe de la dictadura. Y lo mismo que la dictadura, las voces avanzan hacia su inmolación.
Exhortación a los cocodrilos es la última pieza de la trilogía, dedicada a la violencia, una especie de mural de historia portuguesa reciente, sujeta a la interpretación de la realidad y a la visión de Lobo Antunes. Son Manual de inquisidores (1996) y Esplendor de Portugal (1997) sus dos primeros y polifónicos pilares.
‘No entres tan deprisa en esa noche oscura’, sin lugar a dudas, es la obra más despampanante de Lobo Antunes (y quizá su favorita, luego de ‘Exhortación a los cocodrilos’, autoelogiada como lo mejor de su escritura en más de una ocasión).
5. La voz última (2000-)
Lobo Antunes se confiesa un poeta frustrado; por ello escribe prosa, doce horas diarias. No entres tan deprisa en esa noche oscura lleva como subtítulo Poema. Y es precedida, a su vez, por un poema de Eugénio de Andrade, prólogo y acaso síntesis de los motivos de Lobo Antunes: en suma, el aprendizaje de la muerte (una muerte que, en este caso, se anuncia mas no sucede), asumida la agonía. La novela, narrada por una voz única y –aparentemente– femenina, invadida-interrumpida por otras voces secundarias como ya es costumbre, fue escrita mientras Zé, la esposa de la que Lobo Antunes llevaba separado desde Memoria de elefante, agonizaba de un cáncer; falleció en el proceso. Dividida en siete partes –siete días, como la creación del mundo según el Génesis, citado como epígrafe en cada uno de sus capítulos-jornadas–, No entres tan deprisa en esa noche oscura se ocupa de Maria Clara –“el hombre de la casa”–, cuyo padre es internado en el hospital. La voz recurre al diván, a las revistas de moda, a una máscara que adelgaza con las páginas hasta mostrar su identidad real, desnuda, enfrentada a su hermana y a su madre, entre otras voces. Sin lugar a dudas, es la obra más despampanante de Lobo Antunes (y quizá su favorita, luego de Exhortación a los cocodrilos, autoelogiada como lo mejor de su escritura en más de una ocasión).
No entres tan deprisa en esa noche oscura supone un punto de llegada, difícilmente superable: la novela que invita a ser vivida más que comprendida, con António Lobo Antunes transformado en el médium por excelencia de las voces-letras lusitanas del presente.