16 de agosto de 2017

La Tempestad

También las artes cambian al mundo

22/10/2026

Pensamiento

Homo plasticus

¿Somos conscientes de lo que compone el entorno que habitamos? El plástico está relacionado con el creciente deterioro cognitivo

Alejandro Badillo | jueves, 22 de octubre de 2026

Fotografía de Naja Bertolt Jensen en Unsplash

En una escena de la multipremiada película de 1999 Belleza americana, dirigida por Sam Mendes, Ricky Fitts (Wes Bentley) muestra a su vecina Jane Burnham (Thora Birch) un video que grabó. En él, una bolsa de plástico blanco asciende, desciende y se mueve impulsada por el viento en una calle. Ricky siente una extraña fascinación por la bolsa, y dice a Jane: “Y esta bolsa… bailaba conmigo. Como un niño pequeño rogándome que jugara con ella. Durante quince minutos. Y ese día me di cuenta de que había toda una vida… detrás de las cosas, y una fuerza increíblemente benevolente que quería que supiera que no había razón para tener miedo, nunca”.

Es curioso que la etimología de la palabra plástico se remonte al griego plastikos, que significa formado, modelado, fingido. La idea de fingir, de hecho, remite de inmediato a la ingente cantidad de objetos hechos de plástico que imitan materiales costosos o escasos. Ese mundo kitsch, con sus maravillas en los aparadores, es un catálogo casi infinito de réplicas al alcance del bolsillo. La bolsa de plástico idealizada por el personaje de Belleza americana se volvió con el tiempo el enemigo número uno de los activistas y promotores del ecologismo y el cuidado de la naturaleza.

La periodista Sabrina Duque refiere en Plastificados. De cómo los humanos nos convertimos en carne, hueso y plástico (Anagrama, 2026) la invención, en 1959, de la bolsa de polietileno –obra del ingeniero sueco Sten Gustaf Thulin– para sustituir las bolsas de papel, ya que éstas provocaban la tala de árboles para su fabricación. Como afirma el filósofo francés Paul Virilio, la invención tecnológica es inseparable de los accidentes que produce.

La guerra contra las bolsas de plástico es, por supuesto, una guerra perdida: sólo se puede reciclar –usando combustibles fósiles– un porcentaje marginal de productos desechados. La sociedad de consumo sigue siendo intocable y ofrece fantasías para disfrazar la obsolescencia programada. A la utópica expansión del capitalismo no le importa que un vulgar pedazo de plástico pierda su forma original en un interminable recorrido por tierra, mar y aire. Al final, quedará como un sedimento con una larga historia de muerte detrás. Podríamos decir que el antropoceno, el capitaloceno y otros términos que tratan de capturar la violenta intervención humana en la naturaleza ofrecerán como recuerdo más perdurable una capa geológica conformada por plástico.

En Huellas. En busca del mundo que dejaremos atrás, el escritor David Farrier afirma:

La mayor parte de los millones de toneladas de plástico que acaban en los océanos cada año caen hasta el lecho oceánico, donde se incorporarán al sedimento como una capa más del estrato geológico, siendo de esta forma una adición permanente –al menos hasta que el calor y la presión la convierta en petróleo o la sección de lecho marino se eleve y sea erosionada, procesos que se medirán en decenas de millones de años–. Incluso el contenido de nuestros sándwiches tiene su propia historia. Se matan sesenta mil millones de pollos para consumo humano cada año; en el futuro se encontrarán huesos de pollo fosilizados en todos los continentes como testimonio de la intromisión de los apetitos humanos en el registro fósil.

Algunos investigadores hablan de ceguera cognitiva para describir la forma en que el habitante del siglo XXI mira el mundo. No podemos imaginar una realidad diferente a la creada por la industrialización del pasado y el capitalismo del presente. Somos como peces que no perciben el medio físico en el que viven. El plástico es tan omnipresente que sólo los tomamos en cuenta cuando es escaso, sube de precio o leemos alguna historia escandalosa sobre microplásticos navegando en nuestra orina o nuestra sangre. Estos fragmentos invisibles al ojo humano son la última metamorfosis en la lentísima degradación y miniaturización de uno de los inventos más famosos de la humanidad.

La teoría del saturnismo romano –un mito, de hecho– imagina que el plomo, usado de forma masiva en la antigua Roma, envenenó a la gente, volvió locos a los emperadores y contribuyó al colapso del Imperio. Lo que sí ha podido documentar la ciencia actual es la relación entre la contaminación por CO₂ atmosférico y la inteligencia humana. Según el periodista James Bridle, en su libro La nueva edad oscura, “A la velocidad actual, que no da muestras de ralentizarse (y que nosotros tampoco damos muestras de ir a detener), el CO₂ atmosférico superará las 1.000 ppm a finales de este siglo. Con 1.000 ppm, la capacidad cognitiva de los humanos se reduce en un 21 por ciento”.

El plástico también habita el aire que respiramos y, seguramente, tiene efectos en nuestra inteligencia. La llegada del auto eléctrico –más pesado, por sus baterías, que un auto de combustión– provoca que las llantas tengan más fricción con el asfalto, se degraden más rápido y, por ende, expulsen más partículas plásticas, que se sumarán al coctel tóxico que oscurece nuestras ciudades. Los mundos virtuales que nos vende la tecnología son el último intento para que ignoremos el ecosistema que habitamos.

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