Olivia Wilde, Seth Rogen, Penélope Cruz y Edward Norton en ‘La invitación’ (2026). Cortesía de A24
I
Al final de El drama (Kristoffer Borgli, 2026) vemos a Emma (Zendaya) y a Charlie (Robert Pattinson) sentados frente a frente en un dinner neoyorquino. Aún están lejos de vivir la experiencia matrimonial en todas sus dimensiones pero, como los protagonistas de La invitación (Olivia Wilde, 2026), tarde o temprano llegarán ahí. La película de Wilde, parafraseando a Paul Virilio, nos recuerda que inventar un matrimonio es inventar su descarrilamiento. Sin embargo, y este es uno de los goles de La invitación, también cuenta que el posible y quizá merecido descarrilamiento tiene menos que ver con una condición fatal en la relación entre los protagonistas Angela (Olivia Wilde) y Joe (Seth Rogen) que con la indispensable invención (y agotamiento) de una fantasía fundacional que permita transitar los empantanados territorios de la abulia y el remordimiento. Tal vez por eso, y no por la aparición de Edward Norton, es por lo que La invitación está más próxima a El club de la pelea (David Fincher, 1999) que a cualquier otro escarnio fílmico, cínico o romántico, sobre las historias que nos contamos para sobrevivir. En pareja, en este caso.
Angela y Joe habitan en el corazón del resentimiento. Y aunque razones no les faltan, para uno será más importante entender qué los llevó hasta ahí, mientras que para la otra detonar el matrimonio para seguir adelante es urgente. Y como lo importante no es lo mismo que lo urgente, salta la pregunta: ¿cómo hacerlo? Para seguir el ejemplo del Narrador de El club de la pelea: a través de la proyección de un ideal que los oriente e indique el camino para liberarse. ¿Liberarse de qué? De una fantasía que ya corrió su curso y se les ha enquistado, su matrimonio. Igual que en la película de Fincher, lo hacen a través de un fantasma, la pareja Pina-Hawk (Penélope Cruz y Edward Norton). La cual, al final de La invitación, sin anuncio ni explicaciones, desaparecerá tanto de la pantalla como de la vida de Angela y Joe. Pina y Hawk son espectrales pero también arquetípicos, son aquello que Angela y Joe no son, no fueron y no pueden ser. Son Tyler Durden (Brad Pitt) cuando le dice al Narrador: “I look like you want to look, I fuck like you want to fuck… I am smart, capable and, most importantly, I am free in all the ways you are not”.

Fotograma de La invitación (2026), de Olivia Wilde. Cortesía de A24
Pero aún hay más. A El club de la pelea se la puede entender desde varios ángulos, ya sea la alienación laboral (o la extinción de trabajos con prestaciones y contratos legítimos, si se actualiza esa lectura) o los experimentos del brazo simbólicamente armado del capital: la publicidad y las operaciones de ésta sobre la masculinidad. Principalmente, diría, es acerca del gozoso e inconsciente proceso de sabotearnos, de lo edificante que es pulverizar nuestras fantasías. Y que eso no conduce a una optimización, aprendizaje o mejora personal (ése es el discurso del capital, contra el cual se posiciona la película), exhibe que la repetición de ese proceso es inevitable para nuestra subjetividad. Por lo que aceptarlo, subyugarnos a él, es lo único que podría liberarnos. O, para usar una palabra menos dramática: emanciparnos. Aceptar que sabemos que nada cambiará. Por último, otra cosa que las emparienta y es vital para La invitación: saber cómo desear es mejor que saber qué desear, porque lo primero es más eficiente, por ideológico, y en consecuencia menos cuestionable.
II
Una noche, supuestamente cansada de los altos decibeles sexuales de Pina-Hawk, Angela los invita a su departamento con el propósito de dialogar, conocerse y, eventualmente, exponerles el disgusto para que sean considerados y corrijan su volumen y frecuencia sexual, que se han vuelto intolerables para Angela y Joe porque les recuerda lo que ellos ya no son y posiblemente nunca fueron. Sin embargo, esa invitación es un caballo de Troya. En un inicio, Wilde nos quiere hacer creer que la cita es un esfuerzo por apagar ese pequeño infierno que todos sufrimos: el inmoderado goce del vecino. Joe, después de fumar mariguana y darse valor, tomará el encuentro como una oportunidad para buscar retribución. Angela, que entiende un poco más, para empezar el descarrilamiento.
Angela y Joe son un par de milenials cuya principal tragedia es ser la representación absoluta del meme “el mundo en el que creciste ya no existe”. Una desgracia pírrica que ha terminado por organizar los deseos y represiones de su matrimonio. Joe es un tipo privilegiado, miserable y frustrado al que no se le cumplió el sueño de ser Sufjan Stevens, Bon Iver, St. Vincent o alguien así. A tipos como él se dirige Tyler Durden cuando dice: “We’ve all been raised on television to believe that one day we’d all be millionaires, and movie gods, and rock stars. But we won’t. And we’re slowly learning that fact. And we’re very, very pissed off”. Nada más que a Joe, producto de su época, no se le ocurre inventarse un alter ego y agarrarse a golpes consigo mismo o con extraños. Se decide por la segunda o tercera mejor opción, contener la frustración que le provoca el sueño roto, enseñar aquello que lo apasionaba y creer, equivocadamente, que podrá dominar esa represión, día a día, a lo largo de los años. Además, arrastra la culpa de sobrevivir gracias a la caridad de sus padres, quienes le han heredado un departamento de un metraje impagable para su profesión en una hypeada ciudad genérica del norte global.

Olivia Wilde y Seth Rogen en La invitación (2026). Cortesía de A24
Por si fuera poco, Joe es el menos agraciado de los cuatro. Una condición que le permite sospechar de la promesa libidinal que representa el fantasma Pina-Hawk. (Joe sobrelleva todo gracias al consumo recreacional de mariguana. ¿Algún día dejará Seth Rogen de interpretar al frito buena onda, inofensivamente irónico e infantilizado para enmascarar las carencias de sus personajes y las de él como actor?) Y, también, sabe mejor que los demás lo que es estar metido hasta el cuello en la fantasía imposible de tener sexo con alguien con quien tienes un diferencial de belleza de siete u ocho puntos (Pina, en su caso). Desde ahí es más fácil leer la letra pequeña del intercambio fáustico que los vecinos proponen. Sólo él alcanza a ver la flagrancia y lo fantástico del intercambio y su aparente virtud como garante de la libertad. A Angela eso le pasa por alto porque está, en el primer tercio de la película, convencida inconscientemente del plan. De ahí las dudas de Joe sobre la seducción teórica-sexual de Pina-Hawk y el autosabotaje para realizarla. Porque el afable y torpe Joe arruina su momento íntimo con Pina, el pobre pierde el boleto de la lotería, mientras Angela da pasos más firmes hacia la realización del suyo con Hawk.
Si ambas fantasías van en dirección opuesta es porque Angela tiene una teoría diferente de la que la autocompasión de Joe tiene para ofrecer. Es una idea muy precisa sobre la mejor configuración posible de su matrimonio y, aunque la película no lo dice, se intuye que lleva ya un rato jugándose por su cabal cumplimiento. Pero ¿qué pasa cuando teoría y praxis no se corresponden? Como cualquiera, Angela se convierte en un vector de ansiedad, que se sublima en el diseño de ese departamento que para ella es digno de las páginas centrales de Architectural Digest (o una lista de reproducción en su canal de YouTube). Los azulejos del baño, el tapete de la sala, las fotografías en los pasillos, los cubiertos, los pantones y telas, permutados con tanto ahínco, son la evidencia de un matrimonio esclerótico a la espera de que hoy, mañana o algún otro día por venir, teoría y praxis puedan, por fin, alinearse.
Si no se puede descartar que esa alineación feliz sea una imposibilidad, tampoco hay argumentos para creer que el impedimento sea una condena en sí misma. Y, quizá por eso, Angela es capaz de identificar la amenaza, organizar la reunión con los vecinos y advertir a su marido con casi las mismas palabras que Tyler Durden (la fantasía) le dice al Narrador (su autor) en El club de la pelea: “I’ll bring us through this. As always. I’ll carry you –kicking and screaming– and in the end you’ll thank me”. Sería ingenuo, o inútil, creer que eso implica un final. Ya sea feliz o trágico. Es más, ni siquiera cabe pensar en un final sino en el reconocimiento retrospectivo de la lenta pero feroz erosión de su matrimonio. Es un nuevo amanecer, algo mucho mejor que la apatía matrimonial a la que se aferran. Y Angela es la única con la lucidez para entender que Pina-Hawk pueden salvar o atomizar la relación. De eso Joe no tiene idea, porque, a diferencia de Angela, no tiene una teoría que le dé sentido al drama que se desdobla ante ellos en el purgatorio de su departamento.

Edward Norton y Penélope Cruz en La invitación (2026). Cortesía de A24
III
Mientras eso sucede, Pina-Hawk se convierte en una autoridad a la cual Angela atribuye un saber secreto (relacional y sexual), con el objetivo de revelarles cuál es el siguiente paso que deben tomar en su matrimonio: ¿demolerlo?, ¿redimirlo? Y cómo hacerlo. Sin embargo, la misma Pina les dice: “No soy su terapeuta”. Porque, ya se dijo, Pina-Hawk es una intuición oracular, un saber que Angela y Joe no saben que poseen. Son un fantasma al fondo de su relación esperando una grieta para emerger con la inapelable violencia de aquello que, pacientemente, crece en la oscuridad, alimentándose de remordimientos y rencor. El contraste de la pareja vecina obliga a Angela y Joe a enfrentarse a la bestia negra de su matrimonio, al origen de su desgajamiento: un interés mutuo en descomposición y el fracaso de esfuerzos estériles por revertirlo porque la inercia está impregnada en todo lo que piensan, hacen y desean.
El eventual fracaso de la fantasía sexual, que ni Joe ni Angela son capaces de llevar a cabo, los pone ante el inevitable ajuste de cuentas. Y entonces, como todos, empiezan a asignar culpas y responsabilidades. Exhuman causas y formulan consecuencias, cada uno disfrutando de la dialéctica posición de víctima y juez. Enarbolan los insights más precisos sobre su desgracia, ufanos de una inteligencia emocional que hasta ese momento no habían podido exhibir. O no así, en esas circunstancias. Y por eso las cosas están como están. Ya con ese proceso en marcha, como los hermanos de Marty McFly en la fotografía de su guitarra, la figura de Pina-Hawk empieza a deslavarse. Al final, se esfuman del departamento, sin anuncios, despedidas o explicaciones.
Y recién ahí, después de haber descargado años de negligencias y represión, Joe y Angela quedan frente al peso muerto de su pasado. Un cadáver oculto en la cajuela del auto. Una cicatriz que los obliga a ocultar la cara. Un hábito que no pueden dejar. Una película terrible que deberían dejar de ver pero que necesitan ver hasta el final. Quienes fueron, lo que hicieron el uno por el otro en un inicio ya no significa nada, no tiene vida ya. ¿Qué hacer? Nadie lo tiene claro. Lo único que queda es agarrarse de lo que sea para soportar lo que vendrá. En el caso del triste Joe es volver a tocar el piano, cuando ya no importa, mientras empieza a sonar “Our House” (Joni Mitchell y Graham Nash, otra pareja que naufragó en las mismas aguas). En el caso de Angela, tener la certeza de no saber si ahí, junto al piano, se están saludando por primera vez en años o si, más bien, se despiden por fin. Nunca lo sabremos.