El JACK Quartet retratado por Shervin Lainez
Entre los diversos calificativos que se han aplicado a la obra del JACK Quartet, ninguno se repite tanto como “compleja”. Algunos otros compiten: “Impecable”, por ejemplo, o los petulantes “hermética” o “intelectual” –que, en el contexto donde el JACK tiene la mayoría de su público, no deja de ser risible. El que esas palabras, y otras cuantas, se repitan tanto se puede entender. El proyecto toca esquinas no siempre visitadas. En este sentido, que es también el mejor sentido de todos, su música escapa a las palabras. Habría que sumar uno cuya potencia viene, de hace rato, hecha jirones: radical.
“Una cosa es saltar al vacío. Otra muy distinta es quedarse a vivir allí. Quizás eso fue lo que hicimos”, me dice el violinista Austin Wulliman mientras recuerda el hilo de sus interpretaciones. Aunque complejo, es, en la superficie, bastante sencillo de transitar: Morton Feldman, John Luther Adams u Horațiu Rădulescu no están a una distancia tan pronunciada el uno del otro. No obstante –no habría que decirlo– toda primera instancia es engañosa. Y el JACK Quartet ha transitado, con una dedicación cercana al martirio y la obstinada disciplina, la enorme separación que existe entre artistas en apariencia similares.
“Una cosa es saltar al vacío. Otra muy distinta es quedarse a vivir allí. Quizás eso fue lo que hicimos”, me dice el violinista Austin Wulliman mientras recuerda que el hilo de sus interpretaciones.
Con Helmut Lachenmann empieza todo. El modo de hablar. La tesitura, si se quiere. El rigor. Para Wulliman y el resto del JACK, Lachenmann es una especie de padre intelectual, la brújula, el diferente. Incluso habiendo interpretado –y grabado– a músicos de la talla de Iannis Xenakis, no encontraron el lugar desde el cual mirar su mundo hasta que pudieron seguir al compositor alemán. Con él estudiaron, con él aprendieron sus primeras técnicas extendidas y con él encontraron algo que sólo puede encontrarse a través de los verdaderos maestros: un estilo. “Hace poco conversábamos sobre cómo mucho de lo que hemos hecho ha consistido en ir cada vez más y más adentro de lo que aprendimos con Lachenmann. Ese mismo día hablábamos con Mitsuko Uchida –legendaria pianista japonesa especializada en el periodo clásico– pensando que estamos buscando en Lachenmann las mismas cosas que ella busca en Mozart”.
Uno de los registros más importantes de la década pasada es fruto de esta tenacidad. Los Complete String Quartets (Mode, 2014), de Helmut Lachenmman, incluyen una pieza que debe reproducirse al menos un par de veces tras haberla escuchado por primera vez: Gran Torso. Rara vez se cumple un mito. Ese Gran Torso, ese primer gran momento de aparición del talento de los miembros del JACK, en verdad parece ser diferente cada vez que se escucha. Aquel álbum estableció una forma de actuar en la música que ya no podía ser comparada con otros cuartetos. La audible distancia entre lo que hace el Pavel Haas –no menor, sólo distinto– o el Doric String Quartet –distinto y menor– frente a lo que hace el JACK no es solo estética, pues su dimensión más problemática e imprescindible es, desde luego, política.
La visión que comparten puede resumirse en una frase simple, pero –aún– inflamable: ‘siempre puede escucharse algo nuevo’. Wulliman, por ejemplo, entendió desde muy chico que el instrumento per se no tiene límites; es el intérprete, o en su caso la institución, quien los impone.
La visión que comparten puede resumirse en una frase simple, pero –aún– inflamable: siempre puede escucharse algo nuevo. Wulliman, por ejemplo, entendió desde muy chico que el instrumento per se no tiene límites; es el intérprete, o en su caso la institución, quien los impone. Su madre era organista de iglesia. Para John Pickford Richards (viola) la radicalidad está más bien en las personas; tanto el escucha como el intérprete, el productor o incluso quienes escriben este tipo de textos tienen la responsabilidad de modificar la obra. A más oídos más apertura: el punto es hacer ruido, no sólo por clickbait sino para desafiar cualquier convención. Jay Campbell (violonchelo) sabe que para todo hay que ser demandantes; lo único definitivo es la capacidad de pensar que nada es definitivo. Para Christopher Otto (violín) se puede decir que todo es fácil. Incluso lo difícil, sobre todo lo difícil. Vive con el menor número de distracciones porque considera fundamental tener sólo eso: lo fundamental y acaso una mezcla bien definida de lo que considera supremo (la posibilidad de lo hermético, la defensa del criterio, la amistad). En palabras de Austin Wulliman es un tipo que, con eso en mente, es capaz de “entenderlo y aprenderlo todo”. Lo mismo puede decirse de cualquiera de los cuatro.
Las propias características del cuarteto definen en todo sentido hasta dónde llegan sus posibilidades. Lo sabía Catherine Lamb cuando escribió Divisio spiralis con el JACK en mente. A ellos podía confiarles algo cuyo lenguaje estaba aprendiendo también. La obra “tiene una espiral de notas que existe en un espacio pitch que no tiene nada que ver con las doce notas que todos conocemos. Para ello afinamos nuestros instrumentos a 10 Hz y de ahí seguimos a un espectro de notas establecidas bajo relaciones matemáticas simples, o más o menos simples; por lo tanto se crean posibilidades de contrapunto, de armonía, de melodía que nos eran completamente desconocidas antes”. El lenguaje termina siendo entonces otra cosa: ya no sólo musical, ya no sólo matemático, denso e indefinido en todo aspecto, es decir, una investigación humana. “De aquella experiencia salimos con la sensación de haberle encontrado nueva vida a la pregunta que regularmente nos hacemos: qué carajos es una nota”. Hoy día no tienen respuesta, o tienen infinidad de respuestas. Todas verdaderas y a punto de ser derribadas por la verdad que están por descubrir.
La acción es un tanto política y un tanto espiritual. Como músicos no caen en esa trampa retórica que suele indicar que no hay nada nuevo bajo el sol, sino que aspiran a todo lo contrario. Debe abandonarse todo lo que sabemos para encontrar algo nuevo. “Por algo decidimos no comenzar con compositores que puedan catalogarse de sencillos. La complejidad tiene su encanto”. Luego hace una pausa, como un silencio que no viene marcado en la partitura. “Añadiría que mi misión, como músico, es que escuchemos mejor. Todos: el público, nosotros como músicos. Quiero pensar que siempre es posible oír algo que antes no podíamos. Creo que las obras más interesantes que tocamos son las que, al salir de ellas, me permiten decir que puedo oír mejor”. Y eso pasa en visiones tan personales como las partituras de Cenk Ergün o cuando salen fascinados por el deleite de la incertidumbre que puede escucharse en la música de Felipe Lara, los cuartetos de John Zorn o el Earthing de Clara Iannotta.
“Mi misión, como músico, es que escuchemos mejor. Todos: el público, nosotros como músicos. Quiero pensar que siempre es posible oír algo que antes no podíamos. Creo que las obras más interesantes que tocamos son las que, al salir de ellas, me permiten decir que puedo oír mejor”: Austin Wulliman
Por eso a veces hablan del JACK Quartet como la falsa historia de un cuarteto de cuerdas: aquello es sólo el molde y el molde está para romperse. Y las técnicas para romperlo son también infinitas. La afinación extendida, el peso de la tecnología que permite escuchar sonidos antes imposibles, las variaciones de temperamentos y modos, la textura, el timbre. Encima aparece una lista de interpretaciones que incluyen, ademas de los ya mencionados, a algunos de los compositores más radicales de la actualidad: Liza Lim, Rand Steiger o Trevor Bača, de quien recientemente grabaron Stirring Stills, su debut en ECM, con textos de Samuel Beckett. Una experiencia “inquietante”, en palabras del propio Wulliman. Un corpus así puede, contra todo pronóstico –pues constituye, en efecto, una obra escrita y desarrollada en nuestros tiempos– hacerle justicia a la palabra radical.
Esta proposición se alimenta de otro lado, completamente distinto. Como decíamos arriba, no dejan de ser músicos de nuestros tiempos. No es que hayan permanecido aislados de la realidad y jamás hayan escuchado a The Chemical Brothers o a Beck cuando tenían 12 o 13 años ni pensado que siempre se puede empañar la mirada y cambiar el enfoque. “Necesitas saber del mundo del jazz, de la música electrónica. A veces, y de forma mucho más radical que de la música académica, de los géneros populares viene una fuerza que cambia lo que puede ser un cuarteto de cuerdas. Sin duda venimos del Arditti, del Kronos, pero también de Autechre”. Es algo a tener en cuenta cada que se abre el estuche. Insistir en que cada actuación puede ser tan divergente como sea necesario. Por eso con el JACK, como con los mejores jazzeros o músicos de electrónica, no puede nunca esgrimirse un argumento del tipo “Ya lo vi”. Wulliman dice algo que ni siquiera requiere retoque: “A mí me pasa con Coltrane, por ejemplo. Escucharlo me hace pensar que tiene sentido ser músico”. Tiene sentido escuchar.

Una interpretación del JACK Quartet retratada por Cherylynn Tsushima
Por los géneros populares, el JACK sabe también que no se trata de virtuosismo. Desde luego tiene que existir un rasgo de calidad y dificultad técnica, de complejidad, vamos, que les interese, pero es apenas una veta. Puede ser aún más simple: adónde lleva el rumbo que está marcando este compositor. “Es una cuestión de… no sé exactamente qué palabra quiero en inglés o en español, pero un enfoque, un commitment, en sí mismo, en su proyecto; en lo que el proyecto le haga al panorama”. Es más que un compromiso, es una política. Y tiene que ser tan radical como encontrar una parte del oído, del pensamiento, que antes no estaba prendida y despertarla.
El JACK Quartet se presentará el sábado 3 de octubre en la sala Carlos Chávez del Centro Cultural Universitario, Ciudad de México, como parte de las actividades del Festival CulturaUNAM 2026.