16 de agosto de 2017

La Tempestad

También las artes cambian al mundo

29/09/2026

Literatura

Tres libros que quiero leer

Sobre crítica y dictámenes literarios a partir de ‘Bobi’, de Roberto Calasso, y ‘Momo en los infiernos’, de Guillermo Espinosa Estrada

Guillermo Núñez Jáuregui | martes, 29 de septiembre de 2026

Roberto Bazlen. Fondo Bazlen di Luciano Foà - ph. © G.P. Calasso

Hace unos veinte años escuché decir a un prominente crítico mexicano, medio en broma, medio amargamente, que un problema de la crítica en nuestro país es que todo mundo se conoce. Creía él que ese problema no ocurría, digamos, en Londres. No estoy seguro de eso, especialmente ahora que tantos participamos de las redes sociales, pero el otro día estaba muy tranquilo tomando un trago con un par de amigos cuando resultó que conocían a un tipo al que yo, años atrás, le había dictaminado negativamente un libro. Digo tipo pero la verdad es que en persona fue bastante agradable, se quedó un rato a cotorrear con nosotros. Por supuesto, él nunca se enteró (hasta donde sé) de que dictaminé su libro. Fue un encarguito de una transnacional en la que un amigo trabajaba. Cada tanto me pasaban alguna chambita, ya fuera de dictaminación o de traducción. Debo decir que no era precisamente un escritor sino alguien interesado en que le publicaran un libro –algo serio, alejado del veloz, cruel y frívolo mundo de la publicidad, que era de donde sacaba dinero. Por la sonrisa, la ropa que llevaba, su manera desenvuelta, creo que sacaba bastante dinero. ¡Envidiable! Digo estas cosas con algo de amargura y algo de comicidad porque es real: el problema en México es que todo el mundo se conoce. Lo noté en el hecho de que aquella noche me autocensuré, no le pregunté por su novela.

La novela, pese a mi explícita petición (era uno de esos relatos semiserios, realistas, en el que un chilango se despierta crudo y descubre que su novia lo dejó), fue publicada. Todavía recuerdo la sensación de traición que sentí conmigo mismo cuando me permití participar en la farsa: mi amigo me explicó que tenía razón, que el dictamen era certero, pero a la editorial le interesaba publicar el manuscrito porque el tipo (ya es tipo de nuevo) tenía muchos seguidores en alguna red social. Esa noche, al regresar del bar, recuerdo que busqué el título y vi que, en efecto, había sido publicada en una editorial española, pero yo nunca lo vi en librerías ni leí reseñas ni nada. Así que todo dio un poco igual.

Cuento estas cosas no porque crea que la dictaminación editorial, la que se hace por encargo y en privado, sea exactamente el tipo de crítica pública a la que aquel crítico prominente se refería –su comentario iba por el lado de que la gente en nuestro país se guarda de escribir lo que realmente piensa sobre lo que lee, por andar de quedabién, y que eso impedía tener conversaciones serias sobre literatura. Al mismo tiempo hubiera sido de muy mal gusto, incluso sociopático, que me presentara con el tipo del bar como el dictaminador anónimo (¡pasados tantos años!), a pesar de lo cual se publicó su librito que ni fu ni fa. Pero lo recordé porque hace un par de días terminé de leer un par de libros interesantes que bordean estos temas. Momo en los infiernos (Gris Tormenta, 2023), de Guillermo Espinosa Estrada, y Bobi, de Roberto Calasso, original de 2021 y recientemente traducido al español por Edgardo Dobry.

Roberto Bazlen

No comentaré demasiado el libro de mi tocayo (¡porque lo conozco!) pero pueden leer la entrevista que vinculé arriba. Excepto por lo esencial: representa muy bien la batalla, cómica, del crítico amargado (con el que me identifico) y quienes no ven tan mal el asunto (los profesionales). En su libro, que se lee con estructura dramática, los profesionales son representados por las voces de tres Benévolas: una es una joven promesa, incumplida, de la literatura latinoamericana, que vive ciertas dificultades para encontrar editorial y empieza a considerar la autopublicación; otra es una académica interesada en la creación y en el estudio de lo que hoy algunos, horror, llaman “liternatura”; y la tercera es una promotora de lectura y gestora cultural, así como booktuber y tuitera; una editorial trasnacional ya le dio un adelanto para que escriba una novela. Pasados tres años desde que se publicó el libro de Espinosa, hoy sabemos que la tercera de las Benévolas es a quien mejor le va. Bueno, sí y no.

Sí, porque alguna gente así vive un gran momento. Y no, porque vive en el autoengaño o en el cinismo. Hace poco escuché decir a un artista prominente que, así como existían premios (como el Gorrita Azul), deberían existir castigos en el mundo del arte. Yo creo que algunos premios, como el Gorrita Azul, también son castigos; tanto como haber conseguido cierta celebridad en redes como comentador de libros o poder cobrar por hablar en público. Creo que todo eso implica su propia condena. Es algo que luego olvidamos, como los días en que despertamos deshidratados, nos están golpeando la puerta para cobrar la renta y descubrimos que nuestra novia nos ha dejado. Pero sinceramente lo creo. Y aquí viene a cuento Bobi (Anagrama), de Calasso, su homenaje a Roberto Bazlen (1902-1965).

Confieso que traía estas cosas en la cabeza y que tiempo atrás había leído ya los Informes de lectura de Bazlen que La Bestia Equilátera compiló en 2012 (así como su extraña novela de aventuras, El capitán de altura), así que pensé que Bobi sería un recuento del Bazlen lector, tal vez una reflexión iluminadora sobre el trabajo del editor o el placer de la lectura atenta. Cosas que, ahora detecto, tienen un aroma profesional. Hay algo de eso, por supuesto, pero los párrafos sobre Bazlen que escribió Calasso terminan siendo algo más. Hay un ajuste de cuentas importante con Montale, pero sobre todo se desprende que hubo un momento histórico esperanzador en el que uno podía estar realmente interesado en el arte sin necesidad de hacer algo con él –algo material o profesional. No se trata tanto de crear santos seculares, sino de reconocer el valor de ser exigente, auténtico, en paz de no estar tan al tanto. Por ahora el libro me deja un listado de libros que no me interesa reseñar, dictaminar ni nada, sólo me da curiosidad leer tres “nuevos” libros que no conocía. Hace tiempo que no sentía eso. Son Relatos de un peregrino ruso, Solitary Confinement (aún sin traducir al español), de Christopher Burney, y Padre e hijo, de Edmund Gosse.

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