16 de agosto de 2017

La Tempestad

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24/09/2026

Pensamiento

Universidad, genocidio y apartheid

En ‘Torres de acero y marfil’ (Verso), Maya Wind documenta la complicidad de las universidades israelíes en la opresión del pueblo palestino

Alejandro Badillo | jueves, 24 de septiembre de 2026

Universidad Hebrea de Jerusalén

El lunes 25 de noviembre del 2024 un grupo de artistas, académicos y personas relacionadas con el mundo de la cultura publicó un desplegado en el periódico Excélsior. El texto, firmado por Enrique Krauze, Claudio Lomnitz, Vicente Quirarte, Yael Weiss, José Woldenberg, David Medina Portillo, Rafael Pérez Gay, Arturo Ripstein, Hugo Hiriart, Malva Flores, Christopher Domínguez Michael y Ezra Shabot, entre muchos otros, rechazaba la decisión de El Colegio de México de suspender un convenio de colaboración con la Universidad Hebrea de Jerusalén. Para los firmantes, el boicot académico del Colmex era una medida “unilateral” que atentaba contra “la libertad de pensar, disentir y cuestionar”. No sólo eso. Poco después afirmaron que en la Universidad Hebrea de Jerusalén (UHJ) “los estudiantes judíos conviven con alumnos y maestros musulmanes y cristianos alimentando la diversidad que nutre el conocimiento”. Argumentaron, también, que siete premios Nobel que han dado clases en la UHJ avalaban la pluralidad de las ciencias y humanidades que se practican en la institución.

El 29 de noviembre de aquel año, Roberto Breña –profesor-investigador del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México– defendió la ruptura de relaciones en un texto publicado en Revista Común. El académico argumentó que la decisión se tomó por la clara –y documentada– relación entre la UHJ y el aparato militar israelí. Después de los actos terroristas de Hamás del 7 de octubre de 2023, el ejército israelí aceleró el exterminio humano en la Franja de Gaza. No sólo eso: el gobierno ultraderechista de Benjamín Netanyahu aprovechó el escenario para radicalizar la limpieza étnica comenzada en décadas anteriores, respaldada –según encuestas– por una buena parte de los ciudadanos de ese país, salvo honrosas excepciones de grupos organizados que han tratado de evidenciar y resistir el embate de una sociedad cada vez más volcada al supremacismo étnico y religioso y sus muy diversas ramificaciones ideológicas.

En este contexto, más allá de las pruebas documentales, es fácil suponer que las universidades israelíes y la educación en general no son ajenas a lo que sucede en Israel. Los países inmersos en procesos que los llevan al totalitarismo usan a la educación como herramientas de control ideológico, propagandístico, tecnológico, entre otras funciones, un hecho que no consideraron los firmantes del desplegado en Excélsior, quienes asumen que el sistema universitario israelí es una suerte de oasis de libertad completamente aislado de la realidad que lo rodea.

Maya Wind –antropóloga israelí y académica de la Universidad de Columbia Británica– publicó en 2024 (la traducción en español apareció este año) Torres de acero y marfil. Cómo las universidades israelíes destruyen la libertad palestina (Verso). El ensayo es una prueba contundente del papel de las universidades israelíes en el genocidio palestino y las diferentes estrategias de control que implementan contra la población palestina absorbida desde la Nakba (la limpieza étnica de los árabes gazatíes) a finales de la primera mitad del siglo XX. Wind, a partir de una minuciosa documentación y fuentes diversas, analiza el papel de las principales universidades israelíes en la política de apartheid denunciada por la ONU y otras instituciones globales. La arqueología (borrado de la cultura musulmana para, de esta manera, expandir los asentamientos judíos), el derecho (infraestructura discursiva que justifica las violaciones de los acuerdos internacionales de los derechos humanos) y los estudios sobre Oriente Medio (conocimientos lingüísticos, regionales y formación académica al servicio de las fuerzas armadas) son los tres pilares en los que se basa la producción de conocimiento puesto a disposición de un sistema que pretende exterminar a una población que considera inferior o moldearla para que olvide su pasado y cualquier reivindicación asociada a la memoria.

Maya Wind ofrece un ejemplo muy claro: “según la versión oficial de la Universidad Hebrea, el campus de Givat Ram se construyó sobre una ‘colina rocosa y desierta’. En realidad, se construyó sobre las ruinas de la aldea palestina de Sheikh Badr, cuyos habitantes fueron expulsados de sus hogares por la milicia paramilitar Haganá en 1948”. La segunda universidad más antigua de Israel, como muchas otras, ha funcionado como enclave con un doble propósito: expulsar a la población palestina y ser puesto de avanzada para controlar aldeas y pueblos vecinos. Las promesas de la educación universitaria se enfrentan, en el caso de Israel, con una realidad incuestionable: el Estado israelí construyó, desde su fundación, un sistema educativo asociado directamente a una ideología nacionalista y promotora de una pureza étnica. La población árabe que, con el tiempo, llegó a las aulas de las universidades no tuvo ninguna oportunidad de debatir ni conocer su historia, incluso siendo un grupo mucho más numeroso que los judíos que llegaron después de la Segunda Guerra Mundial y migrantes posteriores.

Torres de acero y marfil documenta, también, la transformación de las universidades israelíes en campus al servicio del ejército. ¿Qué pasaría en algún otro país si militares en activo convivieran en las aulas con población civil? ¿Qué críticas habría si las máximas autoridades académicas de las universidades más importantes fueran ex militares y que las instituciones fueran una suerte de extensión de un gobierno volcado a una guerra sin fin? Sin embargo, como evidencia Wind –que tuvo acceso a documentación gracias a su estatus étnico–, se sigue creyendo en la fantasía de Israel como excepción en Medio Oriente, la única democracia en la región y el bastión de ese concepto problemático y muy discutible llamado Occidente.

En la segunda parte del libro, la autora revisa varios casos –la punta del iceberg que aún se puede documentar– de estudiantes y académicos que han intentado llevar a cabo lo que, en teoría, es la función de cualquier universidad: el debate, la libertad de cátedra, el cuestionamiento y la crítica. Para palestinos y los escasos profesores judíos críticos con el sionismo, la lucha es diaria para intentar cuestionar el pasado y la sociedad en la que viven. Sin embargo, como afirma la misma autora al final de su extensa investigación, las universidades israelíes siguen el funcionamiento de cualquier Estado colonial. Al igual que innumerables instituciones de educación superior de Estados Unidos, Sudáfrica, Nueva Zelanda y Canadá –entre otros–, las universidades israelíes nacieron gracias al despojo de tierras indígenas y, una vez establecidas, se volvieron una parte fundamental de un Estado etnonacionalista que ha implementado la “judeización” como complemento ideológico a la limpieza étnica que se ha llevado a cabo desde el mismo origen de Israel en 1948.

Maya Wind, Torres de acero y marfil. Cómo las universidades israelíes destruyen la libertad palestina, prólogo de Nadia Abu El-Haj, epílogo de Robin D. G. Kelley, traducción de Pablo Abufom y Vicente Durán, Verso, Barcelona, 2026

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