16 de agosto de 2017

La Tempestad

También las artes cambian al mundo

18/09/2026

Artes visuales

Políticas del goce en el MCA de Chicago

Esteban King revisa la destacada exposición ‘Dancing the Revolution’, presentada en el Museo de Arte Contemporáneo de Chicago

Esteban King Álvarez | jueves, 17 de septiembre de 2026

Josefina Santos, ‘Dominican Sound Systems 1’ (2021). Cortesía de la artista

La exhibición Dancing the Revolution: From Dancehall to Reggaetón, presentada en el Museo de Arte Contemporáneo de Chicago entre abril y septiembre, parte de una premisa tan sencilla como radical: que el baile y la música son territorios vivos para la política. El proyecto es notable por su carácter intermedial –el entrelazamiento del arte con el sonido y el movimiento corporal–, pero también por algo más difícil de lograr: convertir al museo en un espacio donde las expresiones culturales cotidianas se vuelven legibles como formas de resistencia y transformación social.

Organizada por un equipo curatorial dirigido por Carla Acevedo-Yates, la muestra explora, en primer lugar, cómo las dinámicas de producción, circulación, escucha y baile están ligadas no sólo a las innovaciones tecnológicas, sino a su modificación, adaptación y jaqueo, como es el caso del emblemático sound system jamaiquino –ese mueble con enormes bocinas que funciona como una discoteca móvil para improvisar fiestas y conciertos en distintos puntos de una ciudad.

La muestra abre, precisamente, con la escultura Sole Imperial (For Patrick Johnson) (2019), de Cosmo Whyte (artista jamaiquino radicado en Los Ángeles): un sound system donde suenan fragmentos musicales y una entrevista de Whyte con su tío, Patrick Johnson, quien narra cómo estos dispositivos eran el centro del barrio donde creció y se crió junto a la madre del artista. La elección no es casual: al colocar esta pieza en el umbral del recorrido, la curaduría establece desde un inicio que el sound system no es simplemente un objeto tecnológico, sino un archivo vivo de memoria comunitaria, resistencia y pertenencia.

El mueble elaborado por Whyte abre un recorrido que recoge pinturas, afiches, fotografías, videos, instalaciones y obras de creadores provenientes de numerosos países de América Latina y el Caribe, así como de las comunidades migrantes principalmente en Estados Unidos e Inglaterra, donde se entrecruzan la música y el baile con la política y la vida cotidiana. 

Dancing the Revolution

Denzil Forrester, Duppy Deh (2018). Collección de Margot y George Greig. Cortesía del artista y de la galería Stephen Friedman, Londres y Nueva York. Fotografía: Stephen White & Co.

La exhibición integra igualmente fotografías y videos de los espacios de producción musical –estudios caseros e improvisados en Jamaica–, que van desde la fotografía de Beth Lesser de un músico jugueteando con un teclado en una terraza –sin más acabados que las rejas y el cemento gris– hasta la captura realizada por Adrian Boot del mítico estudio Arca Negra, instalado por Lee “Scratch” Perry en su casa familiar en Kingston y en donde experimentó con el reggae, el dub y el dancehall. Más que la mirada etnográfica o exotista capturada por agentes ajenos al movimiento, estas fotografías y las series subsecuentes destacan por haber sido tomadas desde dentro, desde esa proximidad que revelan solamente las miradas íntimas. 

Los registros visuales de los sound systems y estudios caseros se expanden a lo largo del recorrido a otros contextos, dando cuenta de cómo el desarrollo de sistemas de altavoces portátiles y DIY se extiende por toda América Latina. Esto es precisamente lo que documentan las series fotográficas de la colombiana Josefina Santos dedicadas a los equipos ambulantes de la diáspora dominicana en Nueva York, donde los automóviles son intervenidos con una cantidad de bocinas que roza lo inverosímil –lo cual funciona al mismo tiempo como una afirmación y un despliegue de identidad en el contexto estadounidense. De igual forma, es difícil no pensar en el ámbito mexicano y la estética de los sonideros cuando se observa la colección de rótulos dedicados a promocionar los eventos de dancehall que reunieron Matthew McCarthy y Maxine Walters para la exhibición.

Uno de los aciertos de Dancing the Revolution es que contempla asimismo obras centradas en el universo del baile, las calles y los clubes. Además, no se detiene en el registro aural, fotográfico o audiovisual, sino que se adentra en la aparición visible de los fenómenos sonoros y los encuentros corporales a través de diferentes medios. De entre las pinturas, dibujos y afiches que conforman este imaginario, probablemente el caso más significativo es el de Denzil Forrester, artista del archipiélago caribeño de Granada que migró a Londres en 1967. En las pinturas que realizó desde entonces y durante las décadas siguientes, Forrester retrató la energía, los movimientos y las interacciones de los clubes clandestinos, donde se reunían las comunidades migrantes segregadas por la hostilidad racial de la sociedad inglesa. 

La potencia de las obras de Forrester –donde se percibe no sólo el ritmo y la musicalidad, sino incluso las sinergias eróticas o la mirada punitiva de las autoridades– se complementan con las fotografías históricas de Denis Morrit, otro jamaiquino que retrató a las comunidades caribeñas en el Reino Unido, así como con un registro audiovisual de Isaac Julien donde documenta el festival de Notting Hill de 1966, punto de encuentro de las comunidades racializadas de Londres. 

Dancing the Revolution

Cosmo Whyte, Sole Imperial (For Patrick Johnson) (2019). Ingenieros de sonido: Kareem Johnson y Patrick Johnson. Cortesía del artist y de Anat Ebgi, Los AÁgeles / Nueva York. Fotografía: Mason Kuehler

Dancing the Revolution contempla también una revisión de las tradiciones espirituales del Caribe y su relación con el canto y la música, estaciones de escucha con playlists musicales y videos de artistas que trabajan con los medios de comunicación o los imaginarios cuir. En última instancia, una de las apuestas centrales del proyecto es dar cuenta de cómo el baile y la música forman parte sustancial y constituyen una agencia para la revolución y la transformación social. Siguiendo lo escrito por Acevedo-Yates en el catálogo que acompaña al proyecto: 

En contextos coloniales, la música, la danza y otras formas de expresión cultural son vías accesibles para afirmar la soberanía en medio de los desafíos cotidianos de la violencia colonial. Se trata de las “políticas del goce”, un ejercicio colectivo de los sentidos en el que las prácticas de performance cultural del Atlántico Negro funcionan como espacios intangibles donde la soberanía es reimaginada y reclamada. Como el golpe de un tambor, estas prácticas despiertan en nosotros una fuerza vital esencial. Nos permiten acceder a niveles de conocimiento encarnado y de alegría que son intuitivos y que se mueven con la naturaleza improvisatoria de la vida caribeña misma –ajustándose y adaptándose constantemente a los sonidos, ritmos y sensaciones que nos rodean.

Una de las piezas centrales en el argumento curatorial es una enorme fotografía de 2019 en la cual el puertorriqueño Eric Rojas retrata un momento de las manifestaciones contra el entonces gobernante, Ricky Roselló, donde aparecen Ricky Martin, Residente y Bad Bunny. Dichas manifestaciones resultaron en la renuncia de Roselló, y fueron detonadas por la filtración de audios donde el político intercambiaba mensajes ofensivos, misóginos, homófobos y burlas sobre las víctimas del huracán María. En la misma línea, la exhibición contempla diversas fotografías del también puertorriqueño Supakid –Sin título (Ricky renuncia, 2019)– donde se aprecia la energía emanada por los cuerpos en revuelta, así como el registro audiovisual de estos acontecimientos capturados por Natalia Lasalle-Morrillo. 

En la conjunción de arte, política y música resulta particularmente poderosa la instalación de Garvin Sierra Vega, Retratos de una deuda (2023), un cuarto repleto de tickets, emitidos por la ficticia “casa de la deuda”, en cuyas impresiones aparece la historia colonial que, a la fecha, caracteriza la relación de Puerto Rico con Estados Unidos. Las imágenes impresas en estos papeles aluden a la historia de la isla en el contexto más amplio de las intervenciones estadounidenses en América Latina, mientras los textos consisten en nombres y datos entremezclados con letras de canciones que, en conjunto, permiten adentrarse en los pormenores de esta historia.

Ante la dificultad de capturar la esencia de la música y las pistas de baile del dancehall y el reguetón solamente a partir de dibujos, fotografías, registros audiovisuales, pinturas, etc., el MCA realizó una apuesta que vale la pena tomar en cuenta: convertir al museo mismo en un espacio de fiesta desde, al menos, dos perspectivas. En primer lugar, una de las últimas salas del recorrido exhibe la pieza-escenario de Radamés “Juni” Figueroa, Karaoke El Nuevo Horizonte (2015-2025), que consiste en la instalación de un espacio de karaoke con una selección enorme de canciones tanto de dancehall y reguetón, como de salsas, reggae, cumbias y diversos ritmos del Caribe. Estas pistas en español pueden ser interpretadas por los espectadores, transformando la parsimonia característica de un museo en un espacio de performance, canto y baile. En la misma sala destaca la inclusión de una rocola confeccionada por la colombiana Carolina Caycedo que también puede ser activada, así como dos sillas de plástico envueltas en imágenes de Bad Bunny, obra de Edra Soto, las cuales remiten –como si fuera necesario explicarlo– a la última entrega discográfica del cantante puertorriqueño.

Por otra parte, el MCA optó por una apuesta más radical aún: la organización de numerosas actividades en el mismo espacio del museo donde se pudiera vivir y sentir la vibración del sonido entre cuerpos en movimiento. En particular, el sábado 25 de julio fue presentado Prime Time – Dancing the Revolution, un evento abierto al público que buscaba convertir el recinto en un club de baile. Ese día, además de abrir sus exhibiciones al público hasta la 1:00 am e instalar barras de bebidas, se programaron performances y talleres de baile y dibujo, mientras la planta principal se convertía en una pista de baile con su propio sound system. En una noche como Prime Time la pregunta generalmente retórica, sobre si el museo puede ser una fiesta, se respondía de manera afirmativa, entre cuerpos sudorosos, perreo e intrépidos movimientos de cadera. 

La exhibición, en resumen, no sólo resulta un ejercicio interesante en términos de las historias, identidades y disidencias que aparecen en el baile y la música, sino en cómo estas manifestaciones culturales pueden leerse en relación con las prácticas artísticas contemporáneas y los movimientos sociales. La amplitud geográfica del proyecto –el Caribe, América Latina, las diásporas del Norte Global– y la densidad de la apuesta curatorial confirman que el baile y la música son, también, una forma de hacer política y de escribir la historia.

Dancing the Revolution: From Dancehall to Reggaetón se presenta en el Museo de Arte Contemporáneo de Chicago del 14 de abril al 20 de septiembre de 2026

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