10/09/2026
Literatura
Sobre (y de) ‘Tragazona’
Matías Ruiz lee el libro más reciente del escritor y artista peruano Rodrigo Vera Cubas, del que ofrecemos una selección de poemas
Cortesía de Álbum del Universo Bakterial
“A cierta distancia / la luz no puede / alcanzarnos”
Matías Ruiz
1.
“Nobody wants any more poems / about foreign cities”. Tomo el epígrafe de Charles Tomlinson que abre el libro como una advertencia y, al mismo tiempo, como una clave de lectura. Tragazona (Álbum del Universo Bakterial, 2026) no es un libro sobre una ciudad extranjera. Si bien los textos que lo componen giran en torno a una serie de referentes espaciales (la Tróade de Misia, el monte Ida, el Gárgaro, el río Esepo, etc.), quien abra sus páginas buscando fijar un escenario, una voz, el relato de un viaje, fracasará. Me gustaría, en su lugar, introducir la idea de que lo que guía la propuesta de Rodrigo Vera Cubas (Lima, 1987) es un cuestionamiento de la mirada a partir de múltiples cambios de escala y posiciones de observación.
La mirada resulta un problema central desde el primer poema. “dónde mirarnos”, se dice en el verso inicial. Esta primera escena nos sitúa ante una percepción dislocada para la cual los referentes espaciales, el “contexto”, han sido desdibujados. ¿“dónde mirarnos” si se ha “abandonado el contexto” y los puntos de referencia se han vuelto inestables, si lo que vemos es, desde un inicio, un paisaje estallado, reducido a un cúmulo de detalles y superficies flotantes? ¿Dónde ubicar la mirada?
2.
La colocación a distancia es una de las formas bajo las cuales se organiza la visión del sujeto de los textos. Allí se mide la tensión entre aquello que resulta visible y aquello que no. En La invención de lo cotidiano, Michel de Certeau plantea una distinción entre la mirada a distancia, de quien se ubica en una posición alejada para ver, en un afán totalizador, la ciudad como conjunto, y la mirada trashumante, la del sujeto perdido entre la multitud e inmerso en la experiencia de una espacialidad que se le muestra opaca. Pero la poética de Vera trabaja las escalas espaciales más allá de ese sentido jerárquico. Lejos de proporcionar una visión de conjunto, nítida, en que la ciudad aparece como un texto perfectamente legible, aquí la toma de distancia se presenta más bien como índice de pérdida:
a cierta distancia
la luz no puede alcanzarnos
y no hay forma de medir
lo que allí ocurre existe
O como contradicción:
vi la ciudad a lo lejos
no
la vi
En otros casos, esta mirada a distancia se configura a partir de un movimiento de zoom out con el que el hablante de los textos nombra los distintos elementos de la escena que lo rodea:
hola glande, hola techo, hola cielo millonario, hola humedad presión
temperatura laxitud del universo roca ácida en lugar de asteroide que no
huele peponcito de sopa primigenia
Hay, entonces, una consciencia del paralaje, es decir, de que distintos ángulos de visión producen realidades igualmente distintas. La crítica a la perspectiva se centra, así, en desarticular las formas de percepción habituales, en hacerlas estallar, por ejemplo, a través de la paradoja: “el Diplodocus será siempre gigante / incluso a la distancia / no importa dónde estén tus ojos / ni dónde esté su cara”.
3.
La existencia o no-existencia de aquello que es perdido para la visión aparece como uno de los tópicos centrales del libro. La repetición de la palabra “existe” al final de cada uno de los poemas que conforman la segunda sección puede leerse no sólo como un guiño a la poesía enumerativa de Inger Christiensen, sino también como la insistencia por nombrar una realidad que se escapa a la mirada. De ahí que se aluda a una serie de interlocutores antagónicos que metonímicamente refieren al cálculo, a la técnica y a las formas institucionalizadas de medición del espacio: el cartógrafo, el topógrafo, el espeléologo, etc. De esta forma, la presencia de una mirada dislocada y lacunar frente a otra de afán totalizador es lo que rige la experiencia perceptiva del poemario: “yo la verdad me habría quedado feliz / apreciando mi descomposición / pero vinieron / los señores con sus reglas / a querer forjarme / un estilo sideral un estilo en base”.
En Tragazona los referentes geográficos aparecen dentro de un juego de tensiones entre lo visible y lo invisible, entre lo legible y lo ilegible. El monte Ida es, por ejemplo, un escenario recurrente, pero un escenario enrarecido e inestable. A lo largo del libro, sea por los constantes juegos de perspectiva o por la experimentación sonora, los referentes espaciales quedan disueltos, o prácticamente irreconocibles. Y esto ocurre precisamente allí donde lenguaje y mirada entran en conflicto: “el name distorsiona las escalas y ensombrece los accesos”. La tensión entre ver y nombrar tiene como efecto la distorsión y, en algunos casos, el borramiento de estos referentes.
Creo que hacia allí apunta la descomposición tipográfica que el libro hace de las coordenadas que titula cada una de las secciones del libro. Es decir, es en ese gesto de contracción y superposición de los caracteres que conforman estas coordenadas donde se llama la atención sobre la imposibilidad de leer una ciudad ajena, y es en ese extrañamiento donde el sujeto poético se vuelve Otro en el acto de enunciación: “Soy el travesti de mi novia favorita”.
Hay un extrañamiento del “yo” producido en el habla del sujeto poético que puede rastrearse a partir de la introducción de la figura del doble. En algunos casos, el sujeto aparece como un elemento más del espacio observado, es decir, se mira en tercera persona: (“alguien con mi cara / intenta hacer música / frente al banco Pichincha”). Se produce así una enajenación que opera como un proceso de desconocimiento de la propia imagen. Las posiciones paradójicas (que recuerdan al Vallejo de Trilce, el de “esas posaderas sentadas para arriba”) desplazan en el cuerpo mismo del hablante la posibilidad de su reconocimiento como un todo (“no soy el lugar en el que estás / estás / en el lugar en el que soy”). Esto ocurre también, desde luego, en el recurso a los juegos de combinatorias. En algunos casos, las posiciones de los elementos convocados en el texto se alternan hasta el punto de desdibujar cualquier imagen reconocible de un cuerpo o escena: “la intercambiabilidad de las flores tiene un costo”, dice uno de los poemas.
4.
Quisiera terminar aludiendo al tópico del viaje y llamando la atención acerca de que la deriva que emprende esta poética, su desplazamiento interno, tiene que ver, más que con una dimensión geográfica, con el trabajo constante sobre la sonoridad del signo. El juego de paronomasias, homofonías, aliteraciones y calambures abre la lectura a un desencuentro entre sonido y sentido, a una deriva significante plegada sobre sí misma. Pongo solo un ejemplo: “Ama mantra mez quita lamano otomano mustio sin faquir echado”. El exceso de sonido aparece entonces como un agente deformante en que el habla enajenada del sujeto, en un gesto logofágico (y allí una posible resonancia con el “tragar” del título del libro), cancela la posibilidad de reconstrucción de un relato, de una memoria de viaje.
En ciertos casos, los textos llevan a cabo una deconstrucción sonora de formulaciones iniciales, como en el poema “[baba i ajos]”, donde la frase “el trabajo está en su sitio” es sometida a procedimientos de permutación y fragmentación (el mismo título del poema es un ejemplo de ello). Con todo, no se trata de una poética que ha renunciado a “la exactitud del nombre”. De hecho, uno de los logros de Tragazona consiste en proponer un balance entre formulaciones proliferantes, diseñadas por el oído, y otras más bien contenidas, que se articulan a través del registro sensorial, del relato de la percepción. Sonido y sentido, así, se mueven en una tensión que a lo largo del libro no alcanza a resolverse. O como dice uno de los poemas: “cuídame de los sonidos que del sentido me cuido yo”.
Tragazona (selección)
Rodrigo Vera Cubas
Champa de recuerdo amoratado, brama afuera
Bajo drones, casi raqueteo un pie cappadoxio en las aldeas. Chola algarabía aerostática cunde lejos y en una sola garganta te diría
hola glande, hola techo, hola cielo millonario, hola humedad presión temperatura laxitud del universo roca ácida en lugar de asteroide que no huele peponcito de sopa primigenia, hola alambres satélites merluzas melaza carne sajiro palos nubarrones kilometrajes forrados en Tul y almácigos impuestos peluches médulas juncos bolsas leyes vidrios murciélagos de nariz tubular sanguijuelas eucaliptos musarañas queso petróleo eneldos algas miel de abejas y elefantes vuelvan a juntarse vida imbécil!
los adoro a todos los adoro
sin topógrafos que exclamen
tu ojo es sádico, pero zonificado
las carcasas del orden lo demuestran
perdón, amor
así te diría
así está la cosa últimamente
así de pulcra
hoy
[hijo ido]
nadar en la repercusión del agua
es una imagen demasiado mental
ella dijo
no hay sumersión posible
en el efecto
las aguas bajan y en la vejiga te pienso mientras
rebota la orina en un vértice formidable
de mí mismo aún para él
desconoc
ido
tal es la liquidez que está ocurriendo
casi de golpe
ijo
[lugares]
soy el travesti de mi novia favorita
soy egoísta así que elijo mi ropa
para vestirme de ella
me alcanzo una ciudad
recojo las costumbres
resiento en todos los besos la lengua
del imperio
antes de bañarla
anoto cada uno de sus pliegues
siento al colorete facial dibujar
bucles sobre mi espejo
empañado
parto en dos la idiosincrasia
de su aliento
inhalo
la clase social la exhalo
y despido mi aroma íntimo
para sudarme de ella
luego me ovillo
en su regazo mojado
y registro la espera
cuando la ropa de paso al cuerpo
no soy el lugar en el que estás
estás
en el lugar en el que soy
dijo el travesti de mi novia favorita
cuyo nombre lejano
termina adentro
como el esperma de ese otro monstruo
celado
que ahora soy
sin dejar sernos
[parece aceite]
descansar y mirar las rejas de las tiendas cerradas de golpe a la vez que cierran las fronteras y se abren los puertos de containers, como un entendimiento en el mar negro
el berlón, el cuco y el golondro son signos en la noche distante
la foca monje ha huido del mediterráneo y el paiche aquí no tiene nombre
parece aceite el mar de noche, había leído sobre una carretilla vieja parchada de stickers luminosos
parece aceite refractado en el ojo, lo que busco, meditaba escaldado, mientras nombraba a los peces
miraba rejas
miraba el brillo de las mercancías filtrándose entre cajas
miraba el acueducto disiparse en las fronteras
la cadena de suministros interrumpida por moluscos y corales
me miraba en el espejo de la circulación
sin logística
sin nada
rodeado de enfrentamiento puro me miraba
en el mar de la tranquilidad
hasta alcanzar un reflejo de proporciones inhumanas
me miraba en la violencia de las máquinas frotando
el último bien social utilitario
miraba azulejos, moscas y alicates trenzando
la fuerza ideológica la síntesis falsa
la línea divisoria entre lo instrumental
y lo sentimental
me miraba resueltamente
incompatible con la contemplación
en una posición impensable desde entonces las rejas
se cerraban
la lotería del mar universal mezclaba todas las bolas
minutos antes del relam
pago
[´´]
el agua guagua
deslizando
pue de
remover
el concolón de
mi cabeza
aledaña
fuera la paila
una conciencia amplia
la observación de
una mosca retenida
adentro
que
el aire ama en mi casa
y en mi cabeza besa
la muchedumbre
con su ollón al hombro
imaginado
habría un montón
de agua en esa espalda
sinagua y habría vidadá
si hubiese
una respuesta
lejos de mi hambre
pero es lejos dentro
por eso raspa el agua
en el cilin
drogado el aire
y ama el óxido parido
en un ollón ajeno
allí la sien
allí la sien
to agua
y el aire ama a ledaña
en mi conciencia
y en el mismo lecho
raspa el concolón
de mi cabeza
pero no el
agua
gua
gua
de mi madre
en costra líquida
no
ajena
[para alejo]
parece un juego
escupir dentro de un balde rojo
hasta llenarlo de espuma
y hundir tu mano en él
como si nada
buscar una sortija blanca
debajo de las aguas que adormecen
al dinosaurio que amas – y
que ha dejado
de funcionar
la cucaracha expulsa
un líquido blanco cuando la pisan
pero yo te hablo de una ley
que ahora ignoras
aunque luego te enteres sin saber cómo
la ley de la perspectiva parece un juego:
mi cara es más grande cuando me miras de cerca
y más chica cuando te alejas
haz la prueba ahora con el dinosaurio:
no funciona
el Diplodocus será siempre gigante
incluso a la distancia
no importa dónde estén tus ojos
ni dónde esté su cara
pero
todo crece
todo crece
en tu cuerpo
mediano
y
mi cara no es un juego
aléjate e inténtalo de nuevo,
Alejandro.
la sortija blanca es lo único
que permanece al fondo
ella nos espera
cuando estemos dentro
y el balde rojo no exista