04/09/2026
Literatura
Mercado y escritura
¿Se puede vivir de la literatura? Una pregunta sobre el lugar de los escritores y su práctica en la ya añeja modernidad capitalista
Fotografía de rupixen en Unsplash
De entre los múltiples factores que llevaron a la Revolución francesa, concede Roger Chartier, se hallaba el hecho de que en las décadas anteriores, y por primera vez en la historia, hubiese escritores que se ganaban la vida con la pluma, que dejaban circular sus libros como productos en el mercado para ser adquiridos por los miembros de las nuevas clases urbanas. En la situación anterior, en la normalidad del Antiguo Régimen, para sostener una vida dedicada a la escritura se tenía que ser rico, o contar con mecenas, o de plano ser un miembro de la nobleza. Los nuevos escritores, se supondría, por su propio interés de clase, por su independencia de la Corte, tendían a ser incendiarios, colaboradores radicales en la formación de la nueva mentalidad revolucionaria.
Voltaire, sin embargo, se quejaba: quienes escriben para vivir no son libres, sólo las personas con el sustento asegurado cuentan con las condiciones para hacerlo con entera independencia. Es un argumento que recuerda al de la democracia antigua, en que la ciudadanía era el privilegio de los hombres con propiedades porque solamente ellos, se aducía, podían participar en la política con virtud, esto es, sin el objetivo de enriquecerse. De cualquier modo, ahora que depender del mercado no representa ninguna fortuna, podemos entender a qué se refería Voltaire, la ventaja con la que Flaubert y Proust, por ejemplo, construyeron su obra, el hecho envidiable de que no tuvieron que trabajar ni un solo día de sus vidas, que su escritura surgía del superávit, del excedente, libre y loca.
La situación opuesta se describe en Dinero y escritura (Sexto Piso, 2024), de Olivia Teroba, libro de ensayos personales donde se narran las dificultades, la precariedad y el agotamiento propios de una vida dedicada a la literatura en el México del siglo XXI. Más allá de que alguien podría sugerirle(nos) que quizás un trabajo de oficina, y leer y escribir por las noches, podría ser un yugo más ligero que pretender vivir por completo de la escritura, lo que extrañé realmente en el texto fueron más incursiones en lo político –ya que el dinero es una relación social–, un análisis de la situación compartida. En los límites del tono confesional, sin una solidaridad más explícita con el resto de las personas que atraviesan la misma penuria o una peor, y sin una investigación de sus causas, parecería que su mensaje principal es: “Como soy escritora, debería vivir bien”, es decir, otra vez el arribismo clasemediero que Álvaro Enrigue identificó como la esencia de la literatura hispanoamericana. Rubén Darío lo tenía muy claro: lo que más deseaba, aún más que la gloria, era “contar con una buena posición social”.
En su reseña del libro de Teroba, Christopher Domínguez Michael menciona de paso que Schumpeter y Von Mises –encantadora dupla– se preguntaban por la razón de la constante mentalidad anticapitalista de los literatos (en el Norte global). Aunque, como sospecha, esto puede tener algo de herencia cristiana –ya a las aristocracias de la Grecia clásica y de Roma les parecía indigno lo mercantil y el genial anticristiano Maquiavelo pensaba que los mercaderes, el arte della lana, eran el principal peligro para la república–, puede ser sencillamente consciencia de sí, autoconservación. Puede venir de la intuición de que el mundo que ha construido la modernidad capitalista apenas les ha dejado un lugar precario, donde a la primera de cambio podrían quedar fuera.
Desde el pensamiento conservador se replicará que la alfabetización creció a pasos agigantados con el capitalismo, que le debemos museos, instituciones, universidades, pero quizá sería más justo separar sus propios méritos de aquellas otras conquistas que se hicieron a pesar de él o en su contra. Es impreciso, por lo menos, considerar al Estado de bienestar como un triunfo del capitalismo y no de los movimientos que lo resistieron y forzaron esa concesión –debida, también, al terror a la opción más radical del comunismo. En el interior de un sistema que prioriza el valor de cambio sobre el valor de uso, en el que la exigencia de la ganancia actúa como un parásito sobre la verdadera finalidad de los objetos y las actividades, cualquier beneficio para la humanidad que venga de su propia lógica suele ser un accidente afortunado.
Teroba se pregunta: “¿Cómo podríamos dejar de pensar la vida como una competencia donde hay que correr para adelantar a otros? Para empezar, habría que construir un entorno que no se perciba siempre en estado de emergencia y carencia. Ya no hablo solo de mi casa, sino de asuntos de política: la salud pública, el derecho a la vivienda; la posibilidad de sostener materialmente nuestras vidas, pero también anímicamente, es decir, disfrutar de tiempo libre”. Es raro ese “para empezar”, la situación descrita no es el primer paso sino una enorme conquista, pero al menos estamos en la dirección correcta. El arribismo es sólo ridículo cuando es individual, cuando la demanda es colectiva se llama lucha de clases.