13/08/2026
Pensamiento
Identidad y futbol
¿Se puede extrapolar la idiosincrasia –la mal llamada “filosofía”– de un equipo de futbol a una nación entera? Una pregunta posmundialista
Fotografía de Agustin Fernandez en Unsplash
En su columna –un intercambio epistolar con Juan Villoro en El País– publicada un día después de la final de Mundial de Futbol, el escritor argentino Martín Caparrós reflexionó sobre los “caracteres nacionales” construidos durante la competencia, en particular, sobre el caso argentino. Convertido en el gran villano del evento –compitiendo en rechazo con Donald Trump–, el equipo de Argentina provocó cualquier cantidad de comentarios en redes sociales que fueron de la crítica a su estilo de juego al insulto clasista o xenófobo. Los jugadores que protagonizaron la final se volvieron símbolos de las disputas políticas y las guerras culturales de este tiempo. Poco después se analizó el papel de los algoritmos, lo viral que puede llegar a ser el discurso de odio en Internet y la instrumentalización que hizo el presidente argentino, Javier Milei, de la violencia digital para emprender una campaña contra los extranjeros que critiquen a su país.
Se pregunta Caparrós para el caso argentino: ¿se puede extrapolar la idiosincrasia –la mal llamada “filosofía”– de un equipo de futbol a una nación entera? ¿Quiénes son los argentinos? En el juego de los bandos, Argentina se convirtió en un ente homogéneo en clara alianza con el sionismo internacional y representante de la ultraderecha esquizofrénica de su presidente, entre otros graves defectos para los defensores del progresismo y las causas populares. Por otro lado, España se convirtió en emblema de un país abierto a la migración y crítico del genocidio palestino por la posición que ha mantenido, en tiempos recientes, su presidente Pedro Sánchez. Esta línea divisoria, sin embargo, no quedó tan clara para muchos personajes en las redes sociales, pues se podían encontrar fácilmente a derechistas festejando el triunfo de la “izquierdista” España o comprometidos izquierdistas lamentando la derrota de la “derechista” Argentina aun cuando los jugadores reivindicaron a las Malvinas en el partido contra Inglaterra, el imperio colonial que se las quitó. La enseñanza, por supuesto, es que la realidad es más compleja de lo que nos mostró la radicalización de Internet.
Los conflictos geopolíticos siguieron semanas después del Mundial. El 30 y 31 de julio unas 50 mil personas cruzaron la frontera entre Marruecos y el enclave español de Ceuta. Hay serias sospechas que la crisis fue aprovechada por el rey Mohamed VI, aliado del gobierno de Donald Trump. Muchos analistas apuntan, incluso, a un intento de desestabilización en la zona para castigar al gobierno español por sus críticas a la Casa Blanca. Sin embargo, la selección marroquí tiene muy buena fama. La mayor parte de los jugadores del representativo nacional nacieron en Europa y simbolizan la historia de los migrantes asediados por los prejuicios, en particular los de origen árabe. Quizás, especulo, habrá jugadores de la selección que simpaticen con ideas de derecha, pero eso difícilmente cambiará la percepción que tiene el público global de selecciones de “izquierda” sin importar las contradicciones o realidades de los gobiernos de sus países.
El nacionalismo fubtolero –una suerte de esencialismo que brota periódicamente en cada Mundial o competencia importante– es, también, contradictorio. Si antes los equipos de futbol tenían un ancla social y podían representar a una comunidad, ahora son franquicias trasnacionales. Por ejemplo, algunos clubes en Inglaterra –muchos de ellos con orígenes obreros en el siglo XIX– ahora son parte de inmensos conglomerados financieros ubicados en paraísos fiscales como Emiratos Árabes Unidos o Arabia Saudita. Igual sucede con otras ligas en el mundo. Los jugadores, por su parte, son activos financieros subastados en multimillonarias transacciones comerciales. Los futbolistas de élite apenas pisan su país de origen, pero se convierten en héroes nacionales para una multitud sedienta de reivindicaciones de todo tipo. Habitantes de una burbuja que los separa de la realidad, los astros de la cancha –con algunas honrosas excepciones– repiten los consabidos lugares comunes en las entrevistas o meten la pata cuando se les ocurre improvisar y aportar algo de su cosecha. Sin embargo, la condición “apolítica” del futbolista profesional es ideal no sólo para evitar incomodar a los dueños del juego –una estructura que no le pide nada a la mafia de las películas hollywoodenses– sino que se presta para que cualquiera vea en sus ídolos lo que quiera ver: meritocracia, culto al más fuerte, disciplina, mentalidad ganadora y otras virtudes exaltadas por el individualismo contemporáneo.
El nacionalismo futbolero –a veces criticado por los clasistas de costumbre, pues desprecian todo lo que consideran populachero– es, en realidad, una manera de simbolizar a una nación y exorcizar, aunque sea por un momento, los conflictos sociales. Sin embargo, los símbolos tienden a resquebrajarse cuando se contrastan con la realidad. Si ganar una Copa del Mundo representa el auge de una nación, la derrota se interpreta como la decadencia nacional. Al menos así es visto por las redes sociales y los líderes de opinión que caen en la trampa de las analogías fáciles y los reduccionismos que no llevan a ningún lado. No deja ser irónico que la victoria de España en el Mundial haya sido seguida de los peores incendios de su historia y que, mientras la gente celebraba en las plazas públicas del país, el termómetro alcanzara los 40 grados de temperatura gracias a la crisis climática. El augurio, en este caso, no es muy bueno. Sin embargo, el futbol siempre llega para rescatar, en tiempos de zozobra, las esperanzas.