16 de agosto de 2017

La Tempestad

También las artes cambian al mundo

06/08/2026

Cine/TV

El Odiseo de Nolan: una victoria pírrica

Un ensayo de Diego Eaton Gil sobre la figura del héroe homérico, a la luz de la nueva película de Christopher Nolan

Diego Eaton Gil | jueves, 6 de agosto de 2026

Matt Damon en ‘La Odisea’ (2026), de Christopher Nolan. Cortesía de Universal Pictures México

Pero ha descubierto en el contrato una laguna a través de la cual, al tiempo que cumple lo prescrito, escapa de él. En el contrato primitivo no está previsto si el que pasa delante debe escuchar el canto [de la sirena] atado o no atado.

Theodor W. Adorno y Max Horkheimer sobre Odiseo

 

Hoy no es posible comprender a Odiseo por lo que realmente es: un hombre fraudulento. Esto no quiere decir que no estemos cerca, pero la imposibilidad no se anda con aproximaciones. Aclaro: no improbable sino imposible. Tras haber visto la bastante anticipada y un poco controversial nueva película de Christopher Nolan, me quedo con el mismo sentimiento de siempre: una victoria pírrica.

Narrativamente hablando es excelente. Basta con ver la escena del concurso convocado por Penélope (Anne Hathaway) para ver si alguno de los pretendientes es capaz de tender el arco de Odiseo y así reclamar el trono de Ítaca a su lado. Es decir, durante la escena sabemos que Odiseo (Matt Damon) se esconde bajo las ropas de un mendigo; sabemos el absurdo de que un mendigo salga victorioso del concurso, pero no porque reconocemos a Matt Damon entre la muchedumbre sino porque estamos condicionados por Hollywood para el desenlace de siempre. Sabiendo esto, resulta tonto que el primer intento fallido de Odiseo mendigo sea suficiente para que Penélope voltee la cara, perdiendo la esperanza de que bajo los andrajos esté su amado. Pero funciona a la perfección porque la fuerza de Nolan radica en saber que el objetivo del cine es ofrecer emociones multisensoriales. Penélope, desesperanzada, da la espalda a Odiseo mendigo mientras éste triunfa en su segundo intento y rasga una nota musical escalofriante con la cuerda. Por ese preciso instante, Odiseo no es un soldado regresando a reclamar lo que es suyo por leyes divinas. Por ese instante, Odiseo es el propio Homero rapsoda anunciando el destino de Ítaca y de la civilización occidental con una sola nota.

En los brazos se erizan los vellos y los ojos se humedecen mientras salen los créditos finales. Unas filas abajo, un ridículo aplaude sin ser correspondido. Ahora se erizan los de la nuca por el cringe, la vergüenza de haber compartido el goce con alguien así porque, una vez que las luces de la sala se encienden, se pierde la magia y llega la realidad: una victoria pírrica.

Odiseo

Fotograma de La Odisea (2026), de Christopher Nolan. Cortesía de Universal Pictures México

Las modificaciones, por pequeñas que sean, son bastante reveladoras a la hora del análisis. En la película, Odiseo protege a Telémaco (Tom Holland) prohibiéndole ser parte de la matanza (al menos a la vista del público itacense) para evitar su exilio y quedarse reinando en Ítaca. El Odiseo de Nolan, al igual que su Batman (Christian Bale), es sumamente consciente de sí mismo, de la Historia y de la cuarta pared. Odiseo sabe lo que pasará después, esto es, su expulsión de Ítaca por haber asesinado a una generación completa de la nobleza itacense. Esto no sucede en el original, pues Telémaco es también digno de exilio, por haber luchado junto a su padre en contra de los pretendientes. Entonces ¿por qué lo hace Nolan? Porque su Odiseo es el héroe del Sueño Americano, el hombre excepcional que, aunque nació en cuna de oro, toma el toro por los cuernos con sus propias manos para dar la sensación de meritocracia.

El Odiseo de Nolan es el héroe del Sueño Americano, el hombre excepcional que, aunque nació en cuna de oro, toma el toro por los cuernos con sus propias manos para dar la sensación de meritocracia.

Dice John Steinbeck que el socialismo nunca pegó en Estados Unidos porque sus ciudadanos pobres no se ven como el proletariado explotado, sino como millonarios temporalmente avergonzados. Es el héroe/soldado regresando de Corea, Vietnam, Irán, Afganistán, Irak o Irán de nuevo, que tiene una mujer fiel cuidándole el hogar –a diferencia de Agamenón (Ben Safdie), aunque éste le advierte que no hay que confiar en su mujer tras regresar más de una década después, especialmente si es afroamericana–; tiene también servidumbre fiel que le cuide su propiedad, tanto ellos mismos como sus terrenos, mientras él va a conquistar tierras nuevas en el otro lado del planeta. Un héroe que “lamentablemente” (porque él no lo escogió así) se ha tenido que manchar las manos por el bien de su familia, y que además es capaz de sacrificarse por el bienestar de sus hijos.

¿Por qué a la audiencia conservadora le conflictúa que Helena (Lupita Nyong’o) tenga la piel negra? Es decir, si el peso sobre ella es la belleza, ¿alguien niega que la actriz la posee? Pero eso no es suficiente para Nolan (quizás atinadamente, conoce a su público), pues da a Helena unas cicatrices que le cubren la mitad de la cara. Con eso queda justificado para la audiencia que “ese rostro no puede ser el que lanzó mil naves a la guerra”, porque, aunque hay cíclopes y sirenas, la política está centrada en la realidad. Antes de partir a Troya vemos un flashback romántico entre Odiseo y Penélope. Él le explica que tiene que dejarla porque Agamenón le exige lealtad, y que es probable que no vuelva (recordemos que este Odiseo es bastante consciente de su historia), a lo que ella se queja diciendo lo ridículo que es iniciar una guerra y derramar sangre sólo para recuperar a una mujer. Pero Odiseo la aterriza, explicándole a su esposa y a la audiencia la cruda verdad: la Guerra de Troya nada tiene que ver con el rapto de Helena, sino con acciones políticas sobre el control de rutas comerciales. Pero ¿cómo convences a la audiencia estadounidense que no es Helena la causa, si ésta fuera interpretada por Sidney Sweeney con todo y cicatrices?

Odiseo

Fotograma de La Odisea (2026), de Christopher Nolan. Cortesía de Universal Pictures México

Quizás el peor rasgo de la evolución humana es estar dotados con el veneno de la astucia, distintivo de Odiseo. La astucia nos permitió calcular los riesgos del sacrificio hasta la eficiencia. Digamos que, con el tiempo, si se ofrecían diez bueyes a cambio de un clima favorable, y en la siguiente ocasión se obtenía el mismo resultado con tan sólo ocho, podemos asumir que a partir de ese momento no se superaría esa cantidad. Ese cálculo se va sofisticando con la tecnología. Desde la astucia homérica, en la que Odiseo burló a un cíclope y a las sirenas, brincamos a los supermercados calculando la pérdida económica de utilizar cajas de autoservicio (robo, molestia al cliente, fallas de sistema, etc.) versus el ahorro de usar menos empleados (sueldos, seguro social, aguinaldos, etc.). Sin embargo, el sacrificio siempre ha sido pintado con tintes de moralidad, como la filantropía. ¿Acaso hemos visto a algún filántropo dejar la lista de los más ricos debido a su bondad?

Las leyes, la ética o el bienestar de la sociedad jamás son obstáculos, sino áreas de oportunidad. En la gran laguna de la moralidad la astucia brilla como la obsidiana, por sus intenciones oscuras. Nolan sabe que Odiseo es un héroe de moral dudosa y lo moderniza como un héroe consciente de sus actos en el saqueo de Troya, al grado de hablar por todos los griegos participantes y concluir que son ellos mismos los responsables de la caída de la civilización. Todo esto le confiesa a Penélope con flashbacks al violento saqueo. En su paso por el Inframundo, Odiseo es recibido por la furia de todos los soldados que no sepultó con los honores debidos, entre ellos Sinón (Elliot Page), que muere engañado por Odiseo. Vagan sus almas eternamente en el olvido, ignorantes de su pasado, por haber bebido del río Leteo, pero no ignorantes de su ira.

Nolan ‘sabe’ que Odiseo es un héroe de moral dudosa y lo moderniza como un héroe consciente de sus actos en el saqueo de Troya, al grado de hablar por todos los griegos participantes y concluir que son ellos mismos los responsables de la caída de la civilización.

En una de las escenas más desgarradoras, uno de los tripulantes del barco de Odiseo se pregunta si es ése su destino, a lo que agregaría: su destino al ser subordinados del astuto Odiseo, que no es sabio, pues deja florecer sus emociones odiosas cuando hiere por segunda vez al cíclope antes de escapar, asunto que añade a los números rojos en la hoja de cálculo en la que guarda su unidad militar. Tampoco es sensato, pues cuando se enfrenta al problema del canto de las sirenas no renuncia a su avaricia, pues “ha descubierto en el contrato una laguna […] En el contrato primitivo no está previsto si el que pasa delante debe escuchar el canto atado o no atado” (Adorno y Horkheimer, Dialéctica de la Ilustración, 1944). Por lo que Odiseo les da cera a los tripulantes para que se tapen los oídos y no sean víctimas del canto. Y él, “prototipo del individuo burgués”, no se niega el goce del canto, de someter a la naturaleza con un dejo de burla.

Odiseo

Fotograma de La Odisea (2026), de Christopher Nolan. Cortesía de Universal Pictures México

Pero esta lectura de la moral de Odiseo no es exclusiva de Nolan ni de la contemporaneidad. Robert Graves, en su extensa mitografía griega, cita los textos de la antigüedad que nos recuerdan que, tras la caída de Troya, “Odiseo recomendó la extirpación sistemática de Príamo […] Aunque todos los otros príncipes se negaron a cometer el infanticidio, Odiseo arrojó de buena gana a Astianacte desde las murallas”. O que “Odiseo convenció con engaños” a Filoctetes para que le entregara el arco y las flechas de Heracles, necesarios para vencer a los troyanos. O que

Odiseo, servicialmente, hizo correr el rumor de que Áyax había violado a Casandra en el templo […] Así se convirtió Casandra en el premio de Agamenón, mientras Áyax se ganaba el odio de todo el ejército […] Para complacer a Agamenón, Odiseo propuso entonces que se lapidase a Áyax, pero él lo evitó acogiéndose a sagrado en el altar de Atenea, donde juró solemnemente que Odiseo mentía como de costumbre; y tampoco Casandra confirmó la acusación de violación.

Por cierto, para evitar su rapto, Casandra se asió a una imagen de madera de Atenea que temporalmente reemplazaba el Paladio (una estatua de Atenea) porque éste había sido robado anteriormente por nada más y nada menos que el propio Odiseo. Cuando Príamo, rey de Troya, vio el caballo y a Sinón encadenado a él, lo aceptó como suplicante y ordenó que le quitaran las cadenas. “‘Ahora háblanos del caballo’, le dijo amablemente. Sinón explicó que los griegos habían perdido el favor de Atenea, del que dependían, cuando Odiseo y Diomedes robaron el Paladio de su templo” (Graves, Los mitos griegos, 1955).

¿Y qué hace el Odiseo de Nolan tan consciente de sí mismo? ¿Se entrega a la policía? ¿Se entrega a las autoridades de Ítaca para cumplir su condena y respetar las leyes, tanto humanas como divinas? ¿Negocia, como dicta el canon, un acuerdo económico como hicieron Cristiano Ronaldo y Kobe Bryant?

¿Y qué hace el Odiseo de Nolan tan consciente de sí mismo? ¿Se entrega a la policía? ¿Se entrega a las autoridades de Ítaca para cumplir su condena y respetar las leyes, tanto humanas como divinas? ¿Negocia, como dicta el canon, un acuerdo económico como hicieron Cristiano Ronaldo y Kobe Bryant? Nada de eso, porque Odiseo es un villano ilustrado, un villano impune, listo para ocupar nuevas tierras hacia occidente (¿estará condensando Nolan, en Odiseo, los imperios europeos?).

Pero ¿cómo convences a una audiencia de que Odiseo arrepentido merece un revisionismo histórico, es decir, un pase, una tarjeta “Get out of jail free”? He aquí los valores actualizados por Nolan. Odiseo ama a su esposa y se “sacrifica” por su hijo. Odiseo ama a su fiel compañero, Argos. Jaque mate, pues ¿quién con un corazón oscuro ama así a su perro? Odiseo arrepentido regresa a Ítaca para decirle a la audiencia que, como dice José José, “Ya lo pasado pasado, no me interesa el ayer / Si antes sufrí y lloré / Todo quedó en el ayer”. Es decir, sé que no soy perfecto, pero soy un buen padre y un buen esposo, y eso es lo más importante. Lo pasado (los fraudes, la hecatombe troyana, las conquistas violentas de otros pueblos), pasado está.

Odiseo

Matt Damon en La Odisea (2026), de Christopher Nolan. Cortesía de Universal Pictures México

En su travesía, Odiseo enfrenta a la naturaleza una y otra vez, representada por las figuras míticas prerracionales (el cíclope, las sirenas, etc.). Es la astucia, y el cálculo del sacrificio a costa de otro, lo que le permite concluir su regreso a Ítaca. “Los monstruos míticos en cuya esfera de poder cae [la naturaleza] representan siempre, por así decirlo, contratos petrificados, derechos de los tiempos prehistóricos”. Y al igual que la esfinge con Edipo, “Cada una de las figuras míticas debe hacer siempre lo mismo. Cada una consiste en repetición: el fracaso de ésta significaría su fin” (Dialéctica de la Ilustración).

Odiseo es el autor intelectual del Caballo de Troya, que ideó por medio del engaño. Fue la astucia, o el fraude, lo que le permitió sobrevivir a una serie de acontecimientos. Aunque se le alaba el ingenio, recordemos que los fraudes requieren víctimas. Esto acerca la astucia de Odiseo al terreno de los exploradores y conquistadores europeos, que simularon el oxímoron de haber descubierto un mundo en el que vivían culturas soberanas. Con astucia intercambió minucias por oro, plata y cobre –y ahora litio–, y exterminó sociedades “salvajes”; en otras palabras, sociedades “no ilustradas”. Para Adorno y Horkheimer, “El astuto peregrino solitario [Odiseo] es ya el homo oeconomicus a quien todos los dotados de razón se asemejan”. Con la pretensión de desentronizar la astucia, hay que recordar que Dante ubicó a Odiseo en el octavo círculo de la Divina Comedia, en la fosa de los fraudulentos.

Y el remate del chiste: “Atenea inspiró a Prilis, hijo de Hermes, la sugestión de que se podía entrar a Troya por medio de un caballo de madera; y Epeo, hijo de Panopeo, un focense del Parnaso, se ofreció voluntariamente para construir uno bajo la inspección de Atenea. Luego, por supuesto, Odiseo reclamó el mérito de esta estratagema” (Graves, Los mitos griegos).

Comentarios

Notas relacionadas

Cine/TV

‘Midsommar’, o cuando no aflora la empatía

Todo el mundo habla de ‘Midsommar: el terror no espera a la noche’, la nueva película de Ari Aster luego de ‘El legado del diablo’

jueves, 26 de septiembre de 2019

Cine/TV

Genealogías del cine palestino (parte 1)

Sergio Huidobro esboza la difícil historia del cine palestino, miradas singulares atrapadas en un territorio ocupado; primera de dos partes

miércoles, 15 de mayo de 2024

Cine/TV

El código enigma, estreno

Ciudad de México, 28 de enero.- El 5 de febrero se estrenará la película El código enigma (2014), de Morten Tyldum. El filme retrata de manera ficticia la vida de Alan Turing, un matemático que durante la Segunda Guerra Mundial intentó descifrar el código de la máquina alemana Enigma. La labor del investigador dio origen […]

miércoles, 28 de enero de 2015

Optimized with PageSpeed Ninja