07/05/2026
Pensamiento
El temperamento revolucionario
Alejandro Badillo comenta el último libro del historiador Robert Darnton traducido al español: ‘El temperamento revolucionario’ (Taurus)
Charles Thévenin, ‘La toma de la Bastilla, el 14 de julio de 1789’ (1793)
En el imaginario contemporáneo la Revolución francesa se concentra en una imagen: la toma de la Bastilla el martes 14 de julio de 1789. Las aproximaciones visuales a este evento muestran a unos ciudadanos heroicos incendiando el símbolo de la opresión de la monarquía. No sólo eso: la toma del edificio representa la proclamación de los Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano en agosto mismo año y, por supuesto, la llegada de la República.
La idealización de la toma de la Bastilla ha ocultado, por ejemplo, que la cárcel –donde alguna vez estuvo el Marqués de Sade, perseguido por su suegra– tenía un puñado de presos custodiados por una cantidad similar de guardias. También se pasa por alto que los derechos del ciudadano –como el voto– se implementaron sólo para hombres que tuvieran propiedades, pues los asuntos públicos no podían ser abordados por el pueblo llano. Francia volvería a ser gobernada por la monarquía hasta la llegada de la Tercera República, interrumpida por la Segunda Guerra Mundial.
Robert Darnton es quizás el especialista más reconocido de la vida cultural y política de la Francia revolucionaria y su gestación. El año pasado se publicó la traducción al español de su último trabajo, El temperamento revolucionario. Cómo se forjó la Revolución francesa. París, 1748-1789 (2023). La tesis –que trasciende su objeto de estudio– es interesante: las coyunturas históricas que se fijan en la memoria posterior son la punta del iceberg de procesos que se gestan durante largos años. De esta manera, la Revolución francesa ocurrió, en realidad, durante las tensiones que cobraron fuerza cinco décadas antes de la toma de la Bastilla. Por medio de un escrupuloso trabajo de archivo, Darnton nos interna en la vida cotidiana de París desde 1748, para que podamos entender las contradicciones de una época fascinada por descubrimientos científicos cada vez más espectaculares y con un anquilosado sistema político que se resistía a cambiar. La desigualdad, por supuesto, fue el catalizador final.
El temperamento revolucionario es para Robert Darnton una suerte de “espíritu de los tiempos” que se puede rastrear en la palabra escrita. Como suele suceder, los registros corresponden a las élites letradas que combatían por medio de panfletos, obras de teatro, novelas, sátiras, epigramas, caricaturas y cualquier cosa que sirviera a sus intereses. Las voces de los ciudadanos de a pie se han perdido irremediablemente, sin embargo el autor recupera canciones populares, chistes y otros mensajes que se transmitían oralmente –para después pegarse en paredes con el riesgo de caer en la cárcel– y que formaron parte de una historia popular que pudo registrarse en papel.
Los capítulos de El temperamento revolucionario son crónicas hechas a posteriori que nos acercan desde una perspectiva diferente a eventos como la ejecución de Jean Calas –comerciante de Toulouse demonizado por ser protestante– y la participación de Voltaire en el caso que daría origen al famoso Tratado sobre la tolerancia. En los textos de Darnton se registra un clima social turbulento en el cual el control de la información era vital. Las noticias falsas y los chismes de alcoba del rey Luis XV –víctima de la viruela en 1774– daban forma a una sociedad que oscilaba entre el colapso y la aparente normalidad.
Hay un aspecto particularmente interesante en El temperamento revolucionario y sus historias: la preponderancia de la cultura, que abarcaba diferentes capas sociales, en medio de un ambiente violento. Se cazaban protestantes e, incluso, los jesuitas fueron víctimas de una poderosa campaña de difamación que terminó con su exilio. Los censores del rey –un tema en el cual es experto Darnton– perseguían a sospechosos y culpables de los libelos de moda. Aún en este ambiente represivo las historias que ocurrieron antes de la toma de la Bastilla –que rivalizaban con cualquier novela de aventuras– muestran una sociedad vital que, a pesar de las desgracias, compartía apasionadamente sus puntos de vista. Mientras el rey se rodeaba de lujos y trataba de hacer alianzas con una burguesía cada vez más insatisfecha con la corrupción de la corte, los espectáculos en la ciudad contaban por medio del humor los escándalos de moda.
Los panfletos de los enciclopedistas e intelectuales afines –inaccesibles para las clases populares– eran resumidos y compartidos en cafés y tabernas. Mientras tanto, la nobleza vivía de victorias militares a medias o efímeras que eran festejadas en las plazas a pesar de que los precios de los alimentos fueran a la alza, en particular el pan. El libro de Robert Darnton, una especie de compendio de toda su obra, se puede entender como un testimonio de una época cuyas ideas urgían a romper con el pasado, pero que maduraron en pequeñas rebeliones, actos cotidianos y espectáculos en apariencia efímeros. En esta cadena de hechos ocurrió, en realidad, la Revolución francesa.