16 de agosto de 2017

La Tempestad

También las artes cambian al mundo

26/02/2026

Pensamiento

Capitalismo radical y microestados

Las zonas autónomas son el horizonte postestatal que persigue la derecha libertaria. ¿Con qué mundo sueña el neoliberalismo contemporáneo?

Alejandro Badillo | jueves, 26 de febrero de 2026

La avenida Sheikh Zayed de Dubai. Fotografía de Darcey Beau en Unsplash

En la actualidad el Estado es considerado la última etapa en el desarrollo civilizatorio de la humanidad. Casi cualquier organización social pasa, forzosamente, por el Estado y su capacidad para centralizar y conducir la vida de una población que se aglomera en megaurbes alrededor del globo. Para muchos es difícil pensar que hubo alguna forma de organización alternativa a la fundada en Europa entre los siglos XV y XVI. Esto cobra particular importancia durante estos años en los que se explota el nacionalismo en medio de las numerosas crisis que vivimos. Sin embargo, el Estado, ese sistema omnipresente, funcional gracias a la sociedad industrial, la energía fósil y la aceleración de las comunicaciones, es más frágil de lo que se piensa.

El embate más llamativo hacia el Estado en las décadas recientes no ha venido del anarquismo tradicional vinculado a la izquierda, sino de la llamada derecha libertaria. Oligarcas de Silicon Valley e ideólogos afines promueven la desaparición del Estado tradicional y buscan una “descentralización radical” (término que usó recientemente el oligarca mexicano Ricardo Salinas Pliego) para crear zonas autónomas y, supuestamente, exitosas gracias a su separación del pernicioso control estatal. La idea de la implementación de zonas autónomas no es un fenómeno nuevo, aunque últimamente ha tenido mucha visibilidad por la disfuncionalidad y la pérdida de credibilidad de la democracia liberal capitalista. Parecería que el remedio, como difunden muchos gurúes del llamado “aceleracionismo”, es ir un paso más allá y radicalizar el capitalismo para que nada le estorbe y la prosperidad llegue, ahora sí, a todos.

Quinn Slobodian, profesor de historia internacional en la Universidad de Boston, publicó en 2023 el libro El capitalismo de la fragmentación. El radicalismo de mercado y el sueño de un mundo sin democracia (Paidós). La investigación aborda uno de los fenómenos centrales de estos años: la creación de burbujas, comunidades autónomas que no siguen la normatividad estatal. El autor no analiza comunidades que han logrado cierta independencia de los países de los que forman parte, como los pueblos zapatistas en Chiapas, regidos por usos y costumbres. El interés de Slobodian son las creaciones empresariales que han funcionado como casos de excepción para experimentar las teorías libremercadistas sin el obstáculo de regulaciones laborales o ambientales, entre otras.

La genealogía de estos espacios autónomos podría remontarse, por ejemplo, al colonialismo occidental. Uno de los casos más macabros fue el de Leopoldo II de Bélgica, quien explotó de 1885 a 1908 el Estado Libre del Congo –una colonia propiedad suya disfrazada de proyecto filantrópico, con la complacencia de las élites europeas– para la obtención de valiosas materias primas como el caucho. Joseph Conrad narró el brutal control humano y la devastación que dejó Leopoldo II en su clásico El corazón de las tinieblas (1899).

Singapur, Hong Kong, Liechtenstein, Dubai, Somalia y, finalmente, el malogrado Metaverso de Mark Zuckerberg son algunos de los ejemplos que revisa Slobodian para identificar una de las marcas de época: la aparente erosión de los Estados y la fragmentación de los países en células con sus propias reglas y con la capacidad, en teoría, de llevar a la práctica las leyes del capitalismo más extremo. Hablo de una aparente erosión porque, en realidad, lo que ocurre es una ocupación del Estado por parte de las corporaciones para intentar convertirlo en una empresa. Como demuestra el autor, en buena parte de los casos citados las “zonas libres” funcionan de manera parasitaria, es decir, usan los recursos del Estado financiado con impuestos públicos para buscar las máximas ganancias y la circulación sin trabas del capital. En otros casos, como el de Somalia, se crea la fantasía de una sociedad que puede evolucionar desde al caos a un modelo postestatal cuando, en realidad, nunca fueron naciones consolidadas –gracias a la intervención colonialista– y el mismo colapso económico provoca que sean financiadas por la diáspora.

En el estudio de las burbujas independientes o patchworks destacan algunos fenómenos culturales como el medievalismo, al cual son afectos algunos ideólogos de la derecha reaccionaria como David Friedman, hijo de Milton Friedman, uno de los más famosos difusores del neoliberalismo. El culto actual a la Edad Media presente en la cultura popular representa el regreso a la jerarquía, el autoritarismo, la idealización del poder masculino y, sobre todo, la utopía de comunidades separadas de un poder central con sus propios mecanismos para someter a los vasallos y a cualquier disidente.

Las amenazas al Estado vienen no sólo del lado del capitalismo externo sino de la capacidad para mantener unida a una nación en una era caótica. El crimen organizado se ha convertido, en gran parte del mundo, en una suerte de Estado paralelo que tiene bajo su control un número cada vez mayor de territorios. Por otro lado, las fallas en la tecnología y la escasez de energía que mantiene en funcionamiento a la burocracia estatal, los servicios públicos, la seguridad y la hipervigilancia de las megaurbes del siglo XXI, crearán tensiones difíciles de resolver. Mientras los conflictos arrecian y los gobiernos tienden a diversos tipos de autoritarismo –incluso con inquietantes rasgos fascistas como en el caso de Estados Unidos– la segregación continúa con proyectos financiados por el capital para crear zonas de excepción, atraer inversionistas que buscan evadir impuestos y nuevos lugares físicos o digitales para seguir extrayendo ganancias. El comercio naval –que traslada la mayor parte de las mercancías que se venden en los mercados internacionales– es un buen ejemplo de espacios que aprovechan los vacíos legales, la corrupción y la explotación de trabajadores para mover el capitalismo global.   

La fragmentación es uno de los signos de los tiempos. La atención está fragmentada por la tecnología y también los movimientos de resistencia que, en el siglo XX, ejercían algún contrapeso al poder político y económico. Los microestados y su normalización son nuevas etapas en la disolución de un orden global que aún no acepta su papel como facilitador del nuevo mundo por venir. Tampoco acepta que la democracia liberal ya no es funcional para el capitalismo en su fase más radical y depredadora. La escisión del Estado para crear islas en donde lo único que cuenta es la libertad empresarial –aunque el proyecto se realice sobre los escombros de toda una cultura– podemos verla en la presentación, durante el Foro de Davos de este año, del Plan para la Nueva Gaza. El proceso es simple: exterminio y desplazamiento de una población; reconstrucción por parte del capital de la zona para volverla un enclave turístico; y, por supuesto, implementación de un microestado corporativo que se venderá como una marca internacional propiedad del trumpismo y del sionismo.

Comentarios

Notas relacionadas

Pensamiento

Paradojas de la masculinidad

El declive demográfico y la reivindicación del papel tradicional del hombre se conjuntan en una época de tenebrosas pulsiones neofascistas

jueves, 18 de julio de 2024

Pensamiento

¿Quién paga por lo gratuito?

«La responsabilidad está en quien nos valora», dice uno de los creadores de la plataforma mexicana de podcasts gratuitos Puentes

jueves, 7 de marzo de 2019

Pensamiento

‘Asamblea’, lo nuevo de Hardt y Negri

Akal publicó un ensayo en el que los autores elaboran propuestas para dotar a los actuales movimientos de capacidades de estrategia política

jueves, 13 de junio de 2019

Optimized with PageSpeed Ninja