16 de agosto de 2017

La Tempestad

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Literatura

Pedra Branca

En este fragmento de una novela en proceso, el escritor, traductor y fotógrafo Roberto Bernal explora la violenta relación hombre-animal

Roberto Bernal | martes, 24 de febrero de 2026

Roberto Bernal, ‘Ruinas nubladas’

Para la maestra Lucía

 

Soñó con zopilotes que extendían sus alas mientras daban saltos en la carretera y picoteaban las entrañas de un perro muerto que se había hinchado tanto bajo el sol que parecía a punto de explotar. La lengua y las órbitas expuestas de sus ojos estaban bañadas de moscas, con el cielo y las nubes reflejándose en sus pupilas. Cuando despertó tenía frente a él unos ojos rojos que, al moverse, se tornaron amarillos, luego rojos otra vez. Oyó el resoplido a ras de tierra. Lanzó la luz de la lámpara y vio al coyote husmeando en su morral. Dijo ¡Úchale! y jaló el morral y el coyote peló los colmillos, después miró hacia todos lados e intentó morder el morral, pero se detuvo con una pata al aire cuando Esiquio Baza dijo ¡Úchale! de nuevo. Lo miró a los ojos, luego al morral y otra vez a él. Dio media vuelta y trotó en medio de los espinos que despejaban la luz de la lámpara. Se detuvo, una vez más con una pata al aire, y se volvió hacia Esiquio Baza, mirándolo largo tiempo, luego olisqueó el aire y trotó de nuevo. Minutos después de que apagó la lámpara, reaparecieron los ojos rojos del coyote. Parpadeaban y por momentos se tornaron amarillos, para después apagarse en la oscuridad.

A esa hora de la madrugada todavía algunas estrellas destellaban pálidas para indicar la soledad del mundo en esta parte del universo.

Exploró los riscos y barrancos a través de la mira del rifle, y más tarde, cuando apuntó hacia el valle, vio al coyote trotando sobre la llanura. El color pardo de su pelaje se tornó rojizo en medio de las olas de vapor que distorsionaban la tierra ardiente. Lo vio husmear sobre los espinos. Orinó sobre uno de ellos y después olió los orines. Orinó de nuevo sobre sus orines: breves chorros amarillos que apenas levantaron el polvo en las ramas del espino. Trotó y de pronto se detuvo. Se miraron. Esiquio Baza pudo ver la severidad de sus ojos marrones.

Días después volvió a verlo. Iba detrás de un zorrillo. Cada vez que el zorrillo se detenía, saltaba alrededor de él y lo empujaba con la pata. El zorrillo le mostraba los colmillos, siempre dándole la espalda, y avanzaba de nuevo. Cuando olió su cola, le bañó el hocico con orines. El coyote chilló y se talló el hocico con ambas patas.

–Por pendejo –dijo Esiquio Baza.

Varias noches durante toda la noche lo escuchó chillar.

–Por pendejo –repitió.

Los músculos de las ancas de los caballos se tensaron cuando sus patas derraparon sobre la grava suelta. Luego las ancas hicieron un bamboleo cuando dieron zancadas largas sobre las piedras. Los hombres llevaban venados sobre las monturas, con las astas casi tocando la tierra.

Muy temprano vio cabalgar a tres hombres por la vereda que atraviesa los cerros hasta el Palmar grande. Los músculos de las ancas de los caballos se tensaron cuando sus patas derraparon sobre la grava suelta. Luego las ancas hicieron un bamboleo cuando dieron zancadas largas sobre las piedras. Los hombres llevaban venados sobre las monturas, con las astas casi tocando la tierra. El reflejo de su mira brilló en el rostro de uno de los hombres y el hombre tapó el resplandor con la mano y se levantó sobre la montura para observar de dónde venía el brillo de la mira. Señaló hacia donde estaba Esiquio y los otros hombres siguieron su dedo índice con la mira de los rifles. Esiquio se ocultó detrás de los ricos. Uno de ellos gritó buenos días, pero se mantuvo oculto hasta que desaparecieron.

Esa mañana el coyote movía la cola y miraba expectante hacia lo hondo del barranco. Luego lo vio arrastrarse y descender despacio sobre el peñasco. Siguió su mirada con el rifle y encontró al venado. Estaba estático, movió el cuello hacia delante y atrás y miró de derecha a izquierda, para en seguida retroceder un paso. Recorrió el cuerpo con la mira hasta las astas. Cuando movió otra vez el cuello hacia adelante, disparó y el venado saltó impulsado por las cuatro patas. Desapareció. El coyote también. Al principio pensó que había acertado pero después, cuando exploró todo el barranco y no lo encontró, ya no pensó lo mismo. Tomó la vereda al barranco y luego fue saltando las piedras hasta que llegó adonde antes había estado el venado. Caminó alrededor, siempre mirando al suelo y buscando algún rastro de la herida. Lo halló: delgados chorros de sangre que mancharon las hojas secas. Cuando lo encontró, el venado todavía estaba vivo, echado sobre las patas delanteras, desangrándose por el cuello y mirando con calma alrededor, incluso parecía totalmente indiferente al hecho de que el coyote tenía casi la mitad del hocico dentro de sus entrañas. Cuando disparó a la sien del venado, el coyote salió disparado. Después volvió, sorteando las piedras, con el hocico bañado de sangre y mirando al venado. Se detuvo cuando Esiquio Baza se volvió.

–Apestas a zorrillo –dijo.

El coyote movió la cabeza de lado y levantó una oreja.

Tomó al venado por las astas y lo subió por el peñasco y después lo arrastró por la vereda hasta el ojo de agua. El coyote fue detrás dando saltos alrededor del venado.

Jaló la piel con ambas manos, después siguió jalándola mientras rasgaba al interior con el cuchillo. Cuando quitó toda la piel, hundió el cuchillo en la panza e hizo un solo corte hasta el pecho. Cortó las vísceras y se desprendieron dentro de una bolsa pesada y blanca.

Lo ató por las patas a las ramas de la ceiba y fue en las patas donde cortó en círculo y luego llevó el cuchillo en vertical por las piernas. Jaló la piel con ambas manos, después siguió jalándola mientras rasgaba al interior con el cuchillo. Cuando quitó toda la piel, hundió el cuchillo en la panza e hizo un solo corte hasta el pecho. Cortó las vísceras y se desprendieron dentro de una bolsa pesada y blanca. Las arrojó al coyote y el coyote saltó sobre ellas sin dejar de mirar a Esiquio.

Las costillas abiertas ardían a las brasas atadas a dos palos en cruz cuando Esiquio salaba las piernas del venado. Las giró y observó detenidamente y puso más sal donde todavía se revelaba la oscuridad de la carne. Las colgó en las ramas de la ceiba. Luego las descolgó y volvió a colgarlas en las ramas en las que no soplaba el viento.

Casi una semana más tarde lavó las piernas del venado en el ojo de agua. Cuando las talló, la carne perdió el aspecto cristalino y se tornó negra. Las colgó de nuevo en las ramas. Dos días después las palpó. Estaban secas. Cortó una pequeña porción de carne en rodajas y la comió mientras exploraba el valle con el rifle. En las noches, acostado, masticaba la carne mientras arrojaba rodajas más allá de sus pies. El coyote saltaba sobre ellas y luego desaparecía en la oscuridad. Una noche lo llamó mostrándole la carne. El coyote emergió de la oscuridad y lo observó largo rato, luego a la carne en la mano. Agitó la carne y volvió a llamarlo. El coyote retrocedió, sin dejar de mirar la carne, y después se acercó e hizo un movimiento rápido con el hocico. La carne desapareció de la mano. Cortó otra rodaja y esta vez la puso frente al rostro del coyote. Cuando la masticó, Esiquio lo tomó por el hocico y empujó sus costillas contra el suelo y le puso la rodilla contra el pecho. Le mordió la mano cuando lo apuñaló una y otra vez en el cuello y después en el pecho y otra vez en el cuello. El hocico soltó la mano. Habló agitado.

–Pendejito –dijo. Y volvió a apuñalarlo.

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