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Música

‘Dynamo’: salir del centro

A tres décadas de su aparición, el álbum ‘Dynamo’ de Soda Stereo se mantiene como el trabajo más inventivo y evocador del trío argentino

Nicolás Cabral | miércoles, 7 de septiembre de 2022

Soda Stereo en los tiempos de 'Dynamo' (1992)

Quien revise “Los 50 mejores álbumes de shoegaze de todos los tiempos”, elegidos por Pitchfork en octubre de 2016, encontrará que Dynamo (1992) es una de las ausencias más elocuentes. No sorprende: en la revista estadounidense, cuya ignorancia de las músicas no anglosajonas es proverbial, no hay una sola mención a Soda Stereo. Y sin embargo Dynamo es un disco musicalmente superior a la gran mayoría del medio centenar de discos mencionados, acaso sólo a la sombra del revolucionario Loveless (1991) de My Bloody Valentine.

Pero ¿qué significó la irrupción del shoegaze o dream pop a finales de los ochenta? Al margen de los rasgos estilísticos del movimiento, se trató simbólica y literalmente de un cambio de postura, un desplazamiento del énfasis. Contra los gestos grandilocuentes, típicamente masculinos, y la demagógica conexión con el público, los shoegazers introdujeron en el rock una suerte de timidez escénica, con la mirada puesta en los pedales de efectos y el oído concentrado en el feedback. Lejos de los riffs memorables, los guitarristas aprendieron las lecciones de Sonic Youth y Dinosaur Jr. para convertir su instrumento en una herramienta textural. Las percusiones, el bajo y la voz se diluyeron en una masa de sonido más ambiental que pulsante, un material onírico que parece perseguir la disolución del ego. Ruido, hermoso ruido.

La característica que distingue a Dynamo es que, lejos de haber sido producido por una nueva banda de opositores al statu quo rockero, fue creado por el grupo más popular de Hispanoamérica, en reacción contra sí mismo. “Decidimos cambiar de rumbo porque llegó un momento en que no quisimos seguir inflando más al monstruo que habíamos creado”, declaró Gustavo Cerati en una entrevista tras la aparición del álbum. El 14 de diciembre de 1990 Soda Stereo había tocado ante más de 250 mil personas en la avenida 9 de Julio de Buenos Aires, con lo que culminaba una trayectoria en la que cohabitaban inventiva sonora y aclamación masiva. El trío que comenzó como un ejemplar del new wave rioplatense se había convertido, luego de explorar frecuencias oscuras y coquetear con la latinidad, en una monumental banda de rock sin adjetivos. Canción animal (1990) es un disco notable, pero en él coexisten perlas como la pieza que le da nombre (un ejercicio cuasi progresivo) e himnos de estadio como “De música ligera”, hoy insoportable. Lo que siguió fue la densidad.

“Llega un punto donde en realidad la música no tiene sentido si no se alimenta de lo que hay alrededor, y en el centro generalmente no ocurre nada”, explicó Cerati unos años después. Lo que hallaron en el margen fueron los sonidos de inicios de la década, del acid house a Madchester, pasando por el dream pop, todo en clave británica. Un guitarrista como el argentino no podía pasar por alto la reinvención del instrumento instigada por Kevin Shields, si bien su enfoque en Dynamo fue más cercano al chorus saturado de Miki Berenyi y Emma Anderson en Lush. Curve, cuyos primeros EPs atraparon la imaginación de Zeta Bosio, ofrecía la síntesis perfecta de distorsión y electrónica. (The Orb estaba claramente en el menú, como se aprecia en un disco aparecido meses antes: Colores santos de Cerati y Daniel Melero.) Con un Charly Alberti que siempre estuvo dispuesto a que su batería dialogara con las máquinas, Soda Stereo se decidió a hablar un nuevo idioma.

Pero Dynamo no es un disco derivativo, no está escrito “en inglés”: las búsquedas tímbricas de los primeros temas dan paso a una diversidad de formatos compositivos que construyen un conjunto rico en texturas y ritmos, con las melodías vocales resistiendo la atracción del miasma sónico. “En remolinos” es el mejor ejemplo de la capacidad sintética del grupo: en un ambiente oscuro, la guitarra, el bajo y el teclado construyen una nube de sonido, que la batería trae a tierra con el beat de “Keep On Movin’” de Soul II Soul. Como ocurre en el resto del disco, la letra encabalga versos que parecen hablar de lo que estamos oyendo antes que de algo concreto: “Energía misteriosa / Resplandor / Al soltar mi cuerpo en remolinos / Resplandor / Otra flor”. Un Cerati casi whitmaniano.

A tres décadas de su aparición, Dynamo se sostiene no sólo como un disco señero de la música de los noventa, sino como la cima creativa de la banda que transformó el gusto de una generación de oyentes latinoamericanos. Trío de antropófagos, Soda Stereo compuso una docena de canciones que, lejos de dispersarse en su multiplicidad de estímulos sonoros, aportó a la música popular de su tiempo algunos de sus momentos más emotivos. Sólo el monolingüismo auditivo de antes y ahora puede explicar que Dynamo sea un disco tan poco apreciado entre los oyentes de acá y desconocido entre los de allá.

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