16 de agosto de 2017

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Cine/TV

John Wick 3: Parabellum

“La punta de lanza del cine metakinético del futuro”, dice Federico Romani al reseñar ‘John Wick 3: Parabellum’, de Chad Stahelski

Federico Romani | martes, 4 de junio de 2019

Los grandes coreógrafos de escenas de acción (William Hobbs, Dale Anthony Girard, Allen Sudeth, Yuen Woo Ping) suelen utilizar términos musicales para referirse a su trabajo. Orquestación, fraseo, ritmo son las contraseñas de un tipo de cine sometido al imperativo del movimiento constante y furioso, y cuyo único nexo con el verosímil empobrecido del mundo real es la cuerda elástica de la memoria corporal y muscular. Chad Stahelski (que antes de pasar tras las cámaras se desempeñó varios años como doble de riesgo) crea conceptos estéticos a una velocidad prácticamente inédita aún para los estándares hiperacelerados del cine actual, pero su originalidad y maestría consisten en poner la cámara al servicio de esos conceptos –es decir, para que mejor se aprecien– y no para amplificarlos por el mero placer de detonar y exhibir un presupuesto descomunal.

El capítulo 2 de John Wick había dejado la vara demasiado alta a fuerza de un entendimiento casi sobrenatural de la puesta en escena, pero Parabellum, con su protagonista finalmente “excomunicado” de su sindicato y obligado a huir y enfrentar a casi todos los asesinos a sueldo del mundo, honra y mantiene intacto su ánimo de high concept movie gracias a una estilización rítmica que hace del teatro kabuki una coartada demente para su lógica de episodios, y de la balística un criterio de planificación tan estimulante como empalagoso.

John Wick 3 es un ejemplo de cine psicótico y brutalmente eficaz –tan posmoderno que hasta se permite guiñarle el ojo a Buster Keaton en una película orientada (que no pensada) hacia una generación que muy probablemente no sepa quién es o qué invento– y acaso la punta de lanza del cine metakinético del futuro, ese que, quizá, de aquí a pocos años, sólo tenga por objetivo contagiar ideas sin otro recurso que el de la pura contorsión de sus personajes. Lo más sorprendente del asunto es que, a pesar de su cromatismo furioso y su salvajismo sonoro, está más cerca de la magia muda y en blanco y negro de Keaton que de la inmensa mayoría de los objetos pesados, recargados e inentendibles con los que corre el riesgo de ser confundida.

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