16 de agosto de 2017

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Literatura

El arte de la anécdota

Guillermo Núñez comenta la obra cuentística de W. Somerset Maugham.

Guillermo Núñez Jáuregui | lunes, 24 de julio de 2017

El prolífico escritor británico W. Somerset Maugham (1874-1965), que tuvo su apogeo en la década de los treinta del siglo pasado, fue mejor conocido por sus novelas (como las populares Servidumbre humana, de 1915 o El filo de la navaja, de 1944), su trabajo como dramaturgo y, como es sabido, por su paso por Hollywood (algunas de sus novelas han sido adaptadas varias veces al cine, como El velo pintado o El agente secreto –adaptada en 1936 por Hitchcock–; también escribió una curiosa película negra con toque tropicales, La carta, dirigida por William Wyler y estrenada en 1940). Pero donde se encuentra una auténtica cantera para sus editores contemporáneos, como ha probado ya Atalanta, es en sus relatos. En inglés, Penguin ha publicado varias ediciones que compilan sus cuentos, ya sea en una edición de pasta dura de un poco más de 800 páginas, o en cuatro volúmenes de bolsillo.

Tras la colección Lluvia y otros relatos que Atalanta publicó el año pasado (en traducción de Concha Cardeñoso), la editorial española continúa con el rescate de su obra cuentística: ahora presenta una nueva colección, El impulso creativo y otros cuentos, en traducción de Jordi Fibla. Al margen de que se trata, en su mayor parte, de una serie de relatos entretenida y humorística (como dan cuenta el mordaz “Las tres gordas de Antibes” o el conmovedor “El grano ajeno”) es fácil imaginar el especial atractivo que tiene una colección así para una editorial como Atalanta, que siempre ha coqueteado con la literatura de lo extraño, lo onírico y lo fantástico: “Lord Mountdrago” y “El sueño” son dos cuentos que bien merecen encontrarse en antologías de cuentos raros –y si se nos apura, el cuento que le da título a la colección, “El impulso creativo”, también podría convivir en una antología de humor y de lo extraño pero también (a su manera) de crimen.

Pero esto sólo habla, en realidad, de la flexibilidad en temas y escenas imaginativas de Somerset Maughan. Cierto, los temas no lo son todo y a menudo el lector que busca algo más que entretenimiento se cansará de que un narrador nos informe que “a la señora Skinner le gustaba ser puntual” o que otro reconozca que no le gustan “los compromisos contraídos con excesiva antelación”. Son, después de todo, relatos más bien concentrados en anécdotas: Somerset Maughan cuenta, y uno escucha. Pero a pesar de alejarse del riesgo formal y estar punteados por oraciones breves, descriptivas y declarativas, en ellos se aprecia la tradición del relato inglés, que tanto peso le da a la oralidad y a la habilidad de tener conversaciones interesantes. Estos relatos avanzan, como lo hicieron los grandes veleros, gracias al arte de saber hacer y deshacer nudos.

 

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